miércoles, 24 de junio de 2009

Sobre la educación de los hijos. Artículo interesante (Educación, Salud. 4)

El materialismo de los hijos del 68, de Eloy Renovables.

Pedro es un niño que cumplió cuatro años hace pocos días. Su abuela, Charo, es amiga mía y estuvo festejando con Pedro y sus padres el cumpleaños. El hijo de Charo y su mujer le habían regalado a Pedro ocho juguetes. La abuela, con bastante sentido común, le dijo al infante: “Que te parece si estos los guardamos y los abrimos otro día”. Este le contesta: "Abuelita, si yo sólo he pedido tres". Me recordó a escenas del 6 de Enero, día de reyes, cuando niños de la edad de Pedro y menores, atiborrados de regalos, disfrutan felices con las cajas y envoltorios de los presentes dejando el contenido a un lado. O a las modernas celebraciones infantiles donde se gastan cientos de euros en payasos y animadores diversos.
Esta anécdota me trae a la cabeza, y que me perdone Charo, la rueda de prensa que dio Pelé, el mítico futbolista, tras la detención de su hijo. De nombre Edson, ‘Edinho’, el hijo del astro del balompié, tenía 33 años cuando fue arrestado junto a otros en la ciudad de Santos (Brasil) por tráfico de cocaína. Pelé admitió que mientras él colaboraba en la lucha contra las drogas, no se percataba de lo que ocurría en su propia casa. Dijo que sus múltiples ocupaciones no le permitieron darse cuenta de que había fallado en la jugada más importante de su vida: la educación de sus hijos. Las imágenes del brasileño fueron bastante emotivas.
El caso de Pelé, hombre que me merece todo el respeto por su honestidad y humildad, es el de muchos otros padres que, dando una atención adecuada a nuestros hijos, les hemos cubierto de demasiados bienes materiales. ¿De dónde salen los regalos extra que reciben Pedro y muchos otros niños? De la culpa. Principalmente de la ausencia física y emocional de los padres, de nuestra falta de presencia. Cuantas más horas trabajando o en casa con nuestras cosas, más culpa y más regalos. Y los niños, que no son tontos, lo saben. Los vamos convirtiendo en pequeños tiranos, en seres prepotentes que siempre se salen con la suya, que piden y se les da. Tarde o temprano se enfrentarán a una realidad muy distinta y sufrirán incluso sin motivo. Además, causarán mucho dolor a los demás como ocurre con cualquier déspota.

Difícilmente formaremos mujeres y hombres capaces de colaborar en la construcción de una sociedad mejor si cubrimos todos sus caprichos cuando son menores. Confucio decía: "Educa a tus hijos con un algo de hambre y un algo de frío". Sí, era otra época. Pero en esta hemos confundido en exceso el dar amor a nuestros hijos con darles de todo. Tratamos de evitarles cualquier carencia aunque una realidad que pueda suponerles un cierto disgusto sea necesaria para que crezcan mental y emocionalmente. Observo frecuentemente entre mis conocidos una cierta obsesión por dejar ‘la vida resuelta’ a sus hijos. Invierten en pisos y ahorran cantidades importantes que luego recibirán sus descendientes. Y muchos de estos, cuando ya están creciditos, creen que la herencia es un derecho inalienable cuando en realidad, si ocurre, es un regalo extra de la vida. Triste reclamación la de quién se queja por lo que no le dejaron y sólo recuerda eso de quienes le dieron la vida.

Lo que debemos evitar como legado a nuestros vástagos es la falta de valores auténticos. Muchos hemos luchado contra la rigidez que transmitían nuestros padres, la escuela, la sociedad o la iglesia. Sintiéndonos oprimidos por ella, hemos ensanchado excesivamente los límites, especialmente los de la abundancia material. Y además no hemos tenido tiempo para educar a nuestros hijos en su manejo. Muchos pequeños responden a la pregunta sobre lo que quieren ser de mayores con un “tener un Ferrari”, “ser futbolista millonario”, “ser modelo”, “ser famoso(a) con mucho dinero” o simplemente “ganar mucha pasta”. Es lo que van viendo y aprendiendo.

En el libro ‘Andamios’, Mario Benedetti dice: "Ahora somos contra lo que tanto hemos luchado". Creo que el mismo Benedetti dijo que esa frase era de Octavio Paz y que se refería a la llamada ‘generación del mayo del 68’ que combatió contra los valores de sus ancestros y por ideales como la solidaridad y la igualdad. Esta misma generación, al ser padres hemos educados a nuestros hijos en contra de los modelos por los que tanto habíamos luchado. Hemos criado a nuestros hijos con valores materialistas, del tipo ‘si tienes serás querido y aceptado’, ‘si utilizas esa ropa o ese coche o vives en esa mansión serás aceptado y triunfarás’. En definitiva, tanto tienes, tanto vales.
¿Qué quedó de los principios que marcaban nuestro norte? Prácticamente nada. Vivimos para triunfar y ser reconocidos por el dinero y el estatus. ¿Qué hemos dado a los que vienen detrás? Colegios de lujo, ropa de marca, cochazos, cultura del enriquecimiento rápido (pero, ¿para qué?), viajes en los que poco o nada se aprende, tecnología para ensimismarles y miles de actividades que les ‘llenasen la vida’ y no nos hiciesen sentirnos culpables por nuestra ausencia. ¿Qué quedó del cariño, de la comunicación, de la solidaridad, de la igualdad? Nada, sólo yo tengo, yo tengo, y más yo tengo.

Nuestros hijos necesitan fundamentalmente dos cosas. La primera saberse queridos, darles toneladas de cariño. Nada es peor para el desarrollo de un ser humano que no recibir amor, preferiblemente de sus progenitores. Las patologías que se identifican en personas que no han recibido los mimos necesarios en su infancia son muy graves. Muchas veces esos individuos no sobreviven más que unos pocos años. Y la otra, ponerles límites, ser educados en que como seres humanos que viven en sociedad no tienen derecho a todo y a costa de todos. Necesitan una disciplina para desenvolverse en la vida, saber que no todo es posible, que hay deberes y obligaciones, que ‘el otro’ tiene sus derechos, que son seres limitados. Y que dentro de esas fronteras pueden ser felices y deben esforzarse por serlo. Nuestra tarea como padres es poner límites a nuestros hijos y hacerlo con muchísimo amor. Ellos lo agradecen.

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