lunes, 29 de enero de 2018

La gran estafa de la “igualdad”

J.M. Blanco y J. Benegas  analizan la gran estafa de la "igualdad".

Artículo de Disidentia: 
Manuel es un estudiante universitario español de 19 años. El pasado curso, su escuela concedió cinco becas para cursar el tercer año de grado en una prestigiosa universidad norteamericana. Ganarían el pasaje quienes obtuvieran las mejores calificaciones. La ilusionante perspectiva le impulsó a cambiar de hábitos: restringió las salidas con los amigos, redujo el tiempo dedicado a sus aficiones y se impuso una férrea disciplina de estudio para obtener las mejores puntuaciones posibles.
Con mucho esfuerzo, mejoró en todas las materias. Y finalmente, antes de que se publicara la lista definitiva, le dieron la buena nueva: sus puntuaciones le permitirían ser uno de los cinco afortunados. No sólo había conseguido sus propósitos; ahora se sentía orgulloso y seguro de sí mismo. Había comprobado que el esfuerzo tenía recompensa… o al menos eso creía.
Pero, cuando llegó el gran día, su nombre no estaba en la lista definitiva. Su alegría se transformó en angustia; y después, cuando comprobó que no se trataba de un error, en desolación. ¿Qué había ocurrido? Tras algunas pesquisas, lo averiguó. La escuela había elevado las puntuaciones a una compañera que, inicialmente, tenía calificaciones muy inferiores, hasta el punto de superar las suyas. La política de la universidad era primar a las mujeres porque eran muy escasas en esa especialidad. Así que Manuel se quedó compuesto y sin estancia en la universidad de sus sueños.
La gran estafa de la igualdad
Unas reglas imprevisibles
Manuel no proviene de una familia pudiente, ni mucho menos. Desde los nueve años hasta los 19, es decir, más de la mitad de su vida, ha vivido bajo la sombra de una crisis económica que, según los expertos, ha sido la peor desde la Gran Depresión. Tuvo que aprender a valerse por sí mismo, a confiar en sus propias fuerzas, a asumir que todo aquello que no hiciera por mejorar su situación, nadie lo haría por él.
Sin embargo, la mala experiencia de la beca lo desorientó por completo. Perdió buena parte de la confianza en sí mismo. Sintió que no tenía control sobre su vida, que las reglas del juego se habían vuelto imprevisibles y, sobre todo, injustas. Ya no era suficiente esforzarse, necesitaba además pertenecer a un grupo en el que jamás podría entrar. Hoy sigue siendo un joven esforzado, qué remedio, pero el cinismo y la inseguridad han anidado en su carácter.
Así son las cosas en el mundo de Manuel, donde las “políticas de igualdad” parecen diseñadas para expulsarle. Para él y muchos otros como él ya no rige la objetiva igualdad de oportunidades, ni siquiera la mucho menos deseable igualdad de resultados, sino un concepto todavía peor. La palabra “igualdad” ha pasado por la trituradora de la posmodernidad para convertirse en un nuevo escombro de la orwelliana neolengua actual.
Sus padres le enseñaron que el esfuerzo tenía recompensa, aun sabedores de que cada vez era menos cierto. No quisieron educar a Manuel en el cinismo sino en un ideal: en la igualdad de oportunidades, aquella que considera al individuo, y no al colectivo, la unidad básica de la sociedad. Un principio fundamental para el que el mérito y el esfuerzo, nunca el grupo al que uno pertenece, son las palancas de la prosperidad.
Sin embargo, para que la igualdad de oportunidades arraigue, las estructuras sociales deben permitir, incluso garantizar, la libertad del individuo para alcanzar sus propios fines; nunca establecer trabas artificiales ni otorgar ventajas o privilegios. Todas las personas deben ser iguales ante la ley; y las normas, neutrales. Las metas alcanzadas por cada cual dependerán de su capacidad y sus recursos, pero también de sus decisiones, su esfuerzo y voluntad. En definitiva, cada uno llegará hasta donde quiera… dentro de lo que sus capacidades le permitan.

La “igualdad”, de mal en peor

Frente a este enfoque, se contrapuso primero el principio de igualdad de resultados, típico del pensamiento socialista, en la que todos los miembros de la sociedad deberían alcanzar las mismas metas, gozar de los mismos resultados y, por tanto, obtener un pedazo de la tarta equivalente. Nadie podría tener más que los demás, lo mereciera o no.
La gran estafa de la igualdad
Pero en esa obsesión por dividir a la sociedad en colectivos e identificar discriminaciones por doquier, el universo de la corrección política instauró lo que el sociólogo norteamericano Daniel Bell llamó la igualdad como “representación”. Es decir, la pretendida igualdad sólo se alcanzaría cuando los diversos colectivos estuvieran representados de manera proporcional. Así, si las mujeres son la mitad de la población, la igualdad requeriría imponer cuotas para que el gobierno, el parlamento, las universidades, la dirección de las corporaciones…, tengan justo el 50% de mujeres. Y lo mismo se aplicaría a otros grupos por cuestiones raciales, por orientación sexual, o por cualquier otra característica que permita fragmentar la población.
Ocurre, sin embargo, que la igualdad como representación es completamente incoherente con los principios que dice defender. Sus instrumentos, la llamada discriminación positiva, o las cuotas sexuales o raciales, inicialmente planteadas para combatir la desigualdad, para compensar un supuesto privilegio de algún grupo, establecen como condición indispensable la pertenencia a un colectivo para acceder a un determinado puesto o cargo. No son otra cosa que la vieja discriminación de siempre, envuelta en celofán y atada con un lazo.
Pero sus consecuencias son todavía peores: el individuo pierde significado, su personalidad resulta irrelevante: solo cuentan los grupos. Se ve privado de su humanidad, de su Yo. No es tratado como persona sino como un conjunto de atributos conferidos por su pertenencia a determinados colectivos: unos le favorecerán y otros le perjudicarán, según se trate de “grupos víctima” o “grupos verdugo”.
Este nuevo concepto de igualdad favorece a los líderes, a los activistas de los colectivos que consiguen la calificación de “víctimas”. Beneficia a quienes logran colocarse como “representantes”, gozando de las ventajas y privilegios del puesto, sin los méritos suficientes. Pero no a las “representadas”, que a cambio no reciben más que un espejismo. Una mujer con pocos estudios, que no encuentra empleo, obtiene poco consuelo sólo por saber que en su gobierno hay el mismo número de ministros que de ministras. Y, por supuesto, perjudica a aquellos que por ser hombres se ven relegados, aun teniendo méritos sobrados.

Un poder mitológico

Manuel nunca se interesó por las polémicas políticas, pero ahora, cada vez que alguien pronuncia el discurso del patriarcado, del privilegio masculino, siente una profunda irritación. Y no sólo él. Otros muchos jóvenes, pertenecientes a esta nueva sociedad, donde la “igualdad” se ha convertido en una trampa, van tomando conciencia de que algo huele a podrido. Que han sido adscritos a un grupo sacrificable en beneficio de un incongruente concepto de progreso. Han crecido escuchando historias sobre el enorme “poder” que emana de su condición de varón pero, para ellos, se trata de un poder mitológico que jamás han podido ejercer. Por el contrario, sienten que el verdadero poder, el político, les estigmatiza y castiga por una especie de pecado original.
Decía Paglia que aquello a lo que las feministas llaman patriarcado es simplemente civilización, un sistema abstracto diseñado por hombres, pero aumentado y ahora copropiedad de las mujeres. Hoy, como un gran templo, la civilización es una estructura de género neutral que todos deberían respetar. Sin embargo, cuando Paglia añade que “quienes hablan de patriarcado se autoexilian en chozas de paja”, quizá se equivoque. A estos monotemáticos personajes, el mito del patriarcado les resulta muy rentable, les permite prosperar y adquirir una relevancia inmerecida. A quienes condenan a vivir en chozas de paja es a personas como Manuel.
Aunque sea políticamente incorrecto… o quizá precisamente por ello es necesario decirlo con todas las palabras: no existe el privilegio por nacer hombre, ni por pertenecer a colectivo alguno. Nuestra sociedad debe restaurar la verdadera igualdad, la que no contempla discriminación por ninguna circunstancia, restituir la igualdad de oportunidades, la igualdad ante la ley.
Las cuotas, la discriminación positiva, las leyes asimétricas no son más que intentos de dividir a la sociedad, sembrar cizaña, otorgar privilegios, crear enfrentamientos, romper la igualdad de derechos. Por supuesto, siempre en beneficio de unos pocos… llámense  activistas, expertos, políticos o simplemente arribistas. En su ceguera, o su egoísmo, a estos personajes les importan muy poco esos jóvenes, sean chicos o chicas, que todavía están dispuestos a esforzarse para lograr un futuro mejor.

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