martes, 24 de febrero de 2009

Buenas noticias de Irak. Interesante y esperanzador. (Islam, Oriente Medio. 3)

Obama y el milagro en el que no creyó, por Charles Krauthammer.
Absorto como estaba en el examen minucioso de las declaraciones fiscales de Tom Daschle, Washington apenas reparó en una noticia cuasimilagrosa procedente del exterior: Irak celebró elecciones provinciales.

No se registraron actos de violencia aquel día. La seguridad estuvo a cargo de las fuerzas iraquíes, con una mínima implicación norteamericana. En la contienda electoral participaron más de 14.400 candidatos, en representación de 400 partidos, y los resultados han sido muy favorables tanto para Irak como para Estados Unidos.
Irak se ha apartado del sectarismo religioso para aproximarse a un nacionalismo de corte más laico. "Los partidos que llevan las palabras islámico o árabe en el nombre han salido perdiendo", ha observado el especialista en Oriente Medio Amir Taheri. "Por el contrario, todos los que llevan las palabras Irak o iraquí salieron ganando".
El primer ministro, Nuri al Maliki, ha pasado de encabezar una pequeña formación islámica a comandar el "Partido del Estado de Derecho", tras hacer una campaña centrada en la seguridad y el nacionalismo laico. La suya ha sido una victoria arrolladora. Su principal rival, un partido religioso chiita, proiraní y mucho más sectario, ha sufrido un severo varapalo. En cuanto a la formación del también proiraní Muqtada al Sader, ha pasado del 11 al 3% del voto y cosechado fuertes pérdidas en su feudo de Bagdad. Otro partido islámico, Fadhila, que venía dominando la ciudad de Basora, ha estado a punto de quedarse sin representación. Igualmente, el antaño partido suní más importante, vinculado a la Hermandad Musulmana y a la extinta insurgencia, ha experimentado un sensible retroceso, en beneficio del nuevo grupo trival Despertar y los líderes suníes laicos.
Como digo, Washington apenas ha reparado en todo ello, que, por otra parte, entra en colisión con lo que vienen proclamando los medios sobre el "fiasco" iraquí.
Hace cinco años, un destacado autor conservador concluyó nada menos que lo de la democracia en Irak era "una fantasía pueril". También hubo quien en su día sentenció, despectivo, que las elecciones de 2005, que llevaron a Maliki al poder, no fueron tales, sino un "censo", con lo cual quería decir que la gente votó mecánicamente en función de su filiación étnica y religiosa. La moraleja, de nuevo, era que los bárbaros iraquíes no saben lo que es la democracia, y que tratar de implantarla en su país es una misión imposible.
En semejantes alardes de condescendencia se echaba en falta lo que los críticos dicen tener siempre bien presente: el contexto. ¿Qué es lo que esperaban de las primeras elecciones celebradas en el país tras treinta años de dictadura, una dictadura totalitaria que destruyó la sociedad civil y aniquiló cualquier liderazgo independiente o local? Los únicos vínculos comunitarios o sociales que quedaban en pie tras el régimen de Sadam Husein eran los étnicos y los confesionales.
En los años siguientes, y mientras los críticos se lavaban las manos, en Irak comenzó a desarrollarse el tejido cívico: vieron la luz una vibrante prensa libre y un amplio abanico de partidos, se dio carta de naturaleza a la negociación y se erigieron coaliciones de todo tipo. Así las cosas, el gran ayatolá Alí Sistani se abstuvo de dar su apoyo a partido alguno, con lo cual sancionó el retorno a la tradición iraquí de gobierno laico, frente a las pretensiones de Irán.
El gran ganador estratégico aquí es Estados Unidos. Y el gran perdedor es Irán. Los partidos respaldados por Teherán han retrocedido. El primer ministro que se jugó su carrera política con un acuerdo de cooperación estratégica con Estados Unidos ha ganado. Por otro lado, este realineamiento de Irak, ayer Estado enemigo y hoy aliado emergente de EEUU, es fruto de la opinión nacional iraquí, expresada a través de unas elecciones democráticas, y no de la voluntad de un autócrata, como el que hizo que Egipto pasara de ser aliado de la URSS a serlo de EEUU en los años 70. (El autócrata de marras, recordemos, fue Anwar Sadat).
¿Son irreversibles estos sorprendentes avances? Lo cierto es que no. Hay que tener bien presentes tres posibles amenazas: a) un golpe de estado a cargo de un ejército que va ganando peso y relativamente limpio que no soporta la corrupción de la clase política –un patrón muy reconocible en el mundo postcolonial–, b) la irrupción de un hombre fuerte (¿Maliki?) dentro del propio régimen democrático que después se dedique a echarlo abajo, como ha ocurrido en Rusia y Venezuela, y c) el colapso del sistema como consecuencia de una retirada prematura de EEUU, con las nefastas consecuencias que tendría para la seguridad en el país.

Prevenir las dos primeras amenazas es cosa de los iraquíes. Prevenir la tercera es cosa de los Estados Unidos. De ahí que las palabras del presidente Obama a propósito de los notabilísimos comicios que dieron la victoria a Maliki, que incidían en que "deberían contribuir a que siga en curso el proceso por el que los iraquíes se están haciendo responsables de su futuro", fueran tan chocantemente distantes y poco generosas.

Cuando uno se convierte en el presidente de los Estados Unidos, asume un legado que comprende cosas que hubiera hecho de otra manera. Obama puede decir que, teniendo en cuenta los sacrificios que hemos hecho, los logros conseguidos en Irak no merecen la pena. Pero eso es harto discutible. A pesar de la oposición de Obama, América siguió adelante e hizo posible la materialización de un pequeño milagro en el corazón del Medio Oriente árabe. Ahora que ostenta la Presidencia, el propio Obama es el guardián de ese milagro. Es su deber, en calidad de líder de la nación que dio a luz la incipiente democracia iraquí, no hacer nada que pueda acabar socavándola.
De aquí

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