martes, 14 de junio de 2016

Delenda est FMI

Juan Rallo analiza el profundo antiliberalismo que supone la existencia del FMI, tanto en su creación, como en su propósito como en los medios empleados. 

Artículo de su página personal:
El Fondo Monetario Internacional lleva décadas siendo asociado con el ‘neoliberalismo’. Muchos, de hecho, lo han llegado a calificar de ‘brazo armado’ del neoliberalismo: una burocracia tentacular que coloniza financieramente a gobiernos extranjeros obligándoles a implementar una agenda de reformas antisociales. Acaso por ello sorprenda que, hace apenas unos días, el Fondo cargara con dureza contra el neoliberalismo. Pero no deberíamos: el ‘neoliberalismo’ es una etiqueta política hueca empleada indiscriminadamente como arma arrojadiza, por lo que resulta coherente que incluso el neoliberal FMI cargue contra esa bicha ideológica para reivindicarse a sí mismo. Ahora bien, y dejando de lado la cuestión de qué entendemos por neoliberalismo y si el FMI encaja en tal definición, lo que sí debería quedar muy claro es que el Fondo no tiene nada que ver con el liberalismo: ni en su creación, ni en su propósito, ni en los medios empleados.
En cuanto a su creación, el FMI formó parte históricamente del proceso de reconstrucción financiera global que siguió a la II Guerra Mundial, a saber, formó parte del llamado sistema de Bretton Woods. Sus promotores intelectuales fueron, por el lado inglés, John Maynard Keynes y, por el lado estadounidense, Harry Dexter White. De Keynes es sobradamente conocida su agenda ideológica profundamente intervencionista —socialización de la inversión, fijación de tipos de interés, aumento continuado del peso del Estado en la economía, redistribución intensa de la renta, etc.—, pero acaso sea menos conocido el perfil de su colega White: un espía de la Unión Soviética infiltrado en la administración estadounidense. Por consiguiente, su partida de nacimiento no estuvo en absoluto vinculada con el liberalismo, sino más bien con distintas variantes del antiliberalismo.
En cuanto a su propósito: hasta 1973, el FMI tenía como finalidad extender créditos extraordinarios a aquellas economías que se enfrentaban a un fuerte déficit exterior. Bajo un régimen de patrón oro tradicional (Bretton Woods era un pseudo-patrón oro), cuando una economía se endeudaba excesivamente frente al exterior, el oro empezaba a abandonar el sistema financiero nacional, restringiendo de esa forma la imprudente provisión de crédito interna que desequilibraba el saldo exterior. Es decir, las automáticas salidas de oro imponían correcciones inmediatas dentro de la economía que corregían los desajustes internos que provocaban el desajuste exterior. El FMI se creó, por el contrario, para abortar este automatismo áureo: el organismo internacional daba créditos blandos en oro a los bancos centrales nacionales para esterilizar las salidas de oro que estaban experimentando y retrasar así los ajustes automáticos que éstas imponían a sus economías.
Tras la ruptura de Bretton Woods y de cualquier rastro del patrón oro en el sistema monetario global, el FMI mutó para, en esencia, continuar haciendo lo mismo que hasta entonces: extender créditos blandos a Estados que atraviesan crisis financieras debido a su sobreendeudamiento público. O dicho de otra forma: el propósito actual del FMI es el de rescatar a gobiernos manirrotos e insolventes para que no deban adoptar ajustes presupuestarios tan drásticos como aquellos que deberían tomar en su ausencia. Evidentemente, una vez extendido ese crédito, el FMI les impone a los Estados deudores e insolventes un duro programa de ajustes, pues, como maquinaria acreedora que es, busca ante todo recuperar lo prestado: a saber, les impone a los Estados rescatados recortes del gasto, subidas de impuestos o privatizaciones con la finalidad de que hagan caja y amorticen el crédito recibido.
De nuevo, rescatar a gobiernos manirrotos (y a aquellos inversores que imprudentemente les prestaron su capital para que durante años pudieran gastar muy por encima de su recaudación corriente) no tiene nada que ver con el liberalismo y sí con un intento de mantener a flote burocracias estatales quebradas. De hecho, la evidencia nos indica que la actividad del FMI sólo contribuye a incrementar el riesgo moral entre gobiernos e inversores en deuda pública: los primeros adquieren malos incentivos para gastar todavía más de lo que deberían y los segundos aprenden a extender crédito ciegamente, conocedores de que el Fondo acudirá a su auxilio.
Por último, en cuanto a los medios empleados: el Fondo se financia a través de los impuestos que recaen sobre los contribuyentes de todos aquellos Estados que lo integran. Por consiguiente, tampoco en cuanto a los medios empleados estamos ante una institución compatible con el liberalismo: lejos de nutrirse de aportaciones voluntarias, parasita a los contribuyentes de los países solventes para salvar a las burocracias despilfarradoras de los Estados insolventes así como a sus imprudentes acreedores.
En ninguna de estas actuaciones se aprecia conexión alguna con el liberalismo: ni el Fondo fue creado por liberales (sino por dos antiliberales como Keynes y White), ni comparte objetivos con los liberales (dar crédito a gobiernos insolventes), ni emplea medios compatibles con el liberalismo (impuestos). Y, por todo ello, debería ser inmediatamente cerrado. Quien defiende la pervivencia del FMI no son los liberales, sino los burócratas y los clientes que prosperan merced al intervencionismo estatal con el que nos castigan recurrentemente.

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