lunes, 31 de julio de 2017

Amancio Ortega, un referente para los jóvenes

Juan R. Rallo muestra el fraude intelectual que suponer la riqueza como un juego de suma cero (una parte de la izquierda vive instalada en ella), la cuestión de la riqueza legítima y sus implicaciones sociales, los referentes para los jóvenes en España y la necesidad de hacer frente a la propaganda que glorifica socialmente la pobreza. 


Artículo de El Confidencial

"nuestra sociedad no es un juego de suma cero: en los últimos tres siglos, el PIB mundial [...] se ha multiplicado por más de 140 veces y la renta per cápita, por más de 12. No es que la misma riqueza se haya concentrado recientemente en unas pocas manos (de tal forma que unos pocos se hayan vuelto muy ricos a costa de pauperizar enormemente a muchos otros): es que la riqueza disponible se ha incrementado exponencialmente para todos (aunque lo haya hecho para unos más que para otros). De ahí que explicar el origen de la riqueza presuponiendo que esta está dada constituye un fraude intelectual de primer orden.

[...]  una parte de la izquierda vive instalada en esta falaciaEn lugar de visualizar la economía como una red de relaciones cooperativas que incrementan la riqueza disponible para todos y que la reparten de acuerdo con la contribución relativa de cada individuo a esa red, la observan como un conjunto de estructuras de explotación y dominación de un grupo de individuos sobre otros. Por eso, desde su reduccionista óptica, el rico no es la persona que más ha contribuido relativamente a expandir la riqueza de la que disfrutamos todos, sino aquel que ha expoliado más inmisericordemente al resto de la sociedad.
[...]
Si aceptamos que la fortuna personal puede amasarse legítimamente satisfaciendo las necesidades de los demás y, además, aplaudimos a quienes lo han conseguido, estaremos incentivando a las nuevas generaciones a que imiten estos modelos funcionales: los jóvenes se esforzarán en crear bienestar para el resto de la sociedad como vía para amasar su propio patrimonio. Los incentivos individuales estarán correctamente alineados con el interés general: cuanto más cruciales e irremplazables sean las contribuciones de una persona al bienestar de una sociedad, más se enriquecerá.

Si, en cambio, equiparamos riqueza con expolio y demonizamos a todo aquel que haya prosperado en la vida, estaremos adoctrinando a las nuevas generaciones para que no imiten tales modelos: los jóvenes mantendrán una relación traumática, inmadura o alucinógena con la generación empresarial de riqueza, de modo que o renunciarán a tal camino o lo seguirán con culpabilidad [...] Los incentivos individuales se alejarán del interés general: el paradigma de ciudadano ejemplar será aquel que lucha políticamente contra los ricos, no aquel que desea volverse rico efectuando aportaciones singulares y valiosísimas a la sociedad.

Desde hace años, una parte de la izquierda ha emprendido una campaña sin cuartel para criminalizar a todo rico [...] no cabe duda de que existen ricos que deben ser señalizados y que merecen perder toda su fortuna (en particular, aquellos que la hayan generado merced a los privilegios del poder político), pero estigmatizarlos a todos de raíz es un despropósito ideológico que solo contribuye a embrutecer los arquetipos naturales de los jóvenes.
Afortunadamente, parece que esta guerra cultural a favor del pobrismo no está triunfando ni siquiera dentro de España [...] las que desean imitar las nuevas generaciones son empresarios exitosos como Amancio OrtegaBill Gates o Steve Jobs. No revolucionarios sanguinarios como Lenin, Castro o el Che, sino los promotores de los modelos de negocio más auténticamente revolucionarios de las últimas décadas.
[...]  la única forma de evitar una degeneración cultural que nos lleve a glorificar socialmente la pobreza —y a convertir en referentes morales a los adalides del conflicto, de la mediocridad y del estancamiento— es dando cumplida respuesta a todas las recurrentes falacias de los enemigos del comercio. Si dejamos de contrarrestar su propaganda, terminarán por imponer sus supersticiones primitivistas.

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