domingo, 21 de agosto de 2016

Velar a las mujeres, la más potente arma de los islamistas

Esclarecedor artículo de Giulio Meotti al respecto del velo de las mujeres, la más potente arma de los islamistas, que el cínico relativismo moral occidental trata de justificar, en una nueva muestra de capitulación de Occidente ante el radicalismo islamista, y que hace tan flaco favor a las mujeres, especialmente a las que luchan con su propia vida en tantos países contra esta opresión. 

Artículo de Elmed.io:





Laurence Rossignol, ministra francesa de Familia, Infancia y Derechos de las Mujeres, provocó un escándalo relativo a la proliferación del velo islámico en su país al comparar a las mujeres que se cubren la cabeza con “los negros americanos que aceptaban la esclavitud”. Por su parte, Elisabeth Badinter, una de las feministas más famosas de Francia, pidió el boicot de las firmas de moda que, como Uniqlo o Dolce & Gabanna, están diseñando prendas islámicamente correctas(en 2013, los musulmanes gastaron 266.000 millones de dólares en ropa, y la cifra podría llegar a los 484.000 millones en 2019).
También está surgiendo una nueva tendencia en la cultura popular occidental, que en los medios era casi invisible hace una década: aparecen mujeres con la cabeza cubierta en programas de televisión como MasterChef.
La cultura popular considera ahora normal que las mujeres lleven veloAir France pidió recientemente a sus empleadas que llevaran velo cuando estuviesen en Irán. El Gobierno de Italia cubrió no hace mucho las esculturas de desnudos del Museo Capitolino de Roma durante la visita del presidente de Irán, Hasán Ruhaní, por “respeto” a su sensibilidad.
En el mundo árabe-islámico, sin embargo, las mujeres que llevaban velo fueron durante mucho tiempo la excepción.
Es difícil creer que, hasta principios de la década de 1990, la mayoría de las mujeres de Argelia no llevaba velo. El 13 de mayo de 1958, en la Plaza del Gobierno de Argel, decenas de mujeres se arrancaron el velo. Las minifaldas invadieron las calles.
La Revolución de Irán revirtió esta tendencia: el primer pañuelo apareció a comienzos de la década de 1980 con el auge de los movimientos islámicos en las universidades de Argelia y los barrios pobres. El hiyab era distribuido por la embajada iraní en Argel.
En 1990, Argelia estaba al filo de una larga era de muerte y miedo: una guerra civil con el fantasma del avance del islamismo (hubo 100.000 muertos). La gente sabía que iba a ocurrir algo terrible con sólo contar los velos en las calles.
La primera víctima de la guerra islamista en Argelia fue una joven que se negó a llevar el velo, Katia Bengana. Defendió su decisión incluso cuando sus ejecutores le pusieron una pistola en la cabeza. En 1994, Argel despertó literalmente con los muros llenos de carteles islamistas que anunciaban la ejecución de la mujer sin velo. Hoy, pocas mujeres se atreven a salir de su casa sin el hiyab o el chador.
Si miramos las fotografías de Kabul en los años 60, 70 y 80, veremos muchas mujeres sin velo. Después llegaron los talibanes y las cubrieron. La emancipación en Marruecos la desencadenó la princesa Lala Aisha, hija del sultán Mohamed ben Yusef, que adoptó el título de rey cuando el país proclamó la independencia. En abril de 1947, Lala dio un discurso en Tánger; el público escuchaba atónito a esa chica sin velo. En pocas semanas, las mujeres de todo el país se negaron a llevar el pañuelo. Marruecos es hoy uno de los países más libres del mundo árabe.
En Egipto, ya en los años cincuenta, el presidente Gamal Abdel Naser fue a la televisión para burlarse de la petición de los Hermanos Musulmanes de cubrir a las mujeres. Su mujer, Tahia, no llevaba pañuelo, ni siquiera en las fotografías oficiales. Hoy, según la socióloga Mona Abaza, el 80% de las mujeres egipcias llevan velo. No fue hasta los años 90 cuando el wahabí, la versión estricta del islam, llegó a Egipto a través de millones de egipcios que fueron a trabajar a Arabia Saudí y otros países del Golfo. Entretanto, los movimientos políticos islamistas fueron ganando terreno. Y entonces las mujeres egipcias empezaron a llevar el velo.
En Irán, el tradicional velo negro que cubre a las mujeres iraníes de los pies a la cabeza invadió el país con el ayatolá Jomeini. Él afirmaba que el chador era el “estandarte de la revolución” y lo impuso a todas las mujeres.
Cincuenta años antes, en 1926, el sha Reza había dado protección policial a las mujeres que se negaban a llevar el velo. El 7 de enero de 1936 ordenó a todas las maestras y a las mujeres de los ministros y funcionarios del Gobierno que se mostraran con “ropas europeas”. El sha pidió a su mujer y sus hijas que no llevaran el velo en público. Estas y otras reformas occidentales fueron apoyadas por el sha Mohamed Reza Pahlevi, que sucedió a su padre en septiembre de 1941, y prohibió que las mujeres llevaran el velo en público.
En Turquía, Mustafá Kemal Ataturk arengó a las mujeres incitándolas a dar ejemplo: quitarse el velo suponía acelerar la necesaria reconciliación entre Turquía y la civilización occidental. Durante cincuenta años, Turquía rechazó el velo, hasta 1997, cuando el Gobierno liderado por el islamista Necmetin Erbakan abolió la prohibición del velo en los espacios públicos.
La Turquía de Erdogan utilizó el velo para fomentar la desenfrenada islamización de la sociedad.
En cambio, el presidente de Túnez, Habib Burguiba, emitió una circular que prohibía llevar el hiyab en las escuelas y los edificios públicos. Dijo que el velo era un “trapo odioso” y promovió su país como una de las naciones árabes más ilustradas.
No sólo el mundo musulmán rechazó durante mucho tiempo este símbolo. Antes de la propagación del islam radical, la minifalda, uno de los símbolos de la cultura occidental, también se podía ver por todo Oriente Medio. Hay muchas fotografías que nos recuerdan ese largo periodo: azafatas sin velo y con falda de la aerolínea afgana (qué ironía que Air France quiera hoy cubrirlas); el concurso de belleza que el rey Husein de Jordania organizó en el Hotel Philadelphia; el equipo de fútbol femenino iraquí; la atleta siria Silvana Shahín; la mujer libia que marchaba sin velo por las calles; las estudiantes de la Universidad Birzeit de Palestina y las chicas egipcias en la playa (en esa época, el burkini se habría considerado una jaula inaceptable).
Después, a mediados de los 80, todo cambió de repente: la sharia fue instaurada en muchos países, las mujeres de Oriente Medio fueron colocadas en cárceles portátiles y en Europa prosiguieron con el velo para reclamar su “identidad”, lo que significaba una negativa a asimilar los valores occidentales, y la islamización de muchas europeas.
Primero impusieron el velo a las mujeres, y después los islamistas empezaron su yihad contra Occidente.
Primero traicionamos a esas mujeres aceptando su esclavitud como una liberación, y después Air France empezó a cubrir a las mujeres cuando estuviesen en Irán como forma de “respeto”. También dice mucho de la hipocresía de la mayoría de las feministas occidentales, siempre dispuestas a denunciar a los homófobos cristianos y el sexismo en EEUU, mientras guardan silencio sobre los crímenes sexuales del islam radical. En palabras de la feminista Rebecca Brink Vipond: “No voy a picar en el anzuelo de la condescendiente llamada a que las feministas dejen a un lado sus objetivos en América para abordar los problemas de las teocracias musulmanas”. Estas son las mismas feministas que abandonaron a Ayaan Hirsi Ali, la valiente holandesa-somalí disidente del islam, dejándola a su suerte incluso después de haberse podido refugiar en EEUU: impidieron que hablara en la Universidad Brandeis.
¿Durante cuánto tiempo seguiremos prohibiendo la mutilación genital femenina? Un estudio recién publicado en EEUU sugiere que permitir ciertas formas “más suaves” de mutilación femenina, que afecta a 200 millones de mujeres en el mundo, es más “sensible culturalmente” que prohibir la práctica, y que una “incisión” ritual en la vagina de las chicas podría evitar una práctica de desfiguración más radical. La propuesta no provino de Tariq Ramadan o de un tribunal islámico de Sudán, sino de dos ginecólogos americanos, Kavita Shah Arora y Allan J. Jacobs, que publicaron el estudio en una de las revistas científicas más importantes, el Journal of Medical Ethics.
Es un testimonio de hasta dónde se puede llegar en lo que el nuevo filósofo francés Pascal Bruckner llamó “el sollozo del hombre blanco”, con su masoquismo, su cobardía y su relativismo cínico. ¿Por qué no justificar también la lapidación islámica de las mujeres que son acusadas de adulterio? Es como si nos faltara tiempo para capitular.

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