miércoles, 10 de agosto de 2016

Cómo convencer a un ecologista de los transgénicos

Andrea Martos analiza la cuestión de los transgénicos y cómo convencer a un ecologista (una enorme contradicción la que realizan en este tema) de los transgénicos. 
O a un pez de la conveniencia de nadar, a los faros de alumbrar, o a la gravedad de hacer caer las manzanas. En esta ocasión, me ocupa y -por qué no confesarlo- me preocupa por qué quienes dicen defender con ahínco la conservación de los ecosistemas naturales rechazan la más potente y prometedora estrategia de que disponemos para ello.
Las líneas que siguen no son una defensa liberal de los transgénicos. Habrá percibido el respetable que el párrafo al que libre y voluntariamente dedica unos minutos de su preciado tiempo se alojan en la web del Instituto Juan de Mariana. El habitual conoce que en esta página puede acceder a interpretaciones de todas las familias liberales sobre temas que discurren desde la teoría de ciclo a la regulación del precio de la leche o las ideas políticas -o lo que quiera que sean- de Donald Trump. Los autores, con independencia del club al que pertenezcan, así como -asumo- sus lectores, están a favor de la prosperidad, bienestar, riqueza y libertad de las sociedades. Recalco que las presentes no son una defensa liberal sino una defensa sin adjetivos. Prosperidad, bienestar, riqueza y libertad, -las que vendrán e incluso las que están ya hoy en juego- guardan estrecha relación con este avance genético, técnico y social.
Uno esperaría que aquel que se dice ecologista, causa encomiable, noble y legítima, estuviese a favor de aquellas iniciativas que protegieran el medio ambiente. Todos tenemos contradicciones, sea, pero estas deberían manifestarse solo en las entrevistas a poetas en aras de publicar y en políticos en campaña. En esos casos, la incoherencia argumental no pasa de ser un toque pop con el que es posible incluso empatizar. Sin embargo, no son ni pocos ni menores los casos en que estos deslices aparecen en discursos que pretenden pontificar acerca de lo que otros deben hacer con el dinero de uno. Pocos chirridos más hermosos que el que producen las ruedas del engranaje mental que lleva a cierta izquierda reaccionaria a clamar contra las emisiones contaminantes a la atmósfera, al tiempo que subvencionan de las minas de carbón del norte patrio. Una más, sin intención de hacer sangre. Pregunte en Greenpeace por aquel episodio en que la Unión Soviética convirtió el mar de Aral en un charco infecto. Consejo: lleve una silla plegable, la respuesta tardará en llegar.
Son solo dos ejemplos simbólicos, pero hay otro caso en que el rechinar de las ruedas argumentales es aún más llamativo: los organismos modificados genéticamente. En este juicio sumarísimo se dan cita la crítica magufa y la reaccionaria. Juntos o por separado el no saber, el no querer saber, y el rechazo al progreso científico constituyen el cuerpo doctrinal de la crítica. Los transgénicos son el chivo expiatorio de los detractores del Tratado Trasatlantico (TIPP), la penúltima conspiración político-económica de los yankees y los culpables de matar a Manolete. Estar en minoría no es suficiente para tener razón pero con este escenario de altura argumental es difícil no pensar que los transgénicos son, de hecho, una solución saludable y segura.
Sin embargo, junto a la imaginería conspiratoria, hay buenas y, al menos aparentemente, fundadas críticas a la implantación a gran escala de estas poblaciones modificadas. Uno de sus principales críticos es Nassim Nicolas Taleb. Reconozco que me duele y me sorprende a partes casi iguales pues Taleb es uno de los pensadores vivos más inteligentes, completos y brillantes. Sus críticas van desde el nivel molecular hasta la comercialización de los mismos transgénicos y son furibundas y razonadas.
Convencer a un ecologista de los transgénicos puede ser una más que ardua tarea, principalmente porque tanto ecologistas como paganos tenemos una resistencia natural a cambiar de opinión. El problema es complejo en tanto que los detractores de los transgénicos se encuentran a todos los niveles. Además del componente psicológico, hay uno tradicional o religioso. Algunos grupos conservadores se oponen a la modificación del genoma de forma artificial porque altera el curso -o lo que ellos consideran que es el curso- de la naturaleza. Otra cuestión es el desconocimiento general del concepto de transgénico, cómo se realiza la modificación, y qué relevancia práctica tiene en el organismo final. Y si los argumentos desinformados, valga el oxímoron, son perjudiciales, tanto más lo son aquellos de parte. Lobistas y dependientes de las subvenciones son las dos caras de la misma moneda. También reclaman su parte los empresarios cuyo negocio se fundamenta en un modelo que es al respeto del ecosistema lo que el tirón de muela a la Odontología. Y como éramos pocos al calor del intoxica que algo queda, se suman los estados que ponen una vela a dios y otra al diablo en lo que a regulación de transgénicos se refiere.
No es cuestión de fe. Al menos, no esta vez. Vayamos hecho a hecho, como manda la mejor tradición de esta casa. Hay una oportunidad para hacer más baratos, más saludables, mas nutritivos y más accesibles los alimentos para miles de millones de personas. Nunca un pequeño corte en un gen pudo cambiar tanto la vida de tantos. El error es no intentarlo.

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