miércoles, 10 de agosto de 2016

Cómo convencer a un ecologista de los transgénicos (II)

Andra Martos continúa con el artículo de cómo convencer a un ecologista de los transgénicos, centrándose en algunos mitos sobre asuntos químicos, biológicos y genéticos de los transgénicos.
Decíamos ayer que nadie está libre de contradicciones. Se me acusará seguro de idealista, que ya no cabe otro, que el próximo se cae al agua, si propusiera, si no restringirlas al ámbito estrictamente íntimo, al menos no convertirlas en política de Estado. Confieso que la épica del perdedor me despierta alguna simpatía. Sin embargo, la batalla de por los transgénicos no está  ̶ aún ̶  perdida. En esta ocasión nos ocupará derribar los mitos relacionados con los asuntos químicos, biológicos y genéticos de los transgénicos. Los hay que oscilan desde el pensamiento mágico hasta las verdades a medias, que se cubren de lenguaje pseudotécnico o se amparan en estudios inexistentes o acientíficos.
Adelanto que en las líneas que siguen no nos referiremos al papel de las empresas o las grandes corporaciones en el mercado de los transgénicos. Tampoco a las cuestiones económicas o el impacto de los mismos en los distintos países. Ello, junto a la regulación, los lobbies, y algunas consideraciones adicionales nos ocuparán en comentarios sucesivos.
Un organismo genéticamente modificado (OGM) es aquel cuyo genoma se ha alterado mediante el uso de técnicas de ingeniería genética. La definición es sencilla, pero incluye palabras que pueden avizorar la suspicacia, no sin cierta justificación, de aquellos ajenos al campo científico. Desengáñese: mientras se toma la molestia de leer estas líneas, su genoma está siendo extraordinariamente modificado. Aún más, no somos sino la modificación de nuestros genes. El genoma de un organismo, humano o cualquier otro, es cualquier cosa menos uniforme. Variaciones en la posición, en la estructura, en el tiempo de expresión, el lugar o el tiempo de degradación de los productos génicos suceden a millares con absoluta y necesaria normalidad. La modificación del genoma no es, por tanto, antinatural.
Bien, bien, pero la modificación artificial, la que se hace en un laboratorio, no ocurre naturalmente sino con el concurso de un agente externo. Elemental, querido Watson. Sin embargo, las técnicas de ingeniería genética son en ese aspecto poco originales, además de conservadoras. Los científicos se han limitado a mirar a la Naturaleza y tratar de imitar algunos de los mecanismos por los cuales sucede la modificación genética de cualquier clase. Seccionar fragmentos de un genoma e incorporarlos al propio ocurre masivamente desde hace 3.200 millones de años en bacterias, arqueas y virus. Para nosotros, modificar unos pocos nucleótidos -las unidades básicas que componen de los genes- ya es un gran logro, no digamos todo un gen o varios al mismo tiempo.
A principios de los años setenta, se sucedieron los tres avances que advirtieron enseguida a la comunidad científica de que en sus manos estaba una tecnología enormemente poderosa. En 1972 se produjo en un laboratorio la primera molécula de ADN procedente de dos virus distintos. En 1973 se generaron el primer organismo transgénico, una bacteria a la que se incorporó un gen que la hacía resistente a antibióticos, y el primer animal transgénico, un ratón. Fueron los propios protagonistas de estos logros quienes solo dos años más tarde organizaron la Conferencia de Asilomar. Entre más de un centenar de profesionales de todas las disciplinas, desde abogados a genetistas, físicos o biólogos, sentaron -insistamos, solo dos años después de los primeros OGM- las bases de la buena praxis y la regulación de la ingeniería genética.
De aquella reunión nació el concepto en torno al cual orbitan los debates más serios acerca de los transgénicos: el principio de precaución. Establece que si una acción, actividad o política es susceptible de causar ruina -daño masivo e irreparable- debe evitarse su desarrollo. Menciono el principio de precaución para resaltar que la idea de cautela en el hacer de los genetistas está presente desde los orígenes y, afortunadamente hoy se mantiene.
En efecto, esa cautela no es cuantificable ni uniforme. Unos científicos lo son más que otros y otros directamente lo son poco o nada. Si consideramos que el caso de los transgénicos pertenece al grupo de actividades susceptibles de causar ruina, hemos de convenir que, si una sola persona los desarrolla, existe una probabilidad distinta de cero de que esa ruina se produzca. ¿Sería una solución prohibir la modificación genética, bien en conjunto o bien en algunos casos? No conozco ninguna regulación que se cumpla en todo el mundo, de forma uniforme y sin ambages. Muy al contrario, los acuerdos internacionales son el principio del incumplimiento consentido, véanse las emisiones de gases invernadero, la energía nuclear o los tratados de explotación marítima. Se trata por tanto de mantener el desarrollo de los OGM fuera del ámbito de los casos susceptibles de generar catástrofes irreversibles.
Este punto merece un comentario aparte pues conceptos como consenso científico, ausencia de evidencia y evidencia de la ausencia requieren de mayor detalle argumental. Qué se considera un caso-ruina y cómo mantenerse al margen de ellos, así como la incuestionable posibilidad de cisnes negros -es decir, sucesos altamente improbables pero de gran impacto- son aspectos a los que le emplazo, si gusta, para el siguiente comentario.
Otra de las críticas más extendidas es la presunta novedad de las técnicas de modificación genética. Ya que solo se emplean desde hace menos de cincuenta años, el desconocimiento de las mismas o de sus consecuencias podría generar catástrofes en el medio o largo plazo. Una mala crítica a este argumento consiste en decir que la modificación genética ya se desempeñaba desde las poblaciones primitivas cuando seleccionaban las frutas más apetecibles, con mejor olor, o los animales más saludables o fértiles. En efecto, así sucedía y sucede hoy en ganaderías o plantaciones tradicionales. Sin embargo, esta idea deja fuera los factores esenciales de la ciencia poperiana en general y la ingeniería genética en particular: el tiempo y la estadística.
Para un pastor, seleccionar las vacas más aptas para la producción de leche podía llevarle toda una vida. Su muestra de partida es un número discreto de animales, es decir, de fondos genéticos con pequeñas variaciones entre sí. El pastor necesitaría observar, reparar en que puede mejorar su producción, cuantificar su intención en tiempo, recursos y probabilidad de éxito y, finalmente, llevarlo a cabo. En caso de error continuado, el único perjudicado sería él mismo. Gracias a la ingeniería genética, el estudio y selección lleva unos meses de trabajo y el ensayo y error de laboratorio reduce los costes, amplia los fondos genéticos disponibles para el estudio y reduce los costes a medio y largo plazo. Sin embargo, el impacto potencial aumenta exponencialmente. Puesto que no se trata de conocimiento tácito, como el del pastor, sino de conocimiento técnico, está disponible y detallado para una mayor población dispuesta a usarlo. El argumento de la novedad técnica es circular y solo tiene sentido en términos de precaución en la aplicación, que de hecho ya se contempla. La primera cirugía cerebral en un ser humano vivo se ensayó decenas de veces en cerebros muestra, pero, en tanto que la primera, evidentemente no contaba con ningún precedente. Todas las técnicas son nuevas en algún momento de la Historia y no por ello tenemos que conformarnos con el desarrollo técnico del Pleistoceno.
Líneas arriba mencionamos las contradicciones. Algunos críticos de los transgénicos separan la modificación genética de organismos para la producción de antibióticos o biomoléculas terapéuticas de la modificación de productos agrícolas o ganaderos. Ah, la conciencia. Quienes ponen voz a este argumento es probable que no necesiten arroz enriquecido con vitamina A, pero no son capaces de clamar contra la producción de insulina o las proteínas recombinantes, productos todos ellos transgénicos. Lo siento, amigo, o todos o ninguno. No hay diferencia ni técnica, ni temporal, ni estadística de unos frente a otros. O estamos a favor de tratar la diabetes de papá y de permitir la nutrición de miles de millones de personas en todo el mundo… o estamos en contra. Cualquier línea intermedia es aleatoria y requerirá -por su parte- de demostrar que su moral es mejor que la mía.
Rozando con los fenómenos paranormales, algunas críticas a los transgénicos advierten contra la llamada transferencia horizontal. Ocurre cuando una célula recibe material genético de otra de la cual no es descendiente. Aplicado a los OGM, ocurre transferencia horizontal si se incorpora a una especie A un gen de una especie B para conferir a A unas características especiales. Es eso y nada más que eso. Enfatizo para corregir la idea de que la transferencia horizontal es el riesgo de, al comer arroz enriquecido con vitamina A, adquirir el gen productor de la vitamina A y convertirse máquinas expendedoras andantes de la vitamina en cuestión. Esto, no solo no sucede, sino que es equivalente a que a uno le salgan cuernos después de tomar un filete o escamas después de consumir lubina al horno.
A finales del siglo XV, tuvo lugar uno de los debates intelectuales más apasionantes de la historia entre Maquiavelo y Guicciardini. El primero defendía que la mayor arma de dominación era el miedo; el segundo, la esperanza. Sembrar el miedo con los transgénicos es una estrategia para el empobrecimiento de la sociedad. Inyectar falsas esperanzas también. Seguimos.

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