miércoles, 28 de septiembre de 2016

¿Dejar todo en manos de expertos?

Juan M. Blanco sobre la solución mágica que algunos ven para resolver los problemas y gestión política nombrando para ciertos órganos a "auténticos profesionales".
Artículo de Voz Pópuli:
En el ya fenecido pacto de gobierno entre PP y Ciudadanos, y también en el programa de estos últimos, existía una idea reiterada: garantizar que para ciertos órganos, antiguos o de nueva creación, los nombramientos políticos fueran sustituidos por una designación de auténticos profesionales, técnicos, personas que dominen cada materia. Que el currículum académico y profesional fuera fundamental para ocupar esos cargos.  "Escuchad a los expertos, a quienes saben, seguid sus consejos, dejad las cosas en sus manos", era uno de los mensajes que podía traslucirse. Una idea razonable a primera vista pues la politización, la captura de gran parte de la administración por las formaciones políticas, la colocación de sus partidarios en puestos clave, fueron causas fundamentales del  deterioro de nuestro sistema político.
Sin embargo, siendo la intención loable, dista de ser un remedio mágico, ese Bálsamo de Fierabrás capaz de transformar radicalmente las instituciones, de garantizar de un plumazo su neutralidad y objetividad. El conocimiento es fundamental... pero insuficiente cuando fallan incentivos y motivacioneslos expertos están sometidos a las mismas tentaciones y debilidades que el resto de los mortales. Para que tal medida surta efecto debe estar acompañada por cambios más profundos en las expectativas y en las percepciones, en esas reglas no escritas que marcan el funcionamiento de un sistema político y social. 
Los partidos extendieron sus tentáculos por toda la Administración, acabando con la independencia de muchos órganos que debían haber permanecido neutrales. Socavaron así la confianza de los ciudadanos en las instituciones. Designaron a sus partidarios para controlar estos órganos y, ciertamente, en ocasiones los elegidos no poseían suficiente formación o conocimientos. Pero la falta de sabiduría no era el principal problema; siempre hubo menos ignorancia que maldad. Por ejemplo, algunos de los nombrados para el Tribunal Constitucional, el Supremo, el CGPJ o los organismos reguladores eran competentes... pero no independientes. Fuera por ambición, afiliación al grupo o porque sus valedores conocían algún secreto inconfesable, estos sujetos mostraron una marcada inclinación a seguir consignas partidistas, anteponiendo así sus objetivos personales sobre los intereses generales de los ciudadanos.
Los omnipresentes conflictos de intereses
Los defensores del imperio de los expertos suelen olvidan la existencia de conflictos de intereses, esos dilemas que surgen cuando los objetivos egoístas del técnico no coinciden con los criterios que dicta su obligación profesional, con los intereses del público al que debe servir. También olvidan que ciertos entornos favorecen la decantación adecuada de estos conflictos... y otros la perversa. Podría pensarse que es una exageración, que aunque en toda profesión haya manzanas podridas, pícaros redomados, la mayoría de los profesionales se atiene estrictamente a criterios éticos y deontológicos. Desgraciadamente no siempre es así. Incluso, a veces, la desviación ni siquiera es deliberada: muchos profesionales no son plenamente conscientes de la acumulación de sutiles presiones para alterar sus criterios, un proceso que algunos autores han denominado "seducción moral". En un ambiente donde la mayoría actúa torcidamente, es fácil perder el Norte, la sensación de hacer algo incorrecto. Si, por ejemplo, los demás miembros del Tribunal Constitucional siguen las directrices del partido que los propuso, si es esa la costumbre, la regla no escrita ¿por qué va a estar mal que yo también lo haga?
Y al contrario. Allí donde lo habitual es seguir normas éticas, todos se sienten vigilados por sus compañeros y empujados a vencer la tentación. Así, aunque todos los sujetos posean una parte clara y otra oscura, hay entornos que favorecen la solución adecuada... y otros la perversa. Dado que la mayoría se deja llevar por la corriente, se adaptan a aquello que, piensan, harán los demás, los sistemas, sean corrompidos o sanos, poseen una inercia muy potente; constituyen un círculo vicioso, o virtuoso, una profecía autocumplida con fuerte resistencia al cambio. Si las condiciones son desfavorables, de poco sirve colocar a buenos expertos, a cualificados profesionales pues seguramente serán engullidos por el maléfico torbellino. Por el contrario, si las condiciones son favorables, el ambiente los empujará a actuar correctamente, aunque no sean tan competentes. Naturalmente, hay personas capaces de ir a contracorriente, de resistir todas y cada una de las presiones, de actuar siguiendo su conciencia con independencia de lo que haga el resto... pero no son tantas.
Entonces ¿cuáles son las condiciones que determinan que domine un ambiente u otro? Cualquier episodio o accidente histórico puede empujar el péndulo en un sentido o en otro y la propia inercia mantenerlo ahí. Pero la actuación de los dirigentes políticos influye de manera determinante en las expectativas de los individuos: el ejemplo público proporciona una información crucial con la que los sujetos forjan sus estrategias. Una política corrupta, dominada por el clientelismo y el intercambio de favores, acaba contaminando a la sociedad, a los profesionales, a los expertos y al ciudadano de la calle: "si los dirigentes no son de fiar ¿por qué van a serlo mis conciudadanos o mis compañeros de profesión?"
Hacer lo que veo en los demás
Las ocupaciones más deterioradas suelen ser las que mantienen contactos más estrechos con la política, fomentándose una dinámica de grupos y bandas, un sistema restringido que se lleva por delante la objetividad, la neutralidad incluso en personas que, en otros ambientes, actuarían de forma ecuánime. El sujeto experimenta cierta tendencia a la picaresca cuando percibe que los demás, especialmente su clase política, se comportan de manera tramposa. Por ello, la inclinación al juego sucio no es una característica grabada a fuego en la naturaleza de los de los pueblos, ni tiene su origen en los genes o la cultura: está determinada por ciertos usos y costumbres, por un equilibrio de expectativas bastante correoso pero no irreversible.  
Ciertamente hay que despolitizar la justicia, evitar que los partidos controlen su cúpula, impedir que nombren caprichosamente los más altos magistrados para ponerlos a su servicio. Pero quizá no sea medida suficiente para garantizar su fiabilidad. Una vez independiente, a su libre albedrío, ¿la justicia será neutral, objetiva, puramente profesional o, por el contrario, perseguirá intereses corporativos? Si dejamos que sean los jueces, los teóricamente expertos en la materia, quienes propongan las reformas de la justicia ¿las medidas irán dirigidas a proporcionar un mejor servicio a los ciudadanos o, más bien, a incrementar el bienestar, el poder y la comodidad de los propios jueces y magistrados?
Contemplar la segunda opción implica perder la ingenuidad, entender que el conocimiento no hace necesariamente a las personas más honradas, desprendidas, íntegras o bondadosas. Hay que aceptar que los conflictos de intereses existen y que, en el ejemplo propuesto, la justicia, aun siendo independiente, debe estar sometida a ciertos controles y contrapesos, como cualquier otro poder. Y sospechar que quienes proponen tales cambios se consideran a sí mismos expertos: "somos listos y sabios, dejadnos manos libres y enmendaremos los desaguisados". Pero no es prudente dejar ciegamente la solución a los problemas en manos de profesionales, sean éstos economistas, abogados, jueces, profesores, médicos o, naturalmente, periodistas. Hace falta cierta supervisión, y otras reformas, lo suficientemente profundas y radicales para cambiar la percepción, las expectativas, las normas informales.  
Ciertamente, los ajustes puntuales, incrementales, timoratos suelen fracasar a la larga en un sistema tan deteriorado como el nuestro. Sin modificar esas reglas informales, la corriente acaba revirtiendo las pequeñas reformas. Desgraciadamente, esos que se consideran la élite del conocimiento también poseen una mentalidad extremadamente corporativa y gregaria, ese enfoque tan español del "nosotros y ellos", actitudes propias de un sistema de acceso restringido donde impera la desconfianza... hacia quien no pertenece al clan.
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Imagen: John Hope

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