lunes, 26 de septiembre de 2016

¿Ha dejado el PSOE de ser progresista?

José Luís Álvarez, progresista, sobre la cuestión del progresismo y lo que ello significa, en relación a lo que debe representar el PSOE tras su peligrosa deriva a la izquierda.
Artículo de El País:
¿Ha dejado el PSOE de ser progresista?ENRIQUE FLORES
Si la pregunta fuera sobre la izquierda —el Estado como agente económico dominante y, últimamente, una vocación nacionalista antieuropea— la respuesta sería fácil. Sin embargo, el interrogante sobre el progresismo de partidos de centroizquierda, como el PSOE, que durante décadas han corregido el capitalismo vía socialdemocracia, es pertinente, ya que para sobrevivir están luchando —quizás rindiéndose ya— contra la tentación de coincidir con la izquierda, compitiendo en la búsqueda del voto de protesta, emocional, y desinformado sobre las posibilidades de la globalización —un voto no progresista, anclado en el pasado no el futuro—. Como ha dicho Iglesias, la izquierda tiene el corazón antiguo. Tiene razón. Y las políticas.
Abundan los corrimientos del centroizquierda a izquierda. Como la ocupación del liderazgo del laborismo por el negacionismo de Blair, quien superó el thatcherismo asumiéndolo en parte, y del que se resiente más su pragmatismo (la izquierda recela de cualquier ejercicio incremental del poder) que el fiasco iraquí. O el “purismo” anti-Wall Street de Sanders (hay algo de catolicismo medieval en el rechazo de las finanzas por la izquierda). O la fracasada movilización contra los social-liberales Valls y Macron por los sindicatos franceses, esa izquierda que Rocard calificó como la más retrógrada de Europa (aquí, Tardà ha afirmado que la muy anarquista democracia directa —la calle, las asambleas, las huelgas— es superior a la democracia representativa).
El PSOE ha empezado a ceder a la tentación izquierdista. Ha establecido alianzas con quienes quieren eliminarlos, como en la Comunidad Valenciana, como con Colau el PSC (ese partido que se ha autodestruido y al que no importaría arrastrar consigo al PSOE). También ha adoptado el vocabulario dramático de Izquierda Unida —“austericidio”, “emergencia social”— cuando el Estado de bienestar no ha sido eliminado por el PP —no porque no haya querido o podido—. Está habiendo una salida desigual en cargas de la crisis y con recortes, pero el Estado de bienestar persiste (hasta Rajoy se ve obligado a decir que hay que defenderlo). Expresiones como “austericidio” le hacen el juego a Podemos y no se corresponden con la realidad. No son cool. Obama ganó porque era No Drama Obama. Lo progresista no es dramático.
Pero lo que más cuestiona el progresismo del PSOE viene de la demografía. Los votos que han permitido al PSOE superar a Podemos proceden de las cohortes de mayor edad, no urbanas y con menor generación de valor económico. Es decir, el partido que más tiempo ha gobernado la modernización ya no es materialmente progresista porque sobrevive gracias a fuerzas productivas poco avanzadas. El progresismo solo puede surgir de sectores profesionales urbanos, industriales o posindustriales, ganadores en la economía global (Podemos representa al voto urbano que se siente perdedor en la globalización). De manera similar, la militancia del PSOE tampoco proviene de sectores productivos objetivamente progresistas y es, además, emocionalmente izquierdista. El ejercicio de un Gobierno progresista siempre ha necesitado de un acto previo de liderazgo precisamente contra las bases radicales, como cuando González forzó la renuncia al marxismo y el sí a la OTAN. Incluso las condiciones materiales de existencia del grupo dirigente del PSOE —los Sánchez, López, Hernando, Batet, Luena— ponen en duda el progresismo del partido ya que en la mayoría de los casos su apuesta existencial es local: luchar por vacantes en las cadenas de oportunidades de carrera que todo cambio de Gobierno estatal abre. Difícilmente saldrá de ese núcleo una renovación ideológica que adecue el centroizquierda a la globalización.
Progresista es reconocer que no hay alternativa al capitalismo global, pero este ha de ser corregido desde la racionalidad. Es utilizar la fiscalidad para prevenir desigualdades injustas (hay desigualdades justas): todos los impuestos necesarios pero ni un euro más de los necesarios. Por ello, es defender la reforma de la administración sin estar anclado —como la izquierda— en que fines públicos sean servidos por medios públicos. El progresismo es pragmático —como dijo en su día González, siguiendo a Deng Xiaoping, “gato blanco, gato negro, tanto da, lo importante es que cace ratones”—. Es no temer la tecnología y apostar por el crecimiento, porque se ha de partir de la creación de riqueza. Es creer en la igualdad de oportunidades y en una desigualdad basada en el mérito. Por ello las políticas más importantes son las de educación. Es llamativo que haya más pasión en Ciudadanos cuando habla de educación que en el PSOE. Educación para el mérito es la clave progresista del futuro.
Y también es progresista convertir la piedad y compasión que merecen las dos o tres generaciones que han perdido el tren de la globalización —no por su culpa— en políticas de oportunidad para ellos.
La retórica izquierda-derecha ya no captura los dilemas básicos actuales. La escisión fundamental es ahora entre progresistas y reaccionarios. Esta división coincide con la existente entre pragmáticos o racionales por un lado y antisistema o populistas por otro. Y sí, en esta escisión, el PSOE está con el PP y no con Podemos. Pero, sobre todo, coincide con la escisión entre globales y locales, que aleja al PSOE irremediablemente de los nacionalistas y de Podemos. La izquierda ha pasado de ser fundacionalmente “internacional” para ahora, precisamente cuando la globalización es real, volverse “nacional”.
El programa que permitió al PSOE largos años de gobierno fue que a los españoles les fuera bien en su integración en Europa. Era un programa centroizquierdista, no izquierdista. Tal fue la hegemonía de este programa internacionalista que el PP no pudo ir contra él. Para implementarlo, el PSOE contó con un liderazgo carismático y pragmático y con unos cuadros excelentes en la gestión de la administración, que acabaron triunfando en Europa y el mundo, como Solana y Almunia. El PSOE también contó con la ayuda de progresistas-realistas, no todos socialistas ni de centroizquierda, especialistas en capitalismo y sus organizaciones, como Boyer, De la Dehesa y Pastor; y con especialistas en Europa como Solbes. Sin sectores profesionales progresistas y globalizados el PSOE no puede continuar modernizando España. El partido no da para ello.
Hoy sólo hay un programa progresista posible: capacitar a los españoles para que les vaya bien en la globalización. Solo es libre —no alienado— quien pueda elegir dónde trabajar, sin estar limitado por demarcaciones estatales. El ámbito de las posibilidades de los españoles no está limitado a España. Trabajar en Europa, Norteamérica y ciertas partes de Asia es aprovechar las oportunidades de la globalización.
La dirección del PSOE está tentada por el izquierdismo y el localismo. Si elige mal, los progresistas españoles lo considerarán un partido más, ya no el partido modernizador por excelencia. En política, el pasado, la marca, no legitima adhesiones eternas.

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