lunes, 17 de noviembre de 2014

Podemos ir al cine

Carlos Rodríguez Braun muestra hasta que punto pueden llegar las estupideces e ignorancia supina mostrada en las "lecciones de ciencia social a través del cine" dadas por Pablo Iglesias junto con otros autores. 
Rodríguez Braun recoge en este artículo algunas de las enormes tonterías que se pueden leer tergiversando, manipulando, incomprendiendo, ocultando la verdad y mintiendo acerca del liberalismo. 

Artículo de Expansión:
Pablo Iglesias, que se ha sumado a ese extraño grupo de personas a las que elegimos para que después violen nuestros derechos, compiló en 2013 el libro Cuando las películas votan. Lecciones de ciencias sociales a través del cine. En la aportación de Carlos Prieto del Campo se asegura que el liberalismo es definido por Dogville, porque su clave es “la violencia del contrato… la violencia del mercado”. Lógicamente, no dice ni una palabra sobre qué pasa con la violencia cuando el poder impide el contrato y aniquila el mercado, del que sólo nos subraya absurdamente su perfidia. 
Juan Carlos Monedero incurre en topicazos como la victoria liberal, el Consenso de Washington, la Trilateral y la “recuperación del Estado como instrumento de preponderancia de la burguesía”. El propio Iglesias critica “los discursos liberales y judeocristianos”; pero no los islámicos. 
Pepe Gutiérrez-Álvarez nos habla de Espartaco y “la necesaria perspectiva de la lucha de clases” (comentarios de Santi González aquí: http://goo.gl/jUo6Le). El ejército de Espartaco era “socialista, obviamente”. Identifica la Roma esclavista con el hambre en los años 1960 y dice que Julio César era capitalista, “un adelantado de los tiburones de nuestro tiempo”, y Craso “el cónsul romano más próximo al arquetipo de banquero capitalista sin escrúpulos”. En fin, nombre usted un tic antiliberal y allí estará, incluido el odio a la Iglesia, de la que sólo se salva en este libro Juan XXIII, llamado “el Papa liberal”. Si hay algo malo en el comunismo nunca es el comunismo, sino Stalin o los “carros soviéticos”, como si el primero y los segundos no tuvieran que ver con el comunismo (anotemos, entre paréntesis, a Jorge Moruno, que identifica a Stalin con “los nuevos gurús de los recursos humanos”). 
En nombre del pueblo 
Convencional es Gemma Ubasart con eso de que el Estado del Bienestar es “fruto de un pacto tácito entre el factor capital y el factor trabajo… las organizaciones obreras aceptan no hacer la revolución y la patronal cede a que el Estado limite el mercado”. Como si el Estado hubiese preguntado a los empresarios y demás ciudadanos si deseaban pagar más impuestos; y como si las revoluciones las llevaran a cabo “organizaciones obreras” y no pequeños grupos de señoritos que se hacen con el poder mediante la violencia, en nombre del pueblo. 
Para Sara Porras, “el capitalismo está necesariamente vinculado al racismo y al sexismo”, como si el socialismo hubiese destacado por su cuidado y esmero en estos campos. Dos tópicos finales. Ricardo Romero Laullón: “el cine es un vehículo ideológico de carácter netamente burgués… que se utilizará para impedir el avance de la clase obrera”. Y no falta el guiño a “nuestros amigos antitaurinos”. En suma, un montón de dislates. Tanto profesor de Ciencia Política y ninguno se pregunta por qué hay tan pocas películas contra el socialismo o a favor del liberalismo.

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