miércoles, 28 de agosto de 2013

Los ‘logros’ del terrorismo ecolojeta. (Política, Economía. 1.891)

Manuel Llamas muestra la intolerancia y el totalitarismo de la rama política ecologista, que se caracteriza por el desprecio hacia las libertades y derechos fundamentales del individuo.


Artículo de Negocios.com

"La esencia del ecologismo, al igual que el resto de ideologías socialistas, se caracteriza por su desprecio absoluto hacia las libertades y derechos fundamentales del individuo, el rechazo frontal del capitalismo, su defensa del totalitarismo estatal y una marcada actitud antidemocrática. No en vano, si los comunistas justifican la completa sumisión y anulación del ser humano a un ente abstracto llamado Pueblo, cuya voluntad únicamente representa el Estado y, más concretamente, su amado líder supremo, los ecolojetas también son capaces de sacrificar todo, por muy aberrante y aborrecible que pueda resultar, a la consecución de un único fin, igualmente difuso e irreal: la madre Naturaleza. Así pues, Pueblo o Naturaleza son, según ellos, los dioses a los que el individuo debe, literalmente, sacrificarse por entero en favor de un bien mayor (el suyo).

El ejemplo más reciente que evidencia algunos de los rasgos más característicos de este despreciable ideario se ha producido en Alemania. Durante la campaña electoral que está teniendo lugar estas semanas, una de las propuestas que ha levantando más polémica es la fijación por ley de un Día Vegetariano a la semana, lanzada por Los Verdes. La idea consiste en imponer un “menú vegetariano” en determinadas cantinas del país con el fin de reeducar los hábitos alimenticios de los alemanes y bajo el argumento de que comer menos carne es bueno para la salud. “No es preciso comer todos los días dos hamburguesas”, según la líder de Los Verdes, Katrin Göring-Eckardt. Muy cierto, no se precisa tal cosa, pero aún menos que el Estado restrinja la oferta gastronómica en Alemania en función del gusto arbitrario de una parte de la población a costa, eso sí, de atropellar vil e injustamente la legítima voluntad del resto para comer lo que les venga en gana, aun a riesgo de perjudicar su salud. De hecho, pocos saben que esta propuesta es muy similar a la aplicada por el Partido Nazi en los años 30, cuando el Tercer Reich liderado por Hitler implantó el Día del Cocido.

Lo peor, sin embargo, es que los ecologistas no dudan en amenazar e incluso agredir a quienes no piensan como ellos. Una de las grandes novedades de la actual campaña es la irrupción, por primera vez, de un partido abiertamente contrario al euro, escéptico con el cambio climático y muy crítico con las renovables. Se trata de la formación Alternativa para Alemania (AfD), la versión alemana del Partido de la Independencia de Reino Unido que lidera el polémico Nigel Farage. La cuestión es que en las últimas semanas se han sucedido diversos incidentes en diversos mítines convocados por el AfD, ya que sus miembros y simpatizantes han sufrido insultos y agresiones por parte de algunos radicales vinculados a movimientos ecologistas. De hecho, el Partido Verde arenga públicamente a sus votantes a boicotear los actos del AfD. Toda una lección de democracia, sin duda. Intervencionismo estatal e intolerancia política, dos enseñas propias del ecologismo.

Sin embargo, estos dos ejemplos, siendo ya de por sí preocupantes, tan sólo constituyen una anécdota de lo más inocente en comparación con algunas de las propuestas más sanguinarias defendidas por los ecolojetas. En 1960, el científico ecologista Paul Ehlrich afirmó que la “batalla para alimentar a la humanidad” había terminado, llegando a profetizar la muerte de miles de millones de personas debido al inexorable agotamiento de los recursos. ¿Su solución? Estrictos controles de natalidad e incluso la esterilización masiva para alcanzar un volumen óptimo de población a nivel mundial. No es el único.

La doctora Jane Goodall –Premio Príncipe de Asturias en 2003– es fundadora del Optimum Population Trust, una organización que, entre otras afirmaciones, alerta de que tener familias numerosas constituye un “ecocrimen”. Por suerte para la humanidad, sus apocalípticas predicciones nunca se cumplieron. La hambruna masiva nunca llegó y, hoy en día, la población del planeta continúa creciendo gracias a la globalización y la extensión, lenta pero constante, del capitalismo.

En los últimos años, uno de los principales caballos de batalla de los verdes son los alimentos transgénicos. Su objetivo es retirarlos del mercado y prohibir su venta a países del Tercer Mundo.

Pero, curiosamente, hasta el momento, nadie ha podido demostrar que su consumo perjudique la salud humana. Por el contrario, existen pruebas fehacientes de que tales cultivos resisten mejor las plagas, las enfermedades y las condiciones ambientales extremas, minimizando así el riesgo de hambrunas en los países más pobres. Por último, uno de los grandes logros del ecologismo consistió en prohibir la producción de DDT (un tipo de insecticida) en Estados Unidos a principios de los años 70, causando un importante desabastecimiento en el Tercer Mundo. Y ello, bajo el argumento de que provocaba lluvia ácida. Lo que entonces ocultaron los ecolojetas es que el DDT era uno de los productos más efectivos contra el mosquito que provoca la malaria. La prohibición del DDT disparó el número de muertes en el Tercer Mundo por esta enfermedad. Tanto es así que en 2006 la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció la vuelta del insecticida para tratar de combatir la malaria. La temida lluvia ácida, sin embargo, no presenta peligro alguno para la salud.

Hoy, el apocalipsis que anuncian los ecolojetas para imponer coactivamente su ideario verde es el cambio climático, pese a las numerosas evidencias científicas que niegan sus postulados. De hecho, esta teoría ha decaído de forma muy intensa en los últimos años. De ahí, precisamente, que estén aprovechando la catástrofe de Fukushima para reclamar el fin de la energía nuclear, ondeando, una vez más, la bandera del pánico atómico –al igual que en 2011, cuando sucedió la tragedia–. Y eso, que la raíz de los actuales problemas en Japón no derivan de un fallo de seguridad en la planta dañada sino de un histórico terremoto –de grado nueve– y posterior tsunami –con olas de más de 10 metros–, cuyo único responsable fue... ¡Madre Naturaleza! "

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