lunes, 30 de septiembre de 2019

La política perjudica gravemente su salud

Juan Rallo analiza cómo la política perjudica gravemente la salud de las personas, y la solución obvia a todo esto. 
Artículo de El Confidencial: 
Foto: El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez (de espaldas), responde al líder del PP, Pablo Casado. (EFE)El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez (de espaldas), responde al líder del PP, Pablo Casado. (EFE)
El ciudadano modélico para una parte de la izquierda (por ejemplo, para el republicanismo cívico) es aquel que participa activamente en la gestión de la cosa pública, es decir, en política: aquel individuo que se informa y se educa sobre el rumbo que ha de tomar el Estado, que está dispuesto a debatir y a divulgar su cultivada opinión desde las distintas plataformas habilitadas a tal efecto (partidos, medios de comunicación, asociaciones sociales, etc.) y el que, en última instancia, ejerce su más importante deber cívico, que es el de votar sobre los asuntos que nos son comunes a todos. Dicho de otra forma, para una parte de la izquierda, la buena sociedad es la sociedad hiperpolitizada: un entorno institucional donde las personas se realizan como miembros decisores de una comunidad en la que la mayoría de las facetas de la vida de esas personas se ha convertido en dominio público. Esta visión hiperpolitizada de la sociedad resulta, sin embargo, deficiente en al menos tres aspectos.
Primero, en la medida en que el campo de acción político —la cosa pública en torno a la cual hay que deliberar y decidir en común— se expande a cada vez mayores áreas de la vida de los individuos, la soberanía efectiva de la que estos disfrutan se va volviendo cada vez más pequeña. Sí, como deliberantes y votantes de la república su campo de actuación se incrementa, pero como personas con proyectos privados y separables del resto, su margen de actuación va mermando. Cada cual, pues, se convierte en un títere del conjunto de la comunidad política con apenas la pequeñísima capacidad de activar uno de los millones de hilos que mueven a ese (y a todos los otros) títeres. El 'homo hiperpoliticus' es un hombre oprimido por la propia tiranía política aun cuando él mismo participe testimonialmente en la orientación de la misma.
Segundo, el tipo de ciudadano que requiere una comunidad hiperpolitizada para funcionar de un modo medianamente adecuado es un tipo de ciudadano muy distinto al realmente existente. Siguiendo la taxonomía del filósofo Jason Brennan, diremos que una comunidad política funcional requiere que una mayoría de ciudadanos sea vulcaniana (gente superracional que se vuelca desapasionada e imparcialmente en el estudio y en la comprensión de los asuntos públicos), cuando en realidad son o 'hobbits' (personas predominantemente indiferentes hacia los temas políticos y que dedican la mayor parte de sus desvelos a sus asuntos privados) o 'hooligans' (personas fuertemente implicadas en los asuntos políticos pero desde una óptica sesgada, emocional, fanática y tramposa). En este sentido, cuando avanzamos en la politización de la sociedad, no conseguimos que cada vez más ciudadanos pasen de ser 'hobbits' a vulcanianos, sino que dejan de ser 'hobbits' y se convierten en 'hooligans'.
Esta hiperpolitización fanatizada de nuestro entorno es fácilmente observable en la filiación cuasirreligiosa que muchos ciudadanos sienten hacia sus líderes políticos y hacia las proclamas de sus partidos. Los hinchas del PP, de Vox, de Podemos o del PSOE lo son hasta las últimas consecuencias: no hay fisuras en sus discursos ni existe cuestionamiento alguno hacia sus respectivos timoneles. A su vez, la proliferación de nuevas opciones políticas que, en lo sustancial, se diferencian muy poco del resto de opciones existentes (Más Madrid versus Podemos, por ejemplo) solo pone de manifiesto la tendencia a la fragmentación política en sectas ideológicas definidas en función de la simbología o el liderazgo y no de las ideas y propuestas de fondo.
Todavía peor, el adversario ideológico es reputado como un enemigo de la sociedad: como un corrupto, un delincuente o incluso un tirano y asesino en potencia. En sociedades extraordinariamente hiperpolitizadas, las familias pueden fracturarse por discrepancias sobre cuestiones públicas que, en el fondo, deberían ser del todo secundarias en sus vidas diarias. La hiperpolitización de la sociedad, pues, envenena a la propia sociedad y resulta dañina para la vida de los ciudadanos.
De hecho, este último es el tercer gran problema de la visión de bien común del republicanismo cívico. En última instancia, el enfrentamiento civil a cuenta de las estériles y artificiales refriegas políticas no mejora la vida de los ciudadanos, sino que la empeora muy notablemente. No en vano, los politólogos Kevin B. Smith, Matthew V. Hibbing y John R. Hibbing acaban de publicar los resultados de una reciente encuesta realizada a ciudadanos estadounidenses interesados por la política, y los resultados revelan el deterioro en la salud física, mental y emocional que han sufrido muchos de ellos. Así, un 40% de los encuestados reconoció haber pasado por episodios de estrés por culpa de la política (incluso un 20% constató pérdida de sueño, fatiga y depresión); entre un 10% y un 30% afirmaron que la política les había generado rabia, frustración, odio y culpa; entre un 10% y un 25% dijeron haber prestado demasiada atención a la política, lo que les llevó a ignorar otras prioridades vitales y, por tanto, a sentirse vacíos cuando el proceso electoral tocó a su fin; asimismo, un 20% de la población declaró que la política había dañado sus amistades y generado problemas en su círculo familiar; incluso un 4% admitió haber tenido pensamientos suicidas como consecuencia de la política.
En definitiva, la hiperpolitización de la sociedad reduce nuestra libertad, nos fanatiza y nos perjudica física, mental y emocionalmente. Debería resultar obvio que no hemos de seguir estatalizando e hiperpolitizando la sociedad, sino que deberíamos proceder a ampliar sus espacios de libertad para que cada cual viva su vida como guste sin meter violentamente la nariz en la vida de los demás.

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