miércoles, 20 de julio de 2016

¡Llamen a un psicólogo! Los animalistas y su patología

Luís I. Gómez analiza la cuestión de los animalistas y la proyección de la visión del mundo humano en el reino animal.
 
Artículo de Desde el Exilio: 
Las muestras de júbilo de los llamados “protectores de los animales”  que recorrieron hace unos días las redes sociales generan a bote pronto algunas  preguntas, dudas: el torero, ¿pierde su derecho a la vida por el hecho de ser torero? ¿Gana el toro algún tipo de dignidad por ser un toro de lidia? Si todos los animales tienen los mismos derechos que el toro de lidia, ¿porqué no se organizan grandes manifestaciones sociales contra la masacre de hormigas cometida por los senderistas? Estas formas de discriminación son difíciles de explicar mediante una evaluación basada en el conocimiento de las relaciones naturales. Permítanme un intento de explicación.
Buena parte de las teorías freudianas han sido debatidas y declaradas como obsoletas. Sin embargo, no podemos meter en ese saco su teoría de las neurosis. Las neurosis – a diferencia de la psicosis – son fundamentalmente sólidos mecanismos para protegerse de la ansiedad y situaciones de estrés psicológico.
Las proyecciones.
En este contexto, la proyección es la herramienta de la que nos servimos para dar expresión adecuada (socialmente aceptable)  a diversas “soluciones” frente a situaciones de ansiedad, incluso a determinados deseos que podrían ser sancionables. Freud escribió que: “la proyección consiste en trasladar  los propios sobre los demás.”
Todas las proyecciones tienen en común una relación triangular. De un lado el proyector, es decir, la persona que percibe deseo, rechazo o miedo. Enfrente está el observador. Este puede ser un individuo o el público en general. Y en medio tenemos aquel o aquello sobre lo que se proyecta.
En cualquier caso, el observador es una instancia mental real cuya reacción no es en absoluto insignificante para el proyector y que podría incluso sancionar la puesta en práctica de los deseos de aquél, o simplemente la comunicación de la intención de hacerlo.
Si el proyector manifestase abiertamente sus deseos e instintos, podría sufrir  un trato desfavorable por parte de los observadores, al menos desde el punto de vista de aquél. El proyector resuelve el problema proporcionando al observador una superficie de proyección sobre la que transmitir sus propios deseos e instintos.
Un ejemplo.
Una madre inscribe a su hijo, poco o nada musical, en clases de piano. Ella misma siempre ha querido dominar este instrumento. Ahora implementa sus propios intereses en la instrucción del niño. Si decidiese ser ella la que, según su deseo, se inscribiese en las clases de piano, encontraría probablemente incomprensión. “Eres demasiado mayor”, “como adulto, ya no se puede aprender bien a tocar el piano”, … y mil argumentos más.
Al igual que los deseos y pasiones, también podemos proyectar  odio y rechazo.
Otro ejemplo.
El niño menos dotado de una clase muestra a su profesor de arte un dibujo. El rechazo del profesor (el dibujo es francamente horrible) frente al trabajo del estudiante no puede ser expresado directamente sin ser sancionado por los otros niños o por los padres del  “artista”. Por esta razón, limita su crítica a los aspectos técnicos del dibujo: la falta de perspectiva, la ausencia de sombreados, la falta de volumen, … cuando en realidad piensa que ese niño es un lastre para la clase en general.
Las proyecciones son guerras psicológicas para evitar el desarrollo de un conflicto  emocional en el plano de la realidad. Desde una perspectiva neuronal, podemos concebir la proyección como la delicada relación de equilibrio entre el centro intelectual de la corteza cerebral y el centro emocional situado en el sistema límbico de nuestro cerebro. Nuestro centro emocional nos permite percibir atracción o rechazo con gran intensidad. Al mismo,  nuestra superestructura intelectual y ética impide que estas emociones salgan al exterior. El centro intelectual las canaliza –mediante proyecciones, como vemos- para aliviar nuestra psique, evitando al mismo tiempo sanciones sociopsicológicas.
Y entonces nos comparamos con los animales. O viceversa.
No hay nada negativo en el hecho de proyectar sentimientos humanos en animales. Nuestro mundo está lleno de comparaciones y transferencias entre humanos y animales. Tenemos que dar expresión a nuestros sentimientos, cuando se trata de seres vivos con los que tenemos una relación.
Estamos rodeados de antropomorfismo, y no solo en la literatura. Pensemos en nuestra percepción del “zorro inteligente” o del “león cobarde”, del “león noble” o de la “urraca ladrona”. En todas estas ideas juzgamos animales desde los parámetros de nuestro propio mundo. Sin este tipo de comparaciones o transferencias nuestro lenguaje sobre los animales sería más pobre, analítico, aburrido, sin sentimientos.
Pensemos en alguna de las fábulas populares, como esta:
Dijo un día una liebre a una zorra:
— ¿Podrías decirme si realmente es cierto que tienes muchas ganancias, y por qué te llaman la “ganadora” ?
— Si quieres saberlo — contestó la zorra –, te invito a cenar conmigo.
Aceptó la liebre y la siguió; pero al llegar a casa de doña zorra vio que no había más cena que la misma liebre. Entonces dijo la liebre:
— ¡ Al fin comprendo para mi desgracia de donde viene tu nombre: no es de tus trabajos, sino de tus engaños !
Esto es pura proyección. En  la naturaleza no existe el concepto de “ganancia”, ni el de “invitación a cenar”; todos sabemos que las liebres no hablan con los zorros, que los animales no “trabajan” y que los “engaños” en la naturaleza no son nunca fruto de un plan, sino del instinto. Todo ello nace únicamente de la cabeza racional del autor de la fábula y se recrea con placer en las de los lectores de los últimos 2400 años. Bajo aspectos artísticos, no encuentro objeción alguna al uso de las proyecciones y el antropomorfismo.
El lado oscuro de las proyecciones.
animalesmalvados
Sin embargo, las proyecciones tienen otra cara, menos amable. Cuando los “animalistas” proyectan su propia visión del mundo humano sobre el reino animal,  dotan a este de cualidades que no tiene. Además, su forma de comunicar esa proyección nace del convencimiento de que sólo la suya es la única correcta, la única creencia concebible. La forma de presentar el debate actual sobre los “derechos de los toros de lidia” es un buen ejemplo de ello. Nada justifica el júbilo ante la muerte de un ser humano. Nada. En realidad, se trata simplemente de proyectar el odio hacia los toreros (en este caso) porque no comparten su cosmovisión, a través de la acción “vengativa y justiciera” del toro: ellos no pueden decir abiertamente que matarían a los toreros, pero se alegran de que un toro lo haga.
Las proyecciones tienen un gran poder en nuestra mente. Y nos hacen olvidar, en ocasiones, la mismísima realidad: que el derecho es una creación exclusiva del hombre y algo totalmente desconocido fuera de la sociedad humana. Para un animal o una planta no existe nada parecido a  un “orden jurídico”.
Siguiendo los argumentos (las proyecciones) de los animalistas, podríamos pensar que los representantes de los toros de lidia, elegidos en asamblea en la dehesa salmantina, se concentran todos los lunes frente al Parlamento reclamando con pancartas su “derecho a la vida”. No, así no podemos llevar adelante una discusión sensata acerca de la naturaleza y nuestro papel en ella.
Necesitamos una visión científica de la naturaleza.
Cuando se trata de lidiar con la naturaleza, entonces debemos recuperar el valor de observarla con rigor estrictamente científico, absolutamente alejados de nuestro sistema límbico. Pretender imponer a los animales nuestros valores o dotarles de nuestros derechos no es un modelo de futuro.

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