miércoles, 27 de julio de 2016

No es islamofobia, sino antiyihadismo

Javier Pérez Bódalo analiza la cuestión de la islamofobia, el respeto a las ideas, el relativismo moral y el buenismo, las maliciosas explicaciones ante la barbarie y la Europa adormilada y su síndrome de Estocolmo.

En estos días en los que -por desgracia- vamos a par de atentados yihadistas por semana, vemos el más abyecto rostro de la tibieza de una Europa moralmente enferma, que busca culpables de paja en lugar de encarar la verdad. Escuchamos que todas las ideas merecen respeto, que debemos dejar a todos expresar sus locuras y entender los diferentes puntos de vista; como si la libertad se basase en una explosiva mezcla de relativismo y libertinaje. Casi como si debiéramos aplaudir al que viene a quitarnos la vida, pues es “su opinión”. El argumento de que “son sus costumbres, y hay que respetarlas” llevaría a justificar desde las violaciones rituales -pueblos precolombinos-, al sacrificio del primogénito si es mujer -ciertas culturas asiáticas- o hasta el ascenso (democrático, por cierto) de Hitler en una Alemania fuertemente alineada con el movimiento Völkisch. Al negar que existen una serie de valores universales y naturales basados en la Libertad, y creer que todas las culturas son respetables en función de que sean fieles a sus propios preceptos, caemos de nuevo en el relativismo moral. ¿Cómo podemos decir a quien lo hace mal que eso es malo, si el mal o el bien sólo dependen de opiniones respetables? Al creer que cada situación temporal y personal crea la noción de correcto o incorrecto, caemos en la trampa del buenismo más absoluto: “eran sus circunstancias, y no podemos juzgarlas con nuestros patrones”.
Ante la barbarie encontramos maliciosas explicaciones de lo más variopintas, desde “accidentes de camión” instrumentalizados como atentado a jóvenes con problemas mentales que “no tuvieron otra salida”. A todo ello se suma un aura de sorprendente "respeto a las familias" -proclamado por quienes tratan de destruirla- y una constante petición de evitar fotografías de las masacres cometidas por mahometanos. No sería rara esta actitud si viniera de personas conservadoras y tendentes a escandalizarse con sangre y desgracias en los medios. Pero resulta insultante viniendo de quien viene. De los que quieren, a sabiendas, demonizar a las víctimas y encumbrar a los terroristas. Nada nuevo en España.
Pero todo eso no es cierto; no hay que respetarlo todo. No encarcelar ni perseguir a alguien por lo que piensa es lo realmente valioso, pero no tenemos por qué sonreír ante pensamientos criminales y ponerlos en pie de igualdad con los pacíficos. Las ideas son propias, irrenunciables y no deben ser motivo de castigo. Pero no hay que aguantar que nos bombardeen con ellas. La libertad no es sólo no agresión, sino también legítima defensa. No tenemos por qué respetar el ideario del que practica la ablación a su hija, el pensamiento del que pega a su mujer porque lo pone en el Libro, o las ideas del que quiere exterminar judíos. No tenemos por qué tolerar que con la excusa de la libertad de expresión, nos obliguen a callar ante el que quiere aplastarnos. Hay quien dice que para ser demócrata hay que ser antifascista. Por supuesto. Y también anticomunista. Pero más aún; para ser libre hay que repudiar toda idea que necesite coacción sin límites para llevarse a término. Sin medias tintas, sin tibiezas.
En la línea de lo anterior, nos piden que no digamos que era musulmán quien mata en nombre de Alá, pero que quede claro que el maestro que abusó de aquel escolar era sacerdote. Nos exigen que no compartamos fotografías de esos diez niños atropellados en Niza, cuando vimos durante semanas el pobre bebé ahogado en el Mediterráneo. Nos insultan si señalamos que la policía alemana ocultó violaciones para evitar odio al refugiado, pero son los mismos que no se cansan de compartir vídeos sobre su supuesta "brutalidad". Nos muestran las maldades de aquel empresario que da de comer a cientos de miles de asiáticos, pero callan cuando el imán vende a niñas como rameras.
Y todo ello, con una excusa: evitar la islamofobia. Si usted está en contra de la Iglesia es anticlerical, y si el de más allá odia la monarquía es antimonárquico. O si este otro quiere un mundo con fronteras y escaso progreso, es antiglobalización. Y no hay problema. Que el primero no guste de la Iglesia no quiere decir que odie a todos y cada uno de los cristianos, así como el segundo no lo hará con todos los monárquicos. Son personas contrarias a la institución por criterios políticos, y su punto de vista es tolerado aunque fuera erróneo.
¿Por qué entonces no se puede decir que quienes matan en las calles de Europa son musulmanes? ¿Es acaso mentira? No es cuestión de islamofobia: es ser antiyihadista. No consiste en odiar a todos los musulmanes, sino en tener la firmeza intelectual de aseverar que repudiamos a los que matan en nombre de su religión. En afirmar que ellos no tienen sitio en nuestras sociedades, y que del mismo modo que fue obligación moral combatir al fascismo en los cuarenta o al comunismo en los ochenta, hoy nos enfrentamos a otra forma de totalitarismo.
No pueden querer blanquear la realidad ni mentir a los ciudadanos sobre quién degüella, porque esos tienen nombre y apellidos, motivación y apoyos. Y encuentran ante sí a una Europa adormilada y alienada vía presupuesto público. A todo ello se suma un halo de Síndrome de Estocolmo, en el que todos y cada uno de nosotros tenemos parte de culpa de que los yihadistas maten por vaya usted a saber qué guerra y por falta de “aceptación social”. Los judíos no pusieron bombas en Alemania en los cincuenta tras el Holocausto, ni nuestros abuelos necesitaron subvenciones y programas para integrarse en Suiza o Argentina en los cuarenta. Los de ahora, los terroristas, matan porque quieren, nosotros no les hemos obligado.
El precio de la libertad es la eterna vigilancia, decía Jefferson. No se trata de odiar, sino de conocer. No es cuestión de perseguir, sino de advertir. Ser conscientes de que la sociedad abierta y el mundo libre sólo puede garantizarse con prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Que no nos hagan creer que se puede combatir al violador con abrazos, al de la bomba con flores y al del cuchillo con Imagine.

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