martes, 9 de febrero de 2016

Oxfam: manipulando a los pobres para engañarnos a todos

Juan Rallo muestra la nueva manipulación del último informe de Oxfam, en su habitual amarillismo populista, analizando algunas de estas manipulaciones, en concreto respecto a la desigualdad de renta y a la desigualdad de riqueza, y sus absurdas conclusiones. 
Artículo de Voz Pópuli: 
Intermon Oxfam lo ha vuelto a hacer. La ONG más populista y amarillista del panorama global ha publicado su ya habitual informe catastrofista anual en el que, esencilamente, nos alerta de que el mundo va a peor, esto es, de que cada vez los ricos son más ricos y los pobre, infinitamente más pobres. Las conclusiones de Oxfam parecen sólidamente asentadas en gráficos, informes y bases de datos, con lo que apenas parece haber espacio para la discrepancia. La realidad, sin embargo, es muy distinta: Oxfam toma datos descontextualizados y con importantes sesgos no explicitados y, posteriormente, los transforma para alcanzar conclusiones disparatadas.
Baste con analizar qué análisis efectúa Oxfam con respecto a la desigualdad de renta y a la desigualdad de riqueza.
Desigualdad de renta
Según Oxfam, “los datos sobre la participación en los ingresos mundiales ponen de manifiesto que la desigualdad de ingresos a nivel interpersonal es enormemente elevada, y que los principales beneficiarios del crecimiento total son los individuos que se sitúan en el extremo superior de la escala de distribución de los ingresos”. Más en concreto, “entre 1988 y 2011, el 10% más rico de la población ha acumulado el 46% del incremento total de los ingresos, mientras que el 10% más pobre sólo ha recibido el 0,6%”. En apariencia, pues, el crecimiento mundial ha agravado las desigualdades: el 10% con mayor renta se ha quedado el 46% de los nuevos ingresos, mientras que el 10% con menor renta apenas ha acaparado el 0,6%”. El siguiente gráfico es lo suficientemente ilustrativo:
¿De dónde obtiene Oxfam tales estimaciones? De la base de datos Lakner-Milanovic. Por tanto, en principio, son datos suficientemente acreditados como para resultar verosímiles. Ahora bien, fijémonos en que el gráfico está expresado en términos absolutos: no relativos. No miden cuánto han crecido relativamente los ingresos de pobres y ricos entre 1988 y 2011, sino cuánto lo han hecho en términos absolutos. Y, en tal caso, resulta complicado saber si el crecimiento mundial está beneficiando más a ricos o a pobres.
Por ejemplo, si un pobre tiene una renta de 10 euros anuales y un rico una renta de 50.000 euros anuales, y al cabo de 25 años el pobre ha visto incrementada su renta hasta 100 euros y el rico hasta 51.000 euros, en términos relativos el pobre ha visto crecer su renta un 1.000%, mientras que el rico lo habrá hecho un 2%; pero del total de nuevos ingresos agregados (1.090 euros), el pobre apenas se habrá quedado con el 8,2% de las nuevas rentas generadas y el rico con el 91,8%. Evidentemente, el crecimiento económico vivido durante esos 25 años habrá beneficiado especialmente al pobre (sus rentas ha crecido un 1.000%, frente al 2% de las del rico), pero Oxfam nos dibujaría dos columnas, una de 90 euros para el pobre y otra de 1.000 euros para el rico, y nos diría que el rico se han quedado con la inmensa mayoría de los nuevos ingresos.
Por eso el gráfico es tramposo: porque en lugar de reflejar las tasas de variación de cada uno de los deciles de renta, opta por representar las tasas de variación absolutas. ¿Podemos corregir este error? Sí, en el propio paper de Lakner-Milanovic aparece el gráfico que representa la tasa de variación por percentil de renta entre 1988 y 2008 (el gráfico de Oxfam llega hasta 2011, pese a que los datos de 2011 no se hallan disponibles en ningún lado: según afirman, “los datos de 2011 proceden de correspondencia personal con Branko Milanovic en septiembre de 2015”). Y, voilá, el resultado es el siguiente:
Es decir, el crecimiento acumulado entre 1988 y 2008 ha beneficiado especialmente a la población ubicada entre el percentil 10 y el 70, esto es, a las clases medias, medias-bajas y bajas mundiales. Únicamente, el 1% más rico del mundo ha visto aumentar sus rentas tanto como las clases medias. En cambio, las clases medias-altas mundiales (entre el percentil 80 y 99) han experimentado un crecimiento muy moderado, prácticamente un estancamiento (a pesar de que en el gráfico presentado por Oxfam parecen estar entre las principales y desproporcionadas beneficiarias del crecimiento de las últimas décadas).
Acaso el lector se muestre escéptico atendiendo a su experiencia personal y a lo que los medios de comunicación nos relatan diariamente: las clases medias españolas no han mejorado demasiado durante los últimos 20 años y, en cambio, las clases medias-altas españolas sí han medrado muy significativamente. Mas —dejando de lado si este podemizado relato responde o no a la realidad— ambas interpretaciones son plenamente compatibles: no en vano, las clases media españolas son clases medias-altas y clases altas dentro de la distribución mundial de la renta. La renta media en 2008 entre los percentiles 80 y 90 fue de 7.754 dólares, mientras que la renta media entre los percentiles 90 y 95 se ubicó en 15.113 dólares. Por tanto, si usted ingresa cada año una renta salarial entre tales sumas, sepa que usted se halla entre el 20% más acaudalado del mundo (y si ingresa más de 15.113 dólares, se halla entre el ultra-privilegiado 5% con mayor renta del mundo: esa masa de población que según Oxfam se está quedando con todos los frutos del crecimiento mundial). 
El argumento de Oxfam de que un crecimiento mundial equitativo supondría que “aproximadamente el 10% de dicho incremento [de los ingresos mundiales] fuese a parar a manos de cada uno de los deciles (una décima parte) de población” es totalmente absurdo. En 1988, la renta media del 10% de población más pobre del mundo (511 millones de personas) ascendía a 201 dólares; entre 1988 y 2011, Oxfam estima que los ingresos mundiales han crecido en 12,5 billones de dólares, mientras que la población mundial ha aumentado hasta los 6.944 millones (de modo que el 10% más pobre son 694 millones de personas). Si el 10% más pobre se hubiera quedado con el 10% del crecimiento mundial, su renta per cápita se habría incrementado hasta 1.950 dólares anuales: esto es, Oxfam está afirmando que si la renta per cápita de 700 millones de personas no aumenta en términos reales un 969% en 23 años (un crecimiento anual medio del 10,8% real), el crecimiento económico mundial “no es equitativo”. Tengamos presente que el super-crecimiento de la renta per cápita china en ese mismo período ha sido del 713% en términos reales (es decir, del 8,9% anual) por tanto menos de lo que exige Oxfam.
¿Qué credibilidad puede merecer una ONG que, por ignorancia o mala fe, nos pretende insuflar la idea de que todo crecimiento que no alcance cotas absolutamente irreales resulta injusto? La justicia es el imposible.
Desigualdad de riqueza
El otro mensaje impactante que ha extendido Intermon Oxfam entre todos los medios de comunicación es que las 62 personas más ricas del planeta poseen un mayor patrimonio que el 50% más pobre de la población adulta mundial: es decir, 62 tienen más que 2.400 millones de adultos (ambos grupos poseen 1,75 billones de dólares). ¿Acaso puede haber una mayor evidencia de la injusticia planetaria?
En otras ocasiones ya hemos tenido oportunidad de explicar que estas mediciones de riqueza padecen serios sesgos. Por un lado, no computan uno de los principales activos en los que invierten las familias de todo el planeta (y especialmente las más pobres): la educación. Por otro, tampoco incluyen todos los servicios gubernamentales por los que sus ciudadanos pagan impuestos y que, por tanto, tienen derecho a recibir (por ejemplo, pensiones y sanidad pública). En suma, dos de los mayores activos de los que sí disfrutan las personas pobres no aparecen reflejadas en estas estadísticas. Estas exclusiones llevan a que, por ejemplo, en países que juzgamos tan sumamente igualitarios como Dinamarca o Suecia, el 10% de su población posea cerca del 70% de la riqueza nacional, cuando evidentemente ello es así porque no contabilizamos la riqueza que supone tanto la formación de sus habitantes como los servicios garantizados por sus gobiernos (y que bien caros impositivamente les salen).
A su vez, no tiene mucho sentido transmitir la impresión de que las 62 personas más ricas del mundo están acaparando propiedades a costa del resto. La riqueza de esas 62 personas es esencialmente riqueza financiera: en particular, esas 62 personas son propietarios de compañías que alcanzan un elevadísimo valor en bolsa (Microsoft, Inditex, 
Berkshire Hathaway, Oracle, Bloomberg, Amazon, Facebook, Google, etc.). ¿Y por qué son propietarias de ellas? Pues en su mayor parte porque las han creado. Si no las hubieran creado y esas 62 personas fueran clases medias, ¿los otros 2.400 millones de personas serían proporcionalmente más ricas? En absoluto: serían tan o más pobres que ahora (si no existieran las anteriores empresas, disfrutaríamos de una renta real muy inferior). Contraponer la riqueza de los creadores de empresas con la pobreza de grandes masas de la población mundial simplemente no tiene ningún sentido.
Y es que, en efecto, el problema de esos 2.400 millones de adultos no es la riqueza de los creadores de Google o Facebook, sino que apenas poseen patrimonio alguno. Si 2.400 millones de personas poseen una riqueza agregada de 1,76 billones de dólares, eso significa que la mitad de la población mundial apenas posee un patrimonio medio de 733 dólares. ¿Cómo es posible que tanta gente posea tan poco? Pues, en esencia, por dos motivos.
El primero es que la gente joven normalmente no tiene patrimonio porque no ha disfrutado de suficiente tiempo para acumularlo (recordemos que estamos hablando de patrimonio neto, de manera que un individuo que se acabe de comprar una vivienda con un préstamo hipotecario carece de riqueza neta): la edad es uno de los principales determinantes de la desigualdad de la riqueza. De hecho, casi el 11% de esos 2.400 millones de adultos pobres residen en Europa y en América del Norte (250 millones de adultos que equivalen al 30% de su población). Por cierto, sólo el 10% de la población española integra esa categoría: el 77% de la población española adulta se ubica entre el 20% más rico de la población mundial.
El segundo y más importante factor es que la mayor parte del mundo sigue residiendo en sociedades paupérrimas, de manera que acumular riqueza resulta muy complicado. Por ejemplo, el 81% de la población de África o el 53,7% de la de Asia-Pacífico se encuentran entre esos 2.400 millones de adultos más pobres. Mientras estas zonas no se desarrollen —y lo están haciendo a ritmos notables, aunque no a las tasas absolutamente irreales y estratosféricas que demanda Oxfam para considerar el crecimiento como “equitativo”— será muy difícil que sus ciudadanos adquieran niveles patrimoniales equivales a las clases medias occidentales.
De hecho, aunque a esos 62 milmillonarios les arrebatáramos su patrimonio (es decir, nacionalizáramos Apple, Google, Amazon, Microsoft, Inditex, Wal Mart, etc.) y redistribuyéramos tales propiedades entre los 2.400 millones de personas pobres, el patrimonio de cada una de éstas apenas crecería en 730 dólares (y ello suponiendo que, tras la nacionalización y el reparto de esas compañías, su valor bursátil no se desplomara a una facción del actual). En otras palabras, la tragedia del mundo actual no es que unos pocos son muy ricos, sino que muchísimos son muy pobres: y robándoles la riqueza a esos pocos ricos no se conseguiría que los muchísimos pobres dejaran de serlo.
Al contrario, seguir divulgando la falaz idea de que la riqueza está dada y de que la única forma de enriquecer a los pobres es redistribuyéndola sólo contribuye a desviar el foco del auténtico problema que condena a los pobres a seguir siendo pobres: su falta de instituciones inclusivas conducentes a un crecimiento económico sano, sostenible y generalizado. Si exculpamos de cualquier responsabilidad a sus élites extractivas, si descuidamos que el problema de los países pobres sigue siendo un inadecuado respeto por los derechos y libertades de sus ciudadanos —incluyendo sus derechos de propiedad—, si culpamos a las clases medias occidentales (recuerdo: el 77% de la población española está entre el 10% más rico del mundo) del subdesarrollo del resto del mundo, entonces tanto más tardarán en salir de la pobreza.
Conclusión
Con semejantes informes tan tergiversados, Intermon Oxfam sólo está contribuyendo a envenenar con falacias a la población occidental con el objetivo de que aplique todo un cúmulo de políticas económicas que no contribuirán a enriquecer a los pobres pero sí lograrían empobrecer aceleradamente a las clases medias patrimoniales de Occidente. Resulta inexplicable que Oxfam, tras haber recibido centenares de críticas por el nulo rigor de sus análisis y por la mala fe que crecientemente destilan, siga publicando tal colección de dañinos dislates. Si de verdad les importan los pobres, lo primero que deberían hacer es preocuparse un poco por aprender qué políticas conducen a la riqueza y cuáles a la pobreza. Y luego, ser un poco honestos. De momento, ni lo uno ni lo otro.

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