sábado, 21 de mayo de 2016

La guerra de propaganda contra el capitalismo

Ludwig von Mises analiza la guerra de propaganda contra el capitalismo, extracto de su muy recomendable obra "Planificación para la libertad y otros ensayos" (Unión Editorial). 

Artículo del Instituto Mises: 
El intelectual progresista mira al capitalismo como el más horrible de los males. La humanidad, sostiene, vivía bastante felizmente en los buenos viejos tiempos. Pero entonces, como dijo un historiador británico, la Revolución Industrial “cayó como una guerra o una plaga” sobre los pueblos. Los “burgueses” convirtieron la abundancia en escasez. Unos pocos potentados disfrutaban de todos los lujos. Pero, como observaba el propio Marx, el trabajador “se hundía cada vez más”, porque la burguesía “es incompetente para asegurar una existencia para su esclavo dentro de su esclavitud”.
Aun peores son los efectos intelectuales y morales del modo capitalista de producción. Solo hay un medio, cree el progresista, para liberar a la humanidad de la miseria y degradación producidos por el laissez faire y el capitalismo duro y es adoptar la planificación centralizada, el sistema con el que los rusos están experimentando con éxito. Es verdad que los resultados obtenidos por los soviéticos aún no son totalmente satisfactorios. Pero estos defectos solo están causados por las condiciones peculiares de Rusia. Occidente evitará los fallos de los rusos y conseguirá el Estado del Bienestar sin las características meramente accidentales que lo desfiguraron en Rusia y en la Alemania de Hitler.
Esa es la filosofía enseñada en la mayoría de las escuelas actuales y propagada por novelas y obras de teatro. Es la doctrina que guía la acción de casi todos los gobiernos contemporáneos. El “progresista” estadounidense se siente avergonzado de lo que llama el atraso social de su país. Considera una obligación de Estados Unidos subvencionar generosamente gobiernos socialistas extranjeros para permitirles continuar con sus ruinosas aventuras socialistas. A sus ojos, el enemigo real del pueblo estadounidense son las grandes empresas, es decir, las empresas que proporcionan al hombre común estadounidense el más alto nivel vida alcanzado nunca en la historia. Alaba como progreso todo paso adelante en el camino hacia un control completo de los negocios. Calumnia a todos los que dan a entender los perniciosos efectos del desperdicio, el gasto en déficit y la desacumulación de capital por reaccionarios, realistas económicos y fascistas. Nunca menciona los productos nuevos o mejorados que las empresas casi cada año hacen accesibles para las masas. Pero entra en éxtasis con los logros bastante cuestionables de la Autoridad del Valle de Tennessee, cuyo déficit se cubre con los impuestos recaudados a las grandes empresas.
Los expositores más infatuados de esta ideología se encuentran en los departamentos universitarios de historia, ciencias políticas, sociología y literatura. Los catedráticos de estos departamentos disfrutan de la ventaja, al referirse a aspectos económicos, de que hablan de un tema con el que no están familiarizados en absoluto. Esto es especialmente flagrante en el caso de los historiadores. La forma en que se ha tratado la historia de los últimos doscientos años es realmente un escándalo. Solo recientemente algunos investigadores eminentes han empezado a desenmascarar las crudas mentiras de Lujo Brentano, los Webb, los Hammond, Tawney, Arnold Toynbee, Elie Halévy, los Beard y otros autores. En la última reunión de la Sociedad Mont Pèlerin, el titular de la cátedra de historia económica en la  London School of Economics, el profesor T. S. Ashton, presentó un trabajo en el que apuntaba que las opiniones comúnmente aceptadas de la evolución económica del siglo XIX “no disfrutan de ningún indicio de sensatez económica”. Los historiadores retuercen los hechos cuando inventan la leyenda de que “la forma dominante de organización bajo el capitalismo industrial, la fábrica, aparece por las demandas, no de la gente corriente, sino de los ricos y los gobernantes”.
La verdad es que el rasgo característico del capitalismo era y es la producción en masa para las necesidades de las masas. Siempre que la fábrica con sus métodos de producción por medio de máquinas consumidoras de energía invadía una nueva rama de producción, empezaba con bienes baratos para las masas más amplias. La fábricas se dedicaban a la producción de mercancías más refinadas y por tanto más caras solo en una etapa posterior, cuando la mejora sin precedentes que habían causado en el nivel de vida de las masas hacía razonable aplicar los métodos de producción masiva también a artículos mejores. Las grandes empresas atienden las necesidades de los muchos: dependen exclusivamente del consumo masivo. En su aspecto de consumidor, el hombre común es el soberano, cuya compra o abstención de compra decide el destino de las actividades empresariales. El “proletario” es el consumidor del que siempre se ha dicho que tiene siempre la razón.
El método más popular para despreciar el capitalismo es hacerlo responsable de toda situación que se considere insatisfactoria. La tuberculosis y, hasta hace unos años, la sífilis era llamadas enfermedades del capitalismo. De la indigencia de millones en países como la India, que no adoptó el capitalismo, se culpa al capitalismo. Es un hecho triste que la gente se debilite con la edad y acabe muriendo. Pero esto no solo les ocurre a los vendedores sino también a los empresarios y no era menos trágico en las épocas precapitalistas de lo que lo es bajo el capitalismo. Prostitución, dipsomanía y adicción a las drogas son llamadas todas vicios capitalistas.
Siempre que la gente discute sobre las supuestas fechorías de los capitalistas, un catedrático entendido o un artista sofisticado se refiere a las altas rentas de estrellas de cine, boxeadores o luchadores. ¿Pero quién contribuye más a esas rentas, los millonarios o los “proletarios”?
Debe admitirse que los peores excesos en esta propaganda no los cometen los catedráticos de economía, sino los profesores de las demás ciencias sociales, los periodistas, escritores e incluso a veces los ministros. Pero la fuente la que derivan todos los lemas de este fanatismo frenético son las enseñanzas presentadas por la escuela “institucionalista” de políticas económicas. Todos estos dogmas y falacias pueden remontarse en último término a doctrinas supuestamente económicas.

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