lunes, 9 de mayo de 2016

Pueblo, pueblo querido

Carlos Rodríguez Braun sobre los populistas y sus estrategias de propaganda (el poder y el querer...).

Artículo de su blog personal:
Sólo nuestra inopia visual y nuestra perversión moral nos impiden reconocer lo evidente: ¡nos quieren, los populistas nos quieren!
Nos quieren porque se quieren
La prueba más palpable de que nos quieren es que ellos mismos se quieren. Estuvo muy cariñosa Carolina Bescansa llevando a su hijo al Congreso y amamantándolo en el propio hemiciclo. Y lo hizo por nosotros, para que pudiéramos “visibilizar los problemas de conciliación familiar y laboral”.
Y usted igual creía que era una estrategia descarada de propaganda con el único objetivo patente de visibilizarla a ella misma y a sus secuaces, que se pasaron el bebé de mano en mano, sonrientes y siempre cariñosos.
Pues no era propaganda: es que lo hacen por nosotros, porque nos quieren, y entonces, por supuesto, piensan que hay que llevar bebés al Congreso y montar allí el paripé porque si no es así, nosotros, las mujeres y los hombres de España, no nos damos cuenta de que en verdad hay problemas de conciliación entre la vida familiar y la vida laboral. Y no nos damos cuenta, por supuesto, porque somos imbéciles, y necesitamos que nos visibilicen las cosas. ¿Entiende usted?
Claro que lo entiende. Y, por si acaso, la propia señora Bescansa se ocupó de aclarar el asunto, antes de proceder a entregar el lactante a la niñera, que es la que se ocupa de él, y ya nunca más los visibilizamos a la cuidadora y al cuidado. Si seguía el show más allá de la sesión de investidura igual alguien sospechaba que en toda esta explosión afectiva latía algún sórdido interés político.
Explicó doña Carolina esto del cariño: “Nosotros tenemos una ventaja y es que algunas de las personas que forman parte de Podemos nos conocemos desde hace muchos años, nos queremos, conocemos nuestras trayectorias, hemos trabajado juntos, y con independencia de los desacuerdos o divergencias que pueda haber entre nosotros de tácticas concretas en coyunturas concretas, nosotros nos queremos”.
Querer y poder
El cariño en política es algo que está estudiado, no vayamos a pensar que es pura espontaneidad amorosa. El escritor Luisgé Martín recordó en El País a Chantal Mouffe, la mujer de Ernesto Laclau, el marxista tornado populista y maestro de los de Podemos, que han recorrido el mismo camino. Subrayaba la señora Mouffe el “papel crucial de los afectos en la construcción de las identidades políticas”.
Y usted dirá: ¿para qué alguien tiene que construirse una identidad? Todos tenemos al menos una, y . a menudo varias, y nos las construimos nosotros, con tanta mayor facilidad cuanto más nos dejen los poderosos en paz.
Ah, la paz, la paz. No, mire usted, es que se trata precisamente de no dejarnos en paz. Son los poderosos y los que anhelan el poder los que pretenden construirse para ellos una identidad que les sirva políticamente para alcanzar y mantener el poder. En esa maniobra procuran ablandarnos el corazón. Escuche por favor a Juan Carlos Monedero, sí, ese que fue apartado un poquito de los focos para que no se notaran detallitos financieros y tributarios. Esto ha dicho: “La única manera de luchar contra la oferta neoliberal de hacer un supermercado enorme era ofertar algo emocionante que tuviera que ver con la posibilidad de un cambio luminoso, y eso solo lo podíamos hacer recuperando las pasiones…Una de las cosas hermosas que ha logrado Podemos es que la gente ha vuelto a llorar en los mítines”.
Ahora sí que está clarísimo: la cosa era que los votáramos para lograr un cambio luminoso, y no un repugnante supermercado, que jamás emociona hasta las lágrimas.
Y si no se quieren, se quieren
Un momento, dirá usted: un supermercado es algo que está bien, y donde nadie nos obliga a comprar, donde sólo compramos lo que deseamos, y donde nos tratan amablemente, sin necesidad de besarnos y de decirnos entre sollozos que nos aman.
Pero por eso mismo los populistas odian a los supermercados: porque allí somos libres, no por las emociones sino por las instituciones de la libertad: la propiedad privada y el mercado, que los populistas, no por casualidad, detestan. Lo que ansían es organizarnos la vida por la fuerza, obligándonos a pagar lo que ellos saben que es bueno para nosotros. Nosotros no lo sabemos, porque, repito, somos bobos.
Dirá usted, por último: no es verdad que los populistas se quieran, porque se besan mucho pero después se cortan el cuello, como los mafiosos y los líderes comunistas, con perdón de la redundancia.
Sin embargo, esa es la demostración más esplendorosa del amor: pueden tratarse y tratarnos con inusitada violencia, pero es porque se quieren y porque nos quieren. ¿Es acaso tan difícil de entender?
(Publicado en El Espectador Incorrecto, en Actualidad Económica.)

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