jueves, 16 de febrero de 2017

El Papa Francisco, o cómo, faltando a la verdad, se cae en la desesperanza

Jaime Juárez analiza los tristes y más que erradas afirmaciones del Papa Francisco (y que flaco favor hace precisamente a los pobres, aunque ya se sabe, igual es una forma de ganar clientes...) sobre el liberalismo y el hambre en Sudamérica, mostrando además que en ningún caso representan la DSI. 


Algunas de las afirmaciones del Papa Francisco, sobre todo en materia económica, están sentando muy mal a bastantes católicos. Sobre todo algunas como las contenidas en la última entrevista concedida al diario El País, donde llega  manifestar cosas como que:
El problema es que Latinoamérica está sufriendo los efectos —que marqué mucho en la Laudato si’ — de un sistema económico en cuyo centro está el dios dinero, y entonces se cae en las políticas de exclusión muy grande. Y se sufre mucho. Y, evidentemente, hoy día Latinoamérica está sufriendo un fuerte embate de liberalismo económico fuerte, de ese que yo condeno en Evangelii gaudium cuando digo que “esta economía mata”. Mata de hambre, mata de falta de cultura. La emigración no es solo de África a Lampedusa o a Lesbos. La emigración es también desde Panamá a la frontera de México con EE UU. La gente emigra buscandoPorque los sistemas liberales no dan posibilidades de trabajo y favorecen delincuencias (Papa Francisco, El País, 22 de enero de 2017).
Muchos católicos han tachado dichas palabras, sin falta de razón, de:
Mendaces y cobardes: Primero, porque identificar liberalismo económico con los sistema económico-políticos de Latinoamérica no deja de ser una ironía de mal gusto. ¿De qué liberalismo hablamos, del de Cuba? ¿Del argentino? ¿Del venezolano? ¿Acaso se está refiriendo el Papa al liberalismo mexicano… brasileño o ecuatoriano? El liberalismo, fuerte o no, brilla por su ausencia en Latinoamérica y vincularlo con la situación de pobreza y subdesarrollo no deja de ser demagógico, máxime cuando el siglo XX ha demostrado que es el sistema económico que mejor favorece la creación de riqueza y el desarrollo. Pero es que, por definición, un sistema económico favorecerá más o menos la creación de riqueza, pero no puede matar, ni por acción, ni por omisión, mientras en el mismo se cree riqueza; lo harán, matarán, en su caso, las personas que vivan dentro de ese sistema, dependiendo de los valores por los que cada uno rija su propia vida, pero no el sistema que sirve para mejorar la situación general. Bergoglio critica -pero escondiendo la mano- la injusticia y el hambre, pero no se atreve a dar el nombres y apellidos de los culpables (¿estaba pensando en el capitalismo chavista, quizás? ¿O en el de los hermanos Castro?) y se escuda en una crítica genérica -políticamente correcta y que le permite hacer algunos amigos- a un sistema económico que ha demostrado su valía y eficiencia, pero no va al fondo del problema, y falta, con todo ello, a la verdad.
Irresponsables: Dado el puesto que ocupa, y que sus palabras son una referencia para cientos de millones de personas en la tierra, la ligereza con la que critica al liberalismo, y, además, de una manera tan violenta no deja de ser una irresponsabilidad mayúscula. Las sociedades desarrolladas no capitalistas, no liberales, ya han demostrado, durante todo el siglo XX, de lo que son capaces. Abrir la puerta, con sus palabras, a una justificación -aunque sea indirecta- de regímenes liberticidas, dando pie a que los mismos vuelvan con todo su vigor, o se perpetúen, allí donde están, revela muy poca preocupación por la situación, no sólo material, de su rebaño.
Desesperanzadoras: Si Bergoglio critica con tanta virulencia el sistema liberal es porque valora en muy poco la libertad individual -núcleo esencial de dicho sistema-, lo que no puede significar sino que tiene en muy poca consideración al ser humano y nula confianza en sus capacidades y su potencial; en definitiva, con sus palabras, el Papa Bergoglio no hace sino revelar una concepción del hombre y del mundo terriblemente pesimista. Los avances de los dos últimos siglos han sido impresionantes. La capacidad de superación del hombre libre, en todos los ámbitos, ha sido pasmosa a pesar de los garrafales errores cometidos; hoy el mundo se encuentra muchísimo mejor que hace cien años, y todo ha sido gracias al hombre libre. Pero el Papa Francisco ni quiere verlo, ni confía en la capacidad que tiene ese hombre libre para seguir mejorando.
Muchos católicos, sin embargo, justifican sus palabras amparándose en que el Papa no está sino “repitiendo lo que ha venido diciendo la Iglesia a través de su Doctrina Social (DSI)”. Esta línea de defensa es completamente falsa, y lo es a pesar de que, como sabemos, la DSI no es un cuerpo de doctrina homogéneo. Veamos, brevemente, dos ejemplos que así lo demuestran:
1.- Ya desde León XIII, la Doctrina Social de la Iglesia -que surge precisamente a principios del siglo XVIII, y se consolida con la Encíclica Rerum novarum (1891) de este Papa- concilia a la Iglesia con el liberalismo como estructura económica y política nueva que se consolida en dicho siglo. De hecho, León XIII, en Rerum novarum es radical y tajantemente antisocialista, se opone con contundencia a la lucha de clases y defiende con claridad la propiedad privada (puntos 2-11 RN). ¿Cuáles son las bases del liberalismo, sino la libertad individual, la propiedad privada y la obligación de las partes de cumplir los contratos suscritos?  Cosa distinta es que, tal y como también señala RN, la maximización del beneficio no deba ser -según la DSI- el criterio único y exclusivo que rija la vida de los hombres. Pero una cosa es que el individuo deba guiarse por otros valores que no sean el simple beneficio, y otra distinta afirmar que el liberalismo, como sistema político-económico, mata.
2.- El capitalismo es definido -y defendido- con claridad, por documentos relevantes de la DSI, como Centesimus Annus (1991), por ejemplo, donde, en su punto 42, se señala expresamente que:
¿Se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?
La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre.
No, las palabras de Bergoglio no reproducen lo que dice el núcleo de la DSI, y sí revelan una visión de la historia, del mundo y del hombre ciertamente inquietantes.

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