martes, 14 de febrero de 2017

La falacia de la “inmigración ilegal”

José Benegas analiza la falacia de la "inmigración ilegal" y los errores y consecuencias de las políticas antiinmigración desde el punto de vista económico y legal, y la relación del problema con el Estado del Bienestar.


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Si establecemos una religión legal y determinamos que las demás son ilegales, eso sería terminar con la libertad religiosa, creo que cualquiera podría darse cuenta de eso. Sin embargo he visto mucha gente decir que está a favor de la inmigración, pero no de la ilegal. No hay aspecto en el que tal sentencia no esté equivocada: en la conceptualización del a inmigración, en su valoración económica y, sobre todo, en el sentido de “ley”. Sin embargo, cuando me preguntan qué es lo que está mal en el giro anti inmigratorio que ha tomado la campaña dentro del partido republicano, mi respuesta es que lo peor es la visión lúgubre del futuro que hay detrás del miedo a los extranjeros, a la invasión mexicana, a la posibilidad de que los locales no puedan competir con ellos y queden en la ruina ¿Qué idea de país derrotado y perdido tiene que haber detrás de ese pánico?

Escucho todo tipo de justificaciones para lo que dice Trump y para lo que dicen los demás candidatos, todas sostenidas con un alto grado de irritación y ninguna disposición a escuchar. La gente se pone furiosa porque padece de una profunda xenofobia, no reconocida, en su más estricto sentido literal, como miedo y depósito de ese miedo en el extraño. Miedo al extranjero tienen los países perdidos, no los que lideran al mundo. La razón por la de ese discurso derrotista y aplastante puede llegar a servir para vencer al partido demócrata, es que estos son todavía más miedosos, le tiene miedo también a las empresas, a los capitales, a los ricos y al motor de la vida y la existencia que es la ambición. Estos creen que solo se puede morder al otro para sobrevivir, por lo tanto los que están mejor es porque han mordido más. Pero los republicanos, estos republicanos del 2016, están difundiendo que nada más hay que morder a los mexicanos, porque si ellos están mejor será a costa de que los locales estén peor. Con parar esa avalancha los Estados Unidos serán “grandes otra vez”.
En el caso de Trump su miedo se extiende a los chinos y a todo tipo de amenazas, con el mismo tipo de prevenciones que todos los miedosos latinoamericanos, que de tanto proteger a sus países los han condenado a ser cola del mundo. Es curioso, porque quienes muestran ese pánico suicida a que Estados Unidos sea como Latinoamérica, llevan en si mismos el espíritu mezquino y cobarde del fracaso más típicamente latinoamericano.
Imaginemos un empresario cuyo propósito sea ahorrar gastos, en lugar de maximizar beneficios, no competir y por lo tanto instalarse en la selva amazónica a vender hamburguesas porque su obsesión es que no haya otros haciendo hamburguesas. O un obrero que decidiera irse a vivir a la Antártida donde no van los mexicanos ni gente de ninguna parte, con la esperanza de una vida mejor. O imaginemos a los mexicanos con miedo a trasladarse a los Estados Unidos donde hay gente mucho mejor capacitada. Tal vez a un estudiante que buscara ingresar a la universidad con menores calificaciones para salvarse de ser comparado con unos mejores ¿Qué piensa de si mismo ese estudiante, ese inmigrante o aquél fabricante de hamburguesas? Bien, así es como se ve la economía con los ojos de alguien que dice que hay que impedir que se le de a un “extranjero” el puesto que “pertenece” a un norteamericano. Así es la Latinoamérica que estos políticos están evitando que los invada. No hace falta la invasión, la llevan ellos en la mente ¿Esa es la “América Grande otra vez”? Pareciera verse más chica que sus vecinos.
Primera aclaración. A los efectos económicos de todos los que no son parte de la relación en sí, la contratación de un extranjero o de un nacional o de un extranjero nacionalizado, de un residente o un portador de una visa A, B, C o X, da exactamente igual. Genera un beneficio para ambas partes y oportunidades para todos los demás. Ingreso de gente implica que habrá más consumidores.
Con el mismo tipo de falso razonamiento económico con que se piensa en detener el ingreso de inmigrantes que demanda el mercado para sostener los salarios, habría que impedir el ingreso de turistas para prevenir que hagan subir los precios de los bienes que consumen los locales. Parece que a ningún político experto en meter miedo se le ha ocurrido sacar provecho de algo así.
Una persona que se integra a una economía es un demandante y un oferente, en ambas operaciones beneficia a otras personas. La incorporación de inmigración no “parasita” una “dotación de empleos”, crea nuevos, agranda la economía, hace posibles negocios que no son posibles sin esa incorporación. Por poner un ejemplo burdo, la industria de la comida italiana no aparece hasta que no llegan los italianos.
No se puede ejercer proteccionismo sin dañar a las personas y empresas que hubieran contratado extranjeros y a las personas y empresas que hubieran sido proveedores de esas personas nuevas. Solo se consigue encorsetar a la economía e impedirle crecer.
Los salarios que interesan son los salarios reales, es decir lo que se puede comprar con los ingresos obtenidos. lo que se denomina “poder adquisitivo”. El nivel de vida de todos los norteamericanos está alterado por la falta de servicios que cubrirían los inmigrantes, eso es tiempo de menos para trabajar en las áreas para las que se preparan o para recreación. Cuando no se permite a las personas que buscan mejores ingresos entrar en una economía más próspera, las empresas simplemente salen del país para buscarlos. Eso es una pérdida neta de salarios y de otras oportunidades. Si a eso se responde con proteccionismo comercial, como quiere Trump, el problema se agrava disminuyendo los salarios reales de todas las personas que se ven obligadas a pagar más caro por los bienes que consumen, iniciando el camino de servidumbre que señaló Hayek.
La creencia de que “hay puestos de trabajo que son norteamericanos y los extranjeros roban”, es de partido político de país bananero. Es falso, el trabajo es de quién lo demanda, no de la nación, el estado, la sociedad o el mandamás. Económicamente condena al país a vivir con miedo “defendiéndose” de la competencia en lugar de competir. Eso achica las expectativas, achica las oportunidades y en definitiva le da la razón a la izquierda en toda su agenda.
Se que un porcentaje de los votantes piensan esto. Pues los han dejado pensar esto, pero yo creo algo mucho peor: así piensan los candidatos.
Vamos a la legalidad. El rule of law puede ser definido como ausencia completa de arbitrariedad. No puede estar prohibido lo que no implica una violación de derechos. No puede estar prohibido algo simplemente porque está prohibido, eso es el antítesis completo del concepto de rule of law. Deberíamos caracterizarlo como el “law of rule”, o le ley del mandamás. “Este es un país de leyes” decía Trump, con razón en el enunciado pero sin entender el contenido. Ley implica regla general aplicable a todos y en primer lugar al propio estado, respetando la libertad. Como decía una máxima de los tribunales ingleses citada por Bruno Leoni en “La libertad y la ley” «La ley es la herencia más elevada que el rey tiene, pues tanto él como sus súbditos están gobernados por ella, y sin ella no habría ni rey ni reino».
La la ley por lo tanto no es la voluntad del estado, de otro modo deberíamos convalidar los campos de concentración en la Alemania Nazi, el Aparheid sudafricano, la censura en Cuba o las normas opresivas y delirantes de Corea del Norte. Contra toda tiranía, toda arbitrariedad, se encuentra sentado el sentido del rule of law. Nunca nada está prohibido porque está prohibido si rige este principio fundante del sistema jurídico civilizado. Un país de leyes no es lo mismo que un país de reglas políticas, de ordenes emanadas de los órganos legislativos. Por la mera voluntad de quién decide están regidos los ejércitos y las tiranías.
Por otra parte si la nacionalidad fuera determinante de los derechos que tenemos, concepto de cualquier modo aberrante y opuesto, además, a toda la retórica falsa de los derechos humanos universales, toda restricción a un nacido fuera del país para contratar implica violar la libertad de contratación del “nacional” que sería su contraparte. A un “nacional” se le pretende proteger, violando los derechos de los demás nacionales. Son contratos libres celebrados por habitantes del país con gente que viene de cualquier parte. Prohibir esos contratos es una violación del rule of law, porque forman parte de la más estricta libertad y no violan los derechos de nadie.
Lo que veo es una gran hipocresía. Gente que dice “estoy a favor de la inmigración, pero estoy en contra de la inmigración ilegal”. Primero porque a continuación como hacen los candidatos republicanos vienen con el cuento de que hay que proteger al “trabajo de los norteamericanos”. Pues hay norteamericanos que han trabajado y después quieren gastarse como quieren el fruto de su trabajo, como por ejemplo haciéndose cortar el pelo por un señor de cuya nacionalidad ni se interesan en averiguar. Es su derecho. Si el problema es “proteger” el trabajo local ¿A que viene entonces lo de la inmigración “legal” o “ilegal”? Es una forma de no hacerse cargo de la xenofobia y del proteccionismo laboral. Entonces ya el concepto de ley está tan degradado, que se usa el término para esconder una farsa meramente fáctica.
Es obvio algo, o es libre o es ilegal. Alguien que dice que está a favor de la inmigración pero no de la ilegal, está en contra de la inmigración por la sencilla razón de concederle al gobierno determinar cuándo hay o no hay inmigración.
A un país que se le vende que está derrotado, se le puede vender también un populismo.
Se pone la excusa de los también supuestos beneficios del “estado de bienestar”. Pues está muy bien que los demócratas crean que son beneficios, pero los miembros del partido que liderara Ronald Reagan no. El estado de bienestar es un peso parasitario sobre la economía que levanta los márgenes de los negocios viables, dejándolos fuera del sistema. El estado de bienestar es una sábana corta cuyas peores consecuencias caen en los que están tratando de ingresar al mercado por la parte de abajo. En segundo lugar alguien que trabaja es un cotizante del sistema, aporta a él pagando impuestos, que la propia ilegalidad arbitraria en muchos casos impide recaudar. En segundo lugar el estado de bienestar es un problema haya o no extranjeros, pero lo más ridículo es que se concedan beneficios del sistema a quienes no aportaron a él. Eso sin embargo es un problema de la “ley”. Si fueran coherentes los “legalsitas”, tendrían que decirme que solo están en contra del estado de bienestar “ilegal” y si está contemplado por los reglamentos hacerle la venia y aceptarlo. No lo dicen.
La otra cuestión es la ciudadanía. No existe ningún derecho a gobernar. La ciudadanía no es un derecho universal y a los inmigrantes no les interesa nada más que porque eso los pone a resguardo de la ley arbitraria migratoria y fuera de la mira de cualquier deportación. De manera que la fórmula debería ser no intervenir el estado en la libertad contractual, pero no necesariamente conceder ciudadanía. Eso debería estar atado a servicios al país como tal.
La legalidad de los padres fundadores, en un país que tenía mucha menos demanda de empleados y no miraba al futuro con miedo sino con ambición es esta: “todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. No creo que nadie crea en un creador norteamericano. Por suerte no lo ha habido, porque bajo la doctrina nacionalista y perdedora la mayor parte de la población del país estaría padeciendo privaciones en el resto del mundo y este no sería el gran país que es.

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