martes, 9 de mayo de 2017

Liberalismo y feminismo

Ignacio Moncada analiza el feminismo desde el prisma liberal, mostrando cuan compatible es el liberalismo con el feminismo (no solo es compatible, sino que está integrado en él, entendido como la igualdad de derechos y leyes del hombre y la mujer) y cuan incompatible es con el feminismo radical (no el clásico o denominado de primera ola, sino el radical actual, denominado de tercera ola, y de tinte marxista), y por qué motivos. 
¿Es el liberalismo compatible con el feminismo? Si atendemos a la opinión de algunas de las más populares representantes del movimiento feminista, como la estadounidense Catharine MacKinnon, el liberalismo y el feminismo son totalmente incompatibles. En la misma línea, Robin Morgan afirmó que, para el feminismo, el liberalismo es “un trozo envenenado del pastel”. En el ámbito nacional, la controvertida columnista y tuitera que firma bajo el pseudónimo de Barbijaputa, también escribió que “es incompatible ser capitalista y neoliberal y apoyar la lucha feminista”. Pero, ¿son realmente el liberalismo y el feminismo corrientes incompatibles? La realidad es que la respuesta depende de qué entendamos por feminismo.
La concepción clásica del feminismo, defendida por muchas feministas tanto históricas como actuales, coincide con la definición que proporciona la RAE: “Ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres”. Si el objetivo del feminismo es alcanzar la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, entonces no sólo es totalmente compatible con el liberalismo: es que está radicalmente incorporado en el mismo.
El liberalismo parte del principio de que todas las personas son sujetos éticos iguales, y por tanto las normas de convivencia generales deben de ser universales y simétricas. Es decir, las obligaciones y prohibiciones mediante las que se regula la convivencia en sociedad deben ser independientes del sexo, raza, religión u opinión de los sujetos a los que se aplican: toda norma ética que aplique a una persona o grupo debería aplicar por igual a toda persona o grupo. Es desde esta premisa desde la que se deducen los principios básicos de justicia del liberalismo: la libertad individual, los derechos de propiedad y la autonomía contractual. En resumen, el liberalismo se basa en la igualdad ante la ley, y por tanto es incompatible con que la ley discrimine entre mujeres y hombres.
Hasta hace relativamente poco tiempo, las leyes y normas que regían en Occidente tenían una marcada discriminación contra la mujer: sin ir más lejos, en España hasta hace escasas décadas a la mujer se la consideraba jurídicamente incapaz para tomar libremente muchas decisiones, realizar ciertas acciones o firmar contratos que el hombre sí podía; de hecho, la mujer en muchos de estos ámbitos quedaba de facto tutelada por su padre o por su marido, estableciendo una clara desigualdad ante la ley. Esto sigue siendo cierto en muchos países del mundo. Ante esta realidad, los esfuerzos de las feministas que buscaban alcanzar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres estaban más que justificados. Y el liberalismo no sólo es compatible con esos esfuerzos, sino de hecho incompatible con la desigualdad jurídica entonces existente. No por casualidad, muchas de las históricas pensadoras feministas que defendían la igualdad moral y jurídica entre hombres y mujeres eran reconocidas liberales: es el caso, por ejemplo, de la inglesa Mary Wollstonecraft, la española Clara Campoamor o la estadounidense Martha Nussbaum. En la actualidad, en el entorno del Instituto Juan de Mariana destaca la economista María Blanco, que en los próximos días publicará un nuevo libro titulado “Afrodita desenmascarada: Una defensa del feminismo liberal”.
Es cierto que, incluso tras establecer la igualdad ante la ley, puede quedar una inercia en los hábitos y comportamientos de las personas que manifiesten desprecio o discriminación hacia las mujeres por el hecho de ser mujeres. En este caso, el liberalismo también es totalmente compatible con todo movimiento feminista que pretenda influir en el comportamiento de los demás mediante el debate y campañas pacíficas de concienciación. La única condición para ello es que no se emplee la violencia, la coacción o el intervencionismo estatal para influir en la moralidad ajena, pues en ese caso se estarían violando los derechos fundamentales de las personas.
Sin embargo, una parte importante del movimiento feminista actual no está de acuerdo con esta visión liberal del feminismo. No busca alcanzar la igualdad de hombres y mujeres ante la ley, sino todo lo contrario: reclama privilegios legales para las mujeres. El denominado feminismo radical tiene por objetivo transformar por completo una sociedad que percibe como patriarcal y opresora, y pretenden hacerlo mediante la discriminación jurídica y la coacción estatal. Así, la concesión de privilegios legales o la imposición de normas distintas para los mismos actos en función de si son realizados por hombres o mujeres, rompen el principio liberal de igualdad ante la ley, y por tanto hacen del feminismo radical un movimiento esencialmente antiliberal. Desde el punto de vista del liberalismo es tan reprobable un sistema que privilegie a los hombres a costa de las mujeres, que uno que privilegie a las mujeres a costa de los hombres.
Cabe preguntar por qué las feministas radicales consideran que una sociedad en la que impere la igualdad ante la ley entre hombres y mujeres, y en la que las normas de convivencia sean universales y simétricas, sería una sociedad en la que la mujer no puede desarrollar plenamente sus planes vitales; por qué asumen que la mujer va a ser sistemáticamente dominada incluso con unas reglas institucionales neutras. Las respuestas que parecen desprenderse de esta paradoja es que, o bien estas feministas radicales consideran a la mujer incapaz de desarrollar sus planes vitales incluso con reglas iguales para todos, o bien que su objetivo no es generar un marco de convivencia que considere a todos como sujetos éticos iguales, sino que sitúe a unos individuos moralmente por encima de otros.
En conclusión, el feminismo no sólo es totalmente compatible con el liberalismo, sino que está integrado en el mismo, si entendemos el feminismo como la defensa de la igualdad de hombres y mujeres ante la ley. También es compatible cuando se trata de concienciar a la población de la igualdad moral mediante métodos pacíficos, sin hacer uso de la coacción estatal. Sin embargo, si se entiende el feminismo como lo hacen las feministas radicales, que defienden la desigualdad ante la ley, el uso de privilegios legales y la coacción estatal para alcanzar sus objetivos ideológicos, el feminismo pasa a convertirse en un movimiento esencialmente antiliberal.

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