jueves, 30 de agosto de 2018

El coste oculto de la educación pública

Manuel Pulido analiza el coste oculto de la educación pública, a raíz del reciente vídeo viral de Podemos sobre educación financiera. 

Artículo de Disidentia: 
Hace unos días saltó a los medios un vídeo, publicado en las redes sociales del partido Podemos, protagonizado por la diputada autonómica de Castilla y León de este partido, Lorena González Guerrero. En el vídeo, titulado “Escalofriante”, la diputada realizaba una crítica del magnífico libro de María Jesús Soto BarragánMi primer libro de economía, ahorro e inversión (Educación Financiera Básica) (2017). Se trata de un manual ilustrado, con explicaciones sencillas y tiras cómicas, que enseña a los menores la historia de la moneda, qué es el dinero, cómo funciona la economía productiva capitalista, cómo ahorrar, cómo invertir, el interés compuesto, y la importancia de estos conocimientos para evitar que el impuesto de los pobres, el monstruo de la inflación, se coma el poder adquisitivo de lo que, con tanto esfuerzo, hemos conseguido acumular.
Recomiendo ver el vídeo porque la reseña que hace es muy completa y explica muy bien las principales y más básicas verdades de la vida económica. El tono pretendía ser irónico y de denuncia, pero lo cierto es que, gracias al efecto Streisand, ha ayudado a que este libro se conozca más allá de los círculos relativamente pequeños de personas que estamos interesadas en la educación financiera para niños y familias, como, por ejemplo, los que asistimos a los cursos que ofrece la activista por la educación desescolarizada Laura Mascaró.
La noticia, surgida desde una oficina gris de un parlamento autonómico del interior de España, podría pasar desapercibida por su aparente insignificancia, pero creo que es sintomática de una situación mucho más amplia y grave.
Estamos en guerra. Muchos quizás aún no lo sepan, porque todavía no ven los muertos en las calles como ocurre en Nicaragua y Venezuela. Pero estamos inmersos en una guerra de cuarta generación: no es una guerra que se pelee con pólvora (1ª generación), ni una guerra que se dirima mediante la producción industrial (2ª generación), ni una guerra total que se luche con misiles nucleares (3ª generación). Las guerras de cuarta generación son guerras asimétricas que se luchan con los medios de información y telecomunicaciones en el contexto global. Hay autores que se resisten a denominar a las acciones sistemáticas de manipulación, propaganda y desinformación como guerras, y las siguen considerando, pese a las novedades tecnológicas, herramientas viejas de las anteriores formas de guerrear.
Sin embargo, desde la teoría del caos de Robert Kaplan y, sobre todo tras los desarrollos conceptuales de John Barnet sobre la influencia de la globalización y la degradación del poder del Estado nación en el contexto tecnológico actual, se entiende que estamos ante un nuevo tipo de guerra. El campo de batalla de estas guerras se encuentra en nuestras cabezas, pues son guerras psicológicas que buscan influir en la conducta de los individuos y, por tanto, de las masas.
Son muchos los frentes de estas luchas cibernéticas y psicológicas, que se apoyan en actos terroristas, en guerras de fractura territorial (como lo sucedido en Cataluña hace un año), o de fractura social (guerra de los sexos, las peleas por la memoria histórica, la permisividad con la inmigración ilegal, etc.).
La izquierda, muy especialmente la izquierda más leída, sabe que el materialismo dialéctico ha fracasado, y que el maquiavelismo violento de la praxis leninista, también. Las acomodadas clases medias consumistas detestan la sangre. Sólo les queda seguir el camino marcado por la Escuela de FrankfurtAntonio GramsciErnesto Laclau y Chantal Mouffe, que les ha dado relativo éxito en las sociedades socialdemócratas actuales: estamos en una guerra sorda por el control de la hegemonía cultural como paso previo a la conquista del poder y su sostenimiento. Para ello se debe capitalizar políticamente todo conflicto marginal para conseguir el poder mediante la desmoralización, la demagogia, el populismo y la democracia radical.
El paso siguiente consiste en socavar las instituciones de la sociedad libre occidental: la ley, como norma general y abstracta para todos, la igualdad ante la misma, el debido proceso judicial, la independencia de los jueces, la división de poderes, los pesos y contrapesos institucionales; el sufragio libre y con listas abiertas; el principio de legalidad; el monopolio de la fuerza y de la seguridad ciudadana; el parlamento democrático, plural y que ejerce el poder político sobre el gobierno; la participación ciudadana, el financiamiento libre de los partidos políticos, la autonomía sindical y el derecho de libre asociación, la libertad de pensamiento y de culto;  la subordinación de la organización militar a la sociedad civil, la descentralización política, el control fiscal, el trabajo y la subsidiariedad del Estado en economía; la propiedad privada, el sistema de precios, la libertad de empresa, la transparencia y rendición de cuentas, el control fiscal, la libertad de expresión e información, y cómo no, entre otras, la libertad de los padres para elegir la educación de sus hijos.
La estrategia de largo plazo, como han demostrado eficazmente los nacionalistas en España, pasa por el control de la educación de una sola generación de niños. El objetivo siempre es el mismo: lograr mediante la manipulación informativa la servidumbre voluntaria de la población, que queda desarmada conceptualmente de los memes de la sociedad abierta capitalista.
Como señaló Hannah Arendt, tenemos una responsabilidad moral de no colaborar con esta progresiva tiranía dictatorial. En lo que respecta a la educación, entiendo que para muchas familias debe ser complicado sacar a sus hijos del sistema público; y que esto sea, bien por la escasez y el coste de las opciones privadas, más o menos reguladas o libres, bien por las dificultades que presenta la educación en el hogar (homeschooling) o la educación desescolarizada (unschooling) en su versión más extrema.
Pero en la medida de nuestras posibilidades deberíamos ser conscientes de lo que nos jugamos y apoyar la libertad educativa. El último bastión que protege al individuo del colectivismo es la familia. Y es desde la familia que debemos contrarrestar esta deriva ideológica retomando el control de los contenidos y formas de la educación de nuestros hijos.
Como hemos visto, la escuela y la administración pública encargada de la educación es un lugar de adoctrinamiento político que socava los valores de responsabilidad individual y libertad que sustentan la prosperidad y el bienestar de Occidente. Los funcionarios encargados de la educación por regla general son personas que jamás han tenido que crear valor en un mercado competitivo, ni han entendido las dificultades de emprender o montar un negocio, de tener que pagar nóminas a final de cada mes. No han trabajado en el sector privado y no tienen ni idea de economía; y si tienen alguna, son prejuicios anticapitalistas. La forma de selección de este personal es mediante unos concursos-oposición que aún siguen favoreciendo la memorización de temarios inútiles, y casi ninguna otra habilidad, capacidad o mérito. Y una vez que consiguen la plaza, no vuelven a enfrentarse a la ley de la oferta y la demanda en el mercado laboral. Y esta es la gente que supuestamente prepara a nuestros hijos para prosperar en la vida.
En mi opinión el problema de los prejuicios anticapitalistas y el conflicto por la lengua vehicular son solo dos de los muchos problemas que tiene el sistema público de educación en España. Un tercer problema sería la rigidez curricular y la desactualización metodológica incapaz de atender a la diversidad. Un cuarto, el acoso y la violencia escolar, que merecen un estudio aparte. Y un quinto problema, no menor, es el currículo oculto o transversal de la educación en valores con los que no todas las familias están de acuerdo: la interpretación sesgada de la historia, de las instituciones, de la educación cívica y de la sociedad, de temas éticos-morales o religiosos, lo que no deja de ser otro foco de conflictos en la escuela.
No deberíamos apoyar a partidos que sigan defendiendo el monopolio o la regulación pública en la educación. Si no dejamos al Estado la distribución de servicios y productos tan importantes como los relacionados con la alimentación, ¿por qué le dejamos que regule los contenidos curriculares de nuestros hijos y provea el servicio?
Los que tenemos algo de educación financiera ya sabemos que es falso que la educación pública sea gratuita: tiene unos elevados costes de mantenimiento de estructuras administrativas y de profesorado que se pagan con impuestos. Lo que quizás no tenemos tan claro es el enorme coste oculto que tendrá a largo plazo si dejamos que estos lunáticos indoctrinen a nuestros hijos.

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