martes, 15 de marzo de 2016

Así fue el regreso de Cintora a televisión: entre el ridículo y el esperpento

Juanma del Álamo analiza el patético, esperpéntico y deleznable comportamiento y manipulación periodística en el regreso de Jesús Cintora a TV, una mala copia del Salvado de Évole.


Artículo de Libre Mercado: 

Una de las imágenes del nuevo programa de Jesús Cintora | Cintora a pie de calle

Volvió Jesús Cintora a televisión tras su polémico despido de Las Mañanas de Cuatro. El periodista afronta ahora el reto de versionar el Salvados de Évole. ¿Cómo le va? Se lo adelanto: le va mal. Así fue el primer Cintora a pie de calle.
Madrileña plaza de Callao. Un individuo del sindicato de técnicos de Hacienda, Gestha (que desde hace tiempo se comporta como un círculo de Podemos), dice que la economía sumergida en España asciende a 250.000 millones de euros, el 25% del PIB. Añade que es equivalente a seis veces el gasto público en educación y cuatro veces el de sanidad. Cintora lo apunta en una pizarra. La gente mira.
Hasta un estudiante de primero de Economía sabría que es ridículo comparar economía sumergida con cualquier partida de gasto público: aunque toda esa economía emergiera, no sería recaudada en su totalidad, sino que, simplemente, tendría que soportar una cierta carga en impuestos. No es lo mismo (ni parecido) la economía sumergida que la recaudación que generaría esa economía si tributara.
Aparece por la plaza el economista Gonzalo Bernardos, que matiza el dato de Gestha y lo deja en un 18% del PIB. Omite (él o el programa) que España tiene un porcentaje de economía sumergida equivalente al de la media de la Unión Europea. Pero eso no interesa. Durante todo el reportaje se mezclan economía sumergida, fraude fiscal y corrupción, como si no estuviéramos ante un programa serio (como si). Y no me malinterpreten, no digo que Cintora mezcle los datos adrede, digo que no tiene ni idea de lo que habla.

La curiosa edición

Nos desplazamos a una cafetería donde nos ofrecen un cara a cara entre el periodista Antón Losada y el economista liberal Daniel Lacalle. Cintora presenta un libro de cada uno de ellos. Aunque conoce el nombre del libro de Losada, tiene que leer el enormemente complicado título del libro de Lacalle, Acabemos con el paro, en un -para mí- claro gesto de desprecio. Se podría haber repetido la grabación de esa introducción, pero parece que Cintora la prefiere así.
Lo peor está por llegar. Y es que la edición de la charla es vergonzosa, impropia del periodismo en un país democrático. Normalmente, es difícil saber si se han editado unas declaraciones con mala intención, ya que no contamos con la intervención original.
Pero cuando la manipulación es tan burda, aquel espectador con un cociente intelectual de al menos dos cifras nota la trampa. Y sí, se notó. No solamente Losada habla casi el doble de tiempo que Lacalle (lo he cronometrado, en efecto), sino que las frases del economista están mayoritariamente entrecortadas y quedan en el aire, llegando a dar la sensación de que Lacalle está aprendiendo a hablar. Además, solamente cuando habla el periodista hay primeros planos de Cintora asintiendo con la cabeza.
Para rematar, el programa monta algunas risas y muecas de Lacalle sobre comentarios que Losada no está haciendo en ese momento. Esto es medianamente aceptable (y habitual) siempre y cuando no se utilice con intención de perjudicar al que aparece en la imagen. Y es que no es lo mismo reírse cuando se está hablando de un tema o de otro. Si los editores querían que pareciera que Lacalle tiene extraños cambios de humor, lo consiguieron. Durante el programa, el economista mostraba su descontento tuiteando: "Nos pueden editar, pero no nos pueden callar".


 En un gesto de categoría, Antón Losada retuiteó (compartió con sus seguidores) un tuit en el que a Lacalle se le llama cómplice de Rato. Qué clase tienen algunos. Y qué porte.



 No quiero imaginar cómo habría sido el cara a cara entre Iglesias y Rivera en manos de Cintora.

De viaje... a Suiza

Este Cintora a pie de calle nos llevó a diferentes localizaciones, a cada cual más absurda, intentando añadir algo de emoción a unos contenidos bastante pobres. El economista José Carlos Díez todavía no entiende para qué le hicieron ir a un pequeño y nada espectacular garaje a hablar de billetes de quinientos euros. En aquel lugar, Cintora, con la colaboración de un inspector de policía, nos enseñaba una mochila, una bolsa de basura y un sobre.
Nos cuentan cuánto dinero cabe en cada uno. Revelador y rozando el Pulitzer. Díez no dice nada, abrumado por lo que tiene ante sus ojos, hasta que finalmente le preguntan. "La mayor parte del dinero negro mundial se mueve por transacciones electrónicas, no por billetes", comenta el economista, haciendo todavía más absurda la última representación.
Llegamos a mi parte favorita: el viaje a Suiza. Cintora se desplaza a Ginebra para grabar fachadas de bancos. Tras una elemental crítica al secreto bancario, Cintora se encuentra por la calle con el periodista Ernesto Ekaizer. Lo de encontrarse con otra persona es un recurso muy utilizado en este tipo de reportajes, pero resulta especialmente ridículo cuando todos sabemos que Ekaizer no vive en Suiza. Todo lo que el periodista argentino le cuenta a Cintora se lo podría haber contado en una cafetería en la Puerta del Sol. El postureo habría sido menos internacional, eso es verdad.
Pero el objetivo de Cintora es acercarse personalmente a los bancos utilizados por los políticos corruptos. Y ahí van, valientes. "Estamos en territorio púnico", dice el presentador junto a un semáforo y frente a una sucursal bancaria. Seguidamente, nuestros dos intrépidos aventureros se meten en un portal abierto y pretenden acceder a la sede del financiero Arturo Fasana enseñando un maletín a una cámara de seguridad (en serio). "No nos abren, ¿qué ocultarán?", comenta Cintora. Yo tampoco abriría a dos hombres que me mostraran una maleta y, de momento, no oculto nada.
Tras el primer fracaso, el periplo helvético les lleva hasta un banco en el que, según cuentan, Bárcenas tiene mucho dinero. Intentan entrar. Puertas abiertas esta vez. Una recepcionista saluda a los hombres, que preguntan por Bárcenas, así, sin más. Nos ponen música de tensión.
El programa nos vende que el intrépido Cintora está cerca de descubrir un gran desfalco, que va a tumbar el sistema, que va a destaparlo todo. La realidad es que la gente a su alrededor le mira sin saber quién demonios es ni qué narices quiere. Seguramente la mujer que mira tras el mostrador acerca sus dedos al botón de alarma. Está a punto de alertar a la policía, un loco se ha colado en el edificio. No bromeo.
Un señor trajeado aparece casualmente en el vestíbulo y el incisivo periodista también aprovecha para preguntarle por Bárcenas. El señor suizo no entiende nada y se aleja. Otro individuo aparece para recibir a los visitantes. Da la mano a Cintora, que solamente habla en castellano -tal vez no sabe otra cosa-. El periodista pregunta por Bárcenas y el hombre trajeado dice no tener ni idea de lo que le habla. Parece que Cintora se pone pesado porque, tras un corte de edición, un segundo después el hombre trajeado que había estrechado su mano, ahora pide a un compañero que llame a la policía.
Repasemos la escena: un tipo se cuela en una sucursal de un banco hablando en un idioma extranjero y repitiendo el apellido de un individuo a todo el que se encuentra a su paso. Parece lógico llamar a la policía o al hospital psiquiátrico. No sabemos si Ekaizer y Cintora salieron del edificio esposados o por sus propios medios, porque seguidamente aparecen en un nuevo destino...
Ahora nos llevan a "territorio Pujol". Qué emocionante. Nuestros dos hombres siguen enfrentándose a su destino sin temor alguno. El secreto bancario suizo está a punto de caer. Nuestros investigadores entran en una nueva sucursal. Unos elegantes individuos atienden a los exploradores. Uno de ellos habla español, por suerte para Cintora.
La sede es elegante y la gente va bien vestida, es todo lo que vemos. El habilidoso periodista español da en el clavo cuando pregunta al recepcionista: "¿Le suena Pujol, la familia Pujol, cliente?". Habla como si fuera indio o algo así, aumentando enormemente con este sistema las posibilidades de que un señor de Ginebra conozca a los Pujol. El periodista, además, hace un gesto con la mano para indicar el verbo "sonar" y otro para indicar "cliente". ¿Quién necesita hablar inglés teniendo manos?
Cintora pide ahora que un directivo les atienda y el recepcionista acepta. Sigue la música de tensión, que bien podría haber sido de Benny Hill. Una sonriente mujer acompaña a los intrépidos investigadores a una sala y pregunta si desean beber algo. Ekaizer rechaza la invitación educadamente y Cintora pide "un vino Penedés. Pujol, Penedés", mientras la mujer mantiene la sonrisa (no sabemos lo que pensaba del tipo que tenía delante).
Cintora carece de sentido del humor. Se puede ser periodista perfectamente sin esa cualidad, pero uno debe ser consciente de ello, como hago yo. Pero no hablemos de mí, hablemos del Indiana Jones del periodismo. Nuestros descubridores esperaron un tiempo en la sala indicada por el banco, pero nadie fue a hablar con ellos, a pesar de su prestigio internacional.
Fue decepcionante, porque antes de ser invitados a volver a la calle, los cámaras apenas obtuvieron el tímido enfado de una empleada de seguridad que no quería ser grabada aquella tarde. Más música de tensión y nada más. Eso fue todo. Tercera expulsión. Tal vez el objetivo de Cintora a pie de calle es mostrarnos diferentes maneras de echar al periodista ahí, a la calle.
El caso es que, como la aventura había fracasado una y otra vez, completaron el reportaje con la visita a un abogado suizo cualquiera, del que nos quedamos con dos cosas importantes: tiene un Miró en el despacho y cree que el secreto bancario suizo es una filfa desde hace treinta años. Otro señor que tira por tierra todos los esfuerzos realizados por Cintora previamente.
El peregrinaje por Suiza fue bochornoso y por eso lo disfruté. Es difícil hacer más el canelo y no rendirse. Jamás un viaje había sido más inútil. Permítanme un último dato a modo de remate de este emocionante viaje:Suiza es el país con menos economía sumergida de Europa.

Y luego, tertulia con Monedero como experto

Como lazo final a este regalo audiovisual que nos trajo Cuatro, Cintora preparó una pequeña tertulia en la que varios políticos debatían sobre el fraude fiscal y la corrupción. En representación de Podemos acudió Monedero que, de los presentes, era el mayor experto en el tema con diferencia.
En plena tertulia y por cortesía con los espectadores que se incorporaran al final, el programa nos recordó que no tenían ni idea de lo que habían hablado. Cintora anunció "vais a ver un vídeo en el que hemos recopilado lo que se podría hacer con todo el dinero que al año se defrauda en España, vais a verlo".
Obviamente, el vídeo no habla del dinero defraudado, sino de la economía sumergida, de los dichosos 250.000 millones, "ciento sesenta veces el gasto en becas o doce veces el gasto en prestaciones por desempleo". La confusión es insultante, el ridículo espectacular. ¿Qué importan el viaje a Suiza, las entrevistas y los testimonios cuando ni entiendes ni eres capaz de explicar lo básico del asunto?

Una muy mala copia de 'Salvados'

Cintora a pie de calle aspira a ser el Salvados de Mediaset. De momento, no lo consigue. Este debut fue desordenado, sin un verdadero planteamiento, nudo y desenlace, presentando una mera sucesión de grabaciones débilmente conectadas entre sí. Todo parecía impostado, muy artificial, sobreactuado y poco emocionante. El programa se hizo largo y tuvo demasiados contenidos, demasiadas escenas, demasiados viajes, demasiados testimonios y entrevistas (más de treinta) y casi todo presentado con muy poca personalidad, para al final no revelar nada.
Évole ofrece reportajes sesgados en los que omite datos y partes de la realidad para conducir al espectador a una conclusión concreta. El programa de Cintora va más allá y parece respetar menos a la audiencia:abusa del trazo grueso, los lugares comunes y las conclusiones simplistas (más incluso que las de Évole), y padece de una cierta tendencia a una mal disimulada coprofilia.
En definitiva, por ahora el programa de Cuatro es una copia, una copia mala y más deshonesta, que el original. Puedo equivocarme, pero parece que Cintora no está en su terreno. A sus seguidores les recomiendo simplemente votar a Podemos cuando toque y mientras tanto dedicarse a hacer cosas más divertidas como planchar, fregar los platos o arrancarse las uñas a martillazos. Aprovechen el tiempo y si alguien llama a su casa preguntando por Bárcenas, no duden en llamar a la policía.

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