martes, 22 de marzo de 2016

¿Estamos llegando al fin de los apuñalamientos palestinos?

Evelyn Gordon analiza la oleada de apuñalamientos palestinos a israelíes dentro de Israel y las causas del cambio de actitud entre los propios palestinos (fundamentalmente en el margen occidental) hacia la prevención de dichos ataques. 

Artículo de El Med.io:
intifada de los cuchillos
La opinión mayoritaria, tanto en Israel como en el resto del mundo, considera desde hace tiempo que la actual oleada de ataques por lobos solitarios palestinos es imparable. Pero en cada intifada anterior el punto de inflexión se produjo cuando una masa crítica de palestinos llegaba a la conclusión de que el coste del terrorismo superaba a sus beneficios. Y recientemente ha habido señales de podría estar llegándose a ese punto; la más destacable es una nueva encuesta que muestra que actualmente una mayoría de palestinos de la Margen Occidental se opone a los apuñalamientos.
Es extremadamente raro que los palestinos se opongan a cualquier tipo de terrorismo antiisraelí y por norma lo hacen sólo cuando el coste del mismo se ha vuelto inaceptablemente alto. En el cénit de la Segunda Intifada, por ejemplo, los sondeos mostraban de forma consistente grandes mayorías favorables a los atentados suicidas. Pero conforme crecieron los costes de la intifada para la población palestina, el apoyo a los atentados suicidas decayó.
Análogamente, en una encuesta de hace tres meses el 67% de los palestinos estaba a favor de los acuchillamientos, incluido un 57% de los habitantes de la Margen Occidental. Pero en la última encuesta no sólo había caído el apoyo global (al 56%), sino que en la Margen el 54% estaba en contra de los ataques.
El marcado contraste entre la Margen Occidental y Gaza resulta instructivo. En la Franja, que no ha producido lobos solitarios y, por tanto, no ha sufrido repercusiones, un abrumador 79% de los encuestados se mostró a favor de continuar con los ataques. Pero en la Margen Occidental, de donde ha salido la mayoría de los agresores, las repercusiones han sido extremadamente dolorosas, lo bastante como para cambiar la opinión pública de un 57% a favor a un 54% en contra en sólo tres meses.
No es ninguna coincidencia que los palestinos de la Margen Occidental también hayan tratado de prevenir dichos ataques. La localidad de Sa’ir, por ejemplo, ostentaba el récord de terroristas per cápita durante los primeros tres meses y medio de la intifada. Pero desde mediados de enero de ella no ha salido ni un solo agresor. ¿A qué se debe ese repentino descenso? A que la Administración municipal inició una campaña concertada para disuadir del terrorismo. Como explicó al Times of Israel el alcalde Ka’id Yarada:
El gobernador de Hebrón (de la Autoridad Palestina) vino al pueblo, y organizamos una gran reunión con todos los dignatarios, clérigos, maestros, directores de escuela, representantes de las agencias de seguridad… Nuestro mensaje a todos ellos fue: ‘Queremos a nuestros hijos vivos’. Mi mensaje como líder y representante fue: ‘No quiero que los jóvenes cometan atentados. Quiero que vivan. Conservemos nuestra sangre. No necesitamos ni queremos que haya ‘shahids’ cada día…
Los profesores y directores no hablaron en contra de los ‘shahids’ [mártires]. Nunca pretendimos nada semejante. Pero transmitieron el mensaje de que un alumno que lleva bien los estudios, que recibe una educación completa, es el que demuestra verdadera ‘sumud’ [perseverancia]. Es quien de verdad está defendiendo el derecho de los palestinos a esta tierra. En otras palabras, quienes se quedan son los que triunfan, no los que mueren. Quienes mueren se han ido, están acabados.
En las mezquitas se hizo lo mismo. Manifestamos claramente que queríamos a nuestros hijos vivos y que el pueblo volviera a estar ‘bajo control’. Hicimos llegar mensajes mediante los medios de comunicación locales. Incluso dijimos a las familias de los ‘shahids’ que no queríamos incitación.
Hasta la Autoridad Palestina, pese a proseguir con su feroz incitación antiisraelí, ha empezado a tratar de impedir que esa incitación conduzca a atentados reales. Como informaba Haaretz hace dos semanas:
Las fuerzas de seguridad palestinas han levantado una barrera al sur del paso de Jalama, en la Línea Verde, para evitar que jóvenes de Qabatiyah cometan ataques desesperados con cuchillos contra israelíes armados en el paso vecino. Las escuelas de la localidad están obligadas a informar de la ausencia de cualquier alumno a las fuerzas de seguridad de la AP. Éstas verificarán que los alumnos ausentes estén realmente enfermos en casa y que no  han ido a cometer un atentado.
Este cambio en las actitudes y comportamientos palestinos se debe a tres motivos fundamentales. En primer lugar, como señalé en noviembre, los apuñalamientos han sido devastadores para la economía palestina. La AP aún no ha publicado los datos de crecimiento del cuarto trimestre, pero el alcance de los daños muy probablemente sea similar al de Jerusalén Este, de donde también procedían muchos atacantes: los comerciantes árabes afirman que desde el inicio de los acuchillamientos, en octubre, ha cerrado la friolera del 35% de los comercios árabes de Jerusalén Este.
En segundo lugar, el impacto de los apuñalamientos en Israel ha sido reducido. En cinco meses de ataques los palestinos han asesinado a 34 israelíes y turistas –apenas el equivalente a dos atentados suicidas de los cometidos durante la segunda intifada. En cuanto al impacto económico, la economía israelí creció un 3,95 en el cuarto trimestre, que coincidió con los primeros tres meses de la intifada de los Cuchillos. Es una mejoría significativa respecto a los tres trimestres anteriores.
En tercer lugar, y sin excepción, todos los atacantes han sido capturados o abatidos. De hecho, el número de palestinos muertos mientras trataban de asesinar a israelíes es casi cinco veces superior a la cifra de víctimas israelíes. Por eso precisamente, a diferencia de lo sucedido en la primera y segunda intifadas, ésta ha suscitado poca implicación por parte de la mayoría de la opinión pública palestina: hay un límite en el número de personas dispuestas a afrontar una muerte o detención seguras a cambio de la posibilidad relativamente baja de matar al enemigo. De hecho, darse cuenta de ello fue la clave para el éxito de la estrategia israelí en la Segunda Intifada: aunque hay millones de terroristas potenciales, el suministro de terroristas reales se interrumpirá si la probabilidad de morir o ser encarcelado se vuelve lo bastante elevada como para que el terrorismo se vuelva una opción poco atractiva.
Así, la conclusión es que los palestinos están pagando un precio muy alto, tanto económica como humanamente, a cambio de infligir un daño mínimo a los israelíes. Y, como he explicado anteriormente, ésa es justo la situación que condujo al ocaso de la Segunda Intifada: conforme subía el coste para la sociedad palestina mientras bajaba el que infligían los terroristas a la sociedad israelí, los terroristas, antaño convertidos en héroes, se volvían unos parias. Los taxistas se negaban a recogerlos, los clientes huían cuando entraban en una cafetería, y los padres no permitían que sus hijas se casaran con ellos. Llegados a ese punto, muchos decidieron que era hora de dejar el terrorismo.
Puede que esta última intifada sea algo completamente nuevo y que no siga el mismo patrón que las anteriores, pero dado que la naturaleza humana es bastante constante, lo dudo. También esta vez el terrorismo acabe, probablemente, cuando un número suficiente de palestinos considere que los costes superan a los beneficios. Y ciertos acontecimientos recientes son una señal esperanzadora de que puede que estemos llegando a ese momento.

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