martes, 29 de marzo de 2016

El mito de Mad Max y los burócratas cleptómanos

Javier Benegas analiza la utilización política de ciertas "verdades reveladas" e intenciones buenistas (con objetivos incumplibles) para aumentar el cerco sobre el ciudadano y extraerle muchos más recursos, centrándose en el caso de las leyes viales. 

Artículo de Voz Pópuli: 
Recientemente, en el Barómetro de la Conducción Responsable publicado por la Fundación Vinci Autoroutes, se ofrecía un dato aparentemente demoledor: 9 de cada 10 conductores encuestados admitían exceder en algunos kilómetros los límites de velocidad establecidos. Sin hacer un análisis más profundo, tendremos que deducir que el 90% de los conductores son infractores y, por así decirlo, delincuentes habituales. Con tal proporción de cafres al volante, en breve -es un suponer- el ejército tomará las calles para evitar la catástrofe.
Aunque los datos difieren según el organismo de referencia, se estima que en España el número de conductores ronda los 22 millones. Haciendo una elemental reglas de tres, si el 90% de ellos no respeta los límites de velocidad significa que hay en nuestras carreteras 19,8 millones de borricos al volante. Por lo que según este estudio, las carreteras españolas son el territorio natural de Mad Max.
Del unicornio de la seguridad a la mano en la cartera
Esta verdad revelada, y difundida reiteradamente por los mass media, sirve para justificar el endurecimiento de las leyes, aumentar el gasto en medios y personal para controlar a los fitipaldis e incrementar la cuantía y número de sanciones. Aunque lo cierto es que siempre existirá un umbral de víctimas irreducible, la consigna es que no hay que escatimar recursos materiales y humanos, ocurrencias legislativas y campañas de concienciación con las que untar a los medios de información, indispensables para la propaganda. Todo lo que sea necesario para alcanzar el riesgo cero, ese bonito unicornio.
¿Quién puede estar en contra de gastar (el dinero del vecino) para intentar salvar una vida? Otra cosa es que se consiga. Pero lo que cuenta es la intención, no a dónde va a parar el maldito dinero. Además, del fracaso se sacan buenos rendimientos, pues en la Administración no hay mejor argumento para demandar un aumento del presupuesto que no cumplir objetivos.
Puestos todos de acuerdo en que cualquier sacrificio es poco cuando se trata de preservar la vida humana, queda sin embargo por descubrir qué misteriosa calamidad ha caído sobre nosotros para que sólo 1 de cada 10 conductores respete los límites de velocidad. ¿Cómo es posible la prevalencia abrumadora de esta pésima conducta después de décadas de muchos esfuerzos y fuertes incentivos para erradicarla?
Por más que se use la coletilla de que el automóvil desata nuestros peores instintos para dar carpetazo al asunto, algo no encaja. El nuestro es un país con un índice de delincuencia bajo, si lo comparamos con otros de nuestro entorno. Y en general, la conflictividad es muy reducida en todos los órdenes. En consecuencia, un comportamiento tan desaprensivo y extendido es una anomalía… que sólo se repite -qué casualidad- a la hora de cumplir con Hacienda; otro terreno muy farragoso donde, de pronto, el pésimo carácter hispano vuelve a manifestarse. ¿Tenemos un gen defectuoso?, ¿tal vez se trata de un hechizo?, ¿será que nuestros padres nos educaron para ser personas aceptables salvo a la hora de conducir y pagar impuestos?
Convertir lo cotidiano en una bicoca administrativa
Nada de eso. Que en España haya 20 millones de personas desaprensivas al volante es bastante inverosímil, por no decir increíble. Aunque el automóvil –más bien el tráfico y el estrés– haga que de cuando en cuando nos comportemos como patanes, no somos una turba de macarras. La verdad es mucho menos histérica y alarmista, menos totalitaria: la ley es excesivamente restrictiva y, lo peor, imposible de cumplir cabalmente en todos sus supuestos y en todas las ocasiones. Tarde o temprano terminamos vulnerándola, aun de manera involuntaria.
Es cierto que una forma de erradicar conductas perjudiciales es mediante la promulgación de leyes que las desincentiven. Aunque lo deseable es que las personas terminen racionalizando los motivos por sí mismas para así instaurar las convenciones correctas voluntariamente, la legislación es un atajo para erradicar pésimos hábitos. Sin embargo, deja margen para el abuso y la persecución de objetivos nada bondadosos. Uno de ellos es la extracción de rentas adicionales.
Mediante una regulación enrevesada, arbitraria, llena de excepciones y ambigüedades –de trampas– se puede sancionar prácticamente a todo el mundo. Ademáspermite maniobrar al burócrata sin que nadie le fiscalice: una simple instrucción desde altas instancias bastará para obtener mayores rendimientos cuando se necesiten sin tener que cambiar las leyes. Dentro de los Presupuestos Generales del Estado existe, desde hace años, una partida en la que se contemplan de manera adelantada los ingresos por multas que se impondrán el año próximo. Si el cálculo es optimista, tenga por seguro que se usará la complejidad normativa para poner el listón de la infracción mucho más bajo y recaudar discrecionalmente. Así que cuando empiezan a proliferar estadísticas que ponen de vuelta y media a los conductores, ya sabemos lo que viene.
De ciudadanos a delincuentes potenciales
Si los burócratas aún no han conseguido criminalizar a todo el mundo no es por falta de voluntad, sino por falta de medios. En ello están y avanzan a buen ritmo. Ya vigilan desde el aire a los conductores con tecnología propia de helicópteros de combate; las cámaras y sofisticados radares se multiplican (los de última generación, con contramedidas propias de un caza); los límites de velocidad cambian, no ya según el tipo de vía sino por tramos, algunos de escasos metros; y no pocas veces las velocidades permitidas son absurdas, inadecuadas a la vía. Hoy, en un trayecto combinado de unos pocos kilómetros, el conductor debe atender incontables límites de velocidad distintos que se suceden de forma vertiginosa. Y en las ciudades varían dentro de márgenes tan exiguos, propios de carros tirados por caballos, que es imposible no pifiarla aun yendo en bicicleta.
Independientemente de su disposición a cumplir las normas, nadie está libre de ser sancionado. Incluso mi suegra, prudente hasta lo inaudito, recibe su multa de rigor todos los años. Un fenómeno paranormal del que rara vez oirán hablar en los telediarios, y menos aún al preboste de turno, siempre dispuesto a fabricar y vomitar argumentos que justifiquen nuevas reglas, nuevas restricciones y nuevas sanciones. 
Ocultar la verdad o, simplemente, manipularla en beneficio de oscuros intereses, es sólo cuestión de enfoque. Las estadísticas, que habitualmente nos retratan de manera negativa, pueden estar desvelando anomalías muy distintas a las que se pretende difundir desde el Poder. Una de ellas es que los supuestos  “fines cívicos” de una legislación fraudulenta sólo existen en su enunciado. En el fondo, se trata de mantener la posición económica de un grupo a costa del resto. De hecho, de lo recaudado por multas de tráfico sólo el 11% se destina a mejorar la seguridad vial o ayudar a las víctimas de accidentes; el 89% restante va a parar al bolsillo de los funcionarios y altos cargos.
Que se usen como referencia las iniciativas de terceros países para conferir al abuso legislativo una fina capa de legitimidad - el viejo truco de justificar una nueva restricción argumentando que en tal o cual país ya se aplica- es otra argucia: los intereses de los burócratas no tienen fronteras, son los mismos en Francia, Inglaterra o Dinamarca que en España. En todas partes cuecen habas; es decir, en todas partes hay capullos. Cuestión distinta es que en otros países aún existan controles para mantener mínimamente a raya a la Administración y esa compulsión tan suya de extender el manto de la sospecha sobre todas las personas, para, a continuación, desplumarlas como pollos en su propio beneficio. Y es que detrás de muchas estadísticas se ocultan formas de banalización del mal sutiles y progresivas que generan mucho sufrimiento. El que no quiera verlo o bien está al otro lado o bien aspira a estarlo en el futuro.

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