martes, 29 de marzo de 2016

Qué hace falta para detener el terrorismo islámico

Max Boot analiza qué habría que hacer para detener al ISIS.
Artículo de El Med.io: 
Estado Islámico
Nos hemos vuelto tan inmunes a los atentados suicidas que el hecho de que al menos uno de los terroristas de Bruselas (el que atacó en el aeropuerto) sacrificara su propia vida para matar a otros puede pasar fácilmente inadvertido en medio del horror generalizado de los atentados.
Vale la pena recordar que los atentados suicidas son una táctica relativamente reciente: fue usada por primera vez (a escala significativa) por Hezbolá en el Líbano, a principios de los años 80, en sangrientos atentados contra un cuartel de los Marines estadounidenses, un cuartel francés, la embajada de Estados Unidos y diversas dependencias israelíes. La táctica pasó luego al mundo suní, donde fue adoptada por Al Qaeda, y alcanzó nuevas cotas de macabra ubicuidad cuando la empezaron a emplear diversos grupos, desde las palestinas Brigadas de los Mártires de Al Aqsa hasta Al Qaeda en Irak. Resulta irónico que Hezbolá se haya vuelto tan fuerte (cuenta con su propio ejército, equipado por Irán, y con su arsenal de cohetes) como para no tener que recurrir a los atentados suicidas; deja ese campo abierto a grupos como el ISIS.
Cuando el Ejército israelí hubo de hacer frente a una oleada de atentados suicidas durante la Segunda Intifada, y cuando las Fuerzas Armadas estadounidenses afrontaron una racha similar en el curso de la Guerra de Irak, solía decirse que no hay forma de detener a un enemigo que está dispuesto a sacrificar su vida con tal de arrebatar la tuya. De hecho, esa frase se convirtió en el lema preferido de muchos grupos terroristas islamistas que pretendían sembrar el miedo en Occidente proclamando: “Vosotros amáis la vida, nosotros la muerte”. Pero la Segunda Intifada fracasó, al igual que Al Qaeda en Irak en su intento de expulsar a los estadounidenses del país.
Mientras nos esforzamos por encontrar una respuesta a la amenaza del ISIS, conviene recordar cómo Estados Unidos e Israel derrotaron en el pasado a grupos terroristas suicidas. Desde luego, no hay una respuesta fácil ni una solución mágica, pero lo esencial se reduce a comprender que la amenaza no procede de individuos dementes, sino de una red controlada por hábiles organizadores que no son suicidas. No vemos a los líderes de grupos como el ISIS o Hamás con chalecos bomba; ni siquiera suele verse a sus hijos cometiendo semejantes actos. Los terroristas suicidas han de fabricarse. Elaborar los explosivos es el menor de los problemas, aunque también requiera bastante pericia. La verdadera clave es adoctrinar a muchachos (a veces también a muchachas) para que cometan el acto antinatural (y prohibido por el islam) de suicidarse y, con ello, arrebatar vidas inocentes.
Puede llevar meses reclutar y adiestrar a aspirantes a terroristas suicidas, y más semanas o incluso meses hasta encontrar un objetivo, calcular el momento óptimo para el atentado y situar al terrorista en el lugar donde pueda causar mayor daño. Si una fuerza antiterrorista logra desarticular la red que posibilita el atentado suicida ni siquiera bastará la disposición de los individuos a matarse para llevar a cabo la clase de atentados masivos con que sueñan los terroristas. Como mucho, unos terroristas desorganizados podrán ejecutar esos acuchillamientos a pequeña escala que, por desgracia, tan habituales se han vuelto en Israel.
Así pues, ¿cómo deberían desarticular los países occidentales la red del ISIS que hace posibles atentados como los de París y Bruselas? Para eso deben concurrir un elemento alógeno y otro exógeno, y ambos han faltado en los últimos años.
El elemento doméstico consiste en ocuparse de las raíces yihadistas que brotan en casa. Bélgica, sin ir más lejos, se ha convertido en un vivero de radicales islámicos. Sólo el 6% de la población es musulmana, pero de Bélgica han salido entre 300 y 400 combatientes para unirse al ISIS en Irak y Siria: el mayor número de todos los países europeos. Los atentados de París de noviembre pasado, planeados en Bélgica, supusieron un toque de atención retrasado e inadecuado para las autoridades belgas para que hicieran algo respecto a esta amenaza. Por desgracia, la respuesta oficial (enviar brigadas antiterroristas a derribar puertas y llevarse a jóvenes musulmanes para ser interrogados) ha demostrado claramente ser inadecuada. Puede que incluso haya tenido el efecto opuesto al deseado, al generar aún más hostilidad hacia el Estado entre los musulmanes que ya se encontraban en situación marginal. Como dijo un musulmán belga a la CNN: “Esto sólo nos ha llenado de odio”.
Debería servir de advertencia a los seguidores de Donald Trump que crean que su enfoque durorespecto a los musulmanes (Trump afirma que “el islam nos odia”, quiere prohibir la entrada en Estados Unidos a todos los musulmanes y pretende emplear torturas “peores que el submarino”) resolverá el problema terrorista. Esas medidas drásticas tienen más probabilidades de desencadenar el resultado opuesto. Lo que sería más efectivo, pero mucho más difícil de llevar a la práctica, sería que Bélgica, Francia y otros países europeos hicieran una labor mucho mejor a la hora de asimilar a los inmigrantes musulmanes. Estados Unidos tiene más éxito al respecto, y ésa es parte de la razón por la que afrontamos una amenaza terrorista menor; pero ahora nuestro éxito se ve en peligro por la cínica incitación al odio por parte de Trump.
No importa cuánto éxito tengan las medidas antiterroristas domésticas: nunca bastarán mientras el Estado Islámico siga prosperando y ejerza una poderosa atracción sobre una pequeña minoría de musulmanes en todo el mundo. Así llegamos al segundo nivel de una estrategia antiterrorista eficaz: urge que todos los países preocupados por la amenaza del terrorismo inspirado por el ISIS (es decir, todos los países con una sustancial población musulmana) se unan para destruir al Estado Islámico. Simplemente, no hay otra forma de acabar con el atractivo que la organización ejerce sobre los aspirantes a terrorista. Occidente, incluso las naciones musulmanas moderadas, no logrará contrarrestar la muy eficaz propaganda del ISIS de manera adecuada mientras ésta se base en la realidad de que el Estado Islámico sigue existiendo y continúa implantando una versión medieval del islam frente a los incesantes ataques de sus enemigos.
El poderío aéreo por sí solo no podrá acabar con la amenaza del ISIS, sobre todo si es aplicado de forma tan esporádica como en la actualidad. (Como señalé hace unos días, Estados Unidos está lanzando 14 ataques aéreos diarios contra el ISIS, frente a los 86 que lanzaba contra los talibanes en otoño de 2001). Lo que hacen falta son tropas sobre el terreno. Todo el mundo preferiría que la mayor parte de esas fuerzas fuera aportada por Irak y Siria, pero para poder atraer a los suníes y que se unan a la causa Estados Unidos tendrá que hacer mucho más, al objeto de que tengan un incentivo para volverse en contra del grupo terrorista. Eso exigirá disipar sus temores de que van a cambiar la tiranía del Estado Islámico por la de los escuadrones de la muerte chiíes respaldados por Irán. Sería de gran ayuda para el proceso de movilización que Estados Unidos y otras naciones (árabes y europeas) estuvieran dispuestas a enviar más tropas terrestres. Eso también es una pieza fundamental del mecanismo necesario para impulsar una revuelta suní: los suníes tienen que estar seguros, como lo estuvieron durante el levantamiento en Irak en 2007, de que están uniéndose a la tribu más fuerte al alinearse en contra del ISIS.
Sólo con enumerar los requisitos de un programa eficaz contra el terrorismo del ISIS se ve claramente lo lejos que estamos de alcanzarlo. Los Estados europeos han hecho escasos progresos a la hora de ganarse a sus desafectas poblaciones musulmanas, y ahora, merced a la nefasta influencia de Trump, Estados Unidos también corre el peligro de enemistarse con sus propios musulmanes. Entretanto, Norteamérica ha hecho bien poco por impulsar una revuelta sunícontra el ISIS. Como consecuencia de ello, el Estado Islámico ha perdido algo de territorio marginal, pero sigue aparentemente seguro en sus bastiones (Raqa y Mosul), mientras se sigue expandiendo en el exterior.
Lo trágico es que incluso ahora, después de los atentados del Sinaí, de París, de San Bernardino y de Bruselas, después de las decapitaciones televisadas, de las esclavas sexuales, de la destrucción de antigüedades y del genocidio contra los cristianos, los yazidíes y los chiíes, Occidente sigue sin tratar la amenaza del ISIS con la debida seriedad. A menos que veamos verdadero liderazgo a ambas orillas del Atlántico, será imposible acabar con las redes que siguen enviando terroristas suicidas a asesinar inocentes.

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