martes, 2 de mayo de 2017

Francia: una bomba de relojería

Juan Ramón Rallo analiza el resultado de las elecciones francesas en primera vuelta y la bomba de relojería que supone Francia. 

Artículo de su página personal:
Francia: una bomba de relojería
Mélenchon no pasó el corte y Le Pen quedó en segundo lugar e incluso por debajo de lo que pronosticaban la mayoría de encuestas. Dos resultados que, al menos de momento, han despejado los peores temores que se cernían sobre Francia y, también, sobre Europa: a la postre, salvo sorpresa extrema, parece claro que Macron terminará alcanzando la presidencia de la V República, alejando así durante cinco años a los extremismos liberticidas del Palacio del Elíseo. A este respecto, recordemos que tanto la extrema izquierda de Mélenchon como la extrema derecha de Le Pen promovían, explícita o implícitamente, una ruptura de la Unión Europea y del euro. El desastre en ambos casos habría sido mayúsculo: no porque la Unión Europa sea una institución que debamos respetar a toda costa —el Brexit, según cómo se ejecute, puede terminar siendo una magnífica oportunidad para Gran Bretaña— sino porque las razones que aducían tanto la extrema izquierda como la extrema derecha para acabar con las instituciones comunitarias eran absolutamente liberticidas y pauperizadoras. En concreto, Mélenchon y Le Pen aspiraban a finiquitar la libertad de movimientos de capitales, mercancías y también (en el caso de Le Pen) de personas entre los diferentes países europeos, así como a multiplicar la deuda pública, el gasto estatal y las regulaciones empresariales: es decir, su proyecto no pasaba por oponerse a la Unión Europea para ampliar las libertades civiles y económicas de los europeos, sino para conculcarlas con mayor saña. Por eso, los mercados financieros se han tomado la victoria de Macron con ilusión: no porque Macron vaya a suponer un cambio a mejor para la V República —el político socialdemócrata es puro establishment y apenas se ha dedicado a vender humo durante la campaña— sino porque Mélenchon y Le Pen no tendrán de momento la oportunidad de empeorarla todavía más. Lo cual no significa, empero, que el cóctel ideológico francés no deba inquietarnos, y mucho, en el largo plazo: al fin y al cabo, el extremismo liberticida que representan al alimón Le Pen y Mélenchon obtuvo más del 40% de todos los sufragios emitidos.
En particular, casi 15 millones de personas suscribieron el pasado domingo opciones políticas no ya antisistema, sino antilibertades fundamentales. Acaso se alegue que semejante rearme del populismo liberticida tiene una explicación puramente coyuntural: el hastío propio de una década de crisis y estancamiento económico. Sin embargo, todo apunta a que hay algo más detrás de estos resultados: sin ir más lejos, en el año 2012, Le Pen y Mélenchon ya cosecharon el 29% de los sufragios emitidos y más de diez millones de votos. Por consiguiente, en Francia hay un peligroso caldo de cultivo antiliberal que en alguna ocasión podría terminar aliándose para alcanzar el poder. Por mucho que celebremos que por ahora nos hayamos salvado de la quema, el combustible para alimentarla en cualquier otro momento sigue tan presente como antes. Por eso, más allá de la euforia cortoplacista de los mercados, debemos tener muy presente el riesgo a largo plazo que representa: no ya porque Francia, uno de nuestros principales socios comerciales, pueda hundirse y arrastrarnos con ella en algún momento durante las próximas décadas, sino porque podrían llegar a destruir nuestra moneda y a iniciar una guerra comercial a gran escala. Que un 40% de la población apoye programas electorales frontalmente antiliberales no es una buena noticia aun cuando, esta vez, hayan salido derrotados.

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