lunes, 5 de junio de 2017

Libros de texto: nada es gratis

Un artículo que explica la aberración o engaño que supone la inminente ley de la Comunidad de Madrid, sobre la gratuidad de los libros de textos en centros públicos y concertados. 

Una de las últimas obras de Alberto Benegas Lynch, nuestro flamante Premio Juan de Mariana, se titula Nada es gratis. Bien harían en leerla los diputados de la Asamblea de la Comunidad de Madrid, que en los próximos días, con unanimidad búlgara, van a aprobar una ley que introducirá en la región un sistema de préstamo gratuito de libros de texto en los centros públicos y concertados. Los padres ahorrarán, según nos dicen, entre 250 y 300 euros al año por niño.
Pero, decíamos (al menos cuando el Estado anda por medio), nada es gratis. Y es que si seguimos la pista a esta información, y en palabras de los propios políticos promotores de la ley, la Comunidad de Madrid deberá dotar presupuestariamente este programa «con unos 40 o 50 millones de euros» anuales para cubrir los libros que se necesiten por deterioro o por ser textos no reutilizables. El Gobierno regional garantiza, en cualquier caso, que todos los alumnos que se inscriban en el programa dispondrán de los libros de texto "gratis" (ya sean prestados o nuevos si se diera el caso).
Curiosa gratuidad que le va a costar a los contribuyentes madrileños 40 o 50 millones de euros. Y es que las medidas "sociales" o bien son un embeleco (lo que se ahorran los padres de los alumnos en la librería lo pagan luego en impuestos) o bien resultan una flagrante injusticia (las personas sin hijos pagan los libros de texto a las que sí los tienen y los padres que hacen el esfuerzo de llevar a sus hijos a la enseñanza privada, además de tener que sufragar también el sistema estatal de enseñanza, ahora se enfrentan a la carga impositiva de este programa de préstamos).
Pero todavía más grave que lo anterior es que la inmensa mayoría de la sociedad acepte el sistema de enseñanza de oferta única: la que marcan los burócratas a través del currículo oficial. Un aro por el que tienen que pasar todos los centros, ya sean estatales o privados. Un único modelo educativo, decimonónico en el mejor de los casos, cerrado a toda innovación. ¿Por qué nadie se plantea que en un sistema de educación libre no estaríamos presumiendo de esta cutrez del préstamo de libros de texto sino de que los padres podrían elegir entre un amplísimo abanico de posibilidades, en muchas de las cuales el modelo de enseñanza aprovecharía la revolución tecnológica que estamos disfrutando: aumento de la calidad y reducción de costes, capitalismo, en definitiva?

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