viernes, 18 de diciembre de 2020

¡Qué m… de extrema derecha!

Fortunata y Jacinta analiza en su interesante FORJA 037 a la extrema derecha, el tercer capítulo de cinco episodios en los que analizará a las izquierdas, las derechas, la extrema izquierda, la extrema derecha y el centro. 

Así, analiza qué es la extrema derecha (y qué no es), los orígenes de la expresión "extrema derecha", qué facciones de la derecha son y no son extrema derecha, cómo se emplean hoy ciertos términos fuera de su categoría política, para descalificar, dónde entre el fascismo y el nazismo, así como otras facciones. 


¡Qué m… de extrema derecha!

Buenos días, sus Señorías, mi nombre es Fortunata y Jacinta, esto es “¡Qué m… de país!” y hoy toca analizar la m… de la extrema derecha, así que vamos a ver, antes de nada, qué es eso de extrema.

El extremo es un punto al que se toma como referencia que viene a ser el límite, el borde de una longitud, el fin de una superficie, el filo de una navaja, la frontera entre una cosa y otra.

El extremista es un exaltado y también se le considera un fanático. También cabría decir que es un fundamentalista. El partidario de la extrema derecha sería, pues, un derechista fundamentalista y, de hecho, los partidos extremistas suelen ser calificados (o descalificados, según se mire) como «antisistemas».

También suele entenderse como sinónimo de extrema derecha el término ultraderecha. Sin embargo, «ultra» es un prefijo que significa «más allá», luego la ultraderecha está más allá de la derecha y, por tanto, sus límites no quedarían en la extremidad de la derecha.

Siendo rigurosos tendríamos que decir que si algo es extrema derecha es porque queda dentro de la derecha pero en sus extremidades, en su límite; sería como una derecha límite. Pero si algo es ultraderecha está más allá de la derecha, se sitúa fuera de la derecha, está en otro contexto. Luego extrema derecha y ultraderecha no son términos sinonímicos del todo.

Nadie nos ha explicado nunca la diferencia entre extrema derecha y ultraderecha, si es que la hay. Normalmente los que se llenan continuamente la boca con «extrema derecha» o «ultraderecha» nunca definen lo que están expresando. Parafraseando a Tomás de Kempis ellos dirán: «Más vale temer a la extrema derecha que saber definirla».

Todo lo raro, todo lo que se pase de la raya es inmediatamente tachado de «extrema derecha» y queda como anatematizado. Todo lo que está fuera de los marcos políticamente correctísimos del Establishment estupendísimo es descalificado inmediatamente como «extrema derecha». Y la cuestión es que los partidos que son así catalogados no son capaces de quitarse ese sambenito. Y aunque expliquen con pelos y señales lo que son o lo que no son, no logran quitarse de encima la etiqueta: siempre serán unos «fachas» de extrema derecha hagan lo que hagan, aunque esto sea todo el bien posible para el pueblo y por muy temprano que se levanten. Y esto pasa en España, en Francia, en Alemania, &c.

Es impresionante la capacidad del Establishment para amoldar la mentalidad de las masas. Pero, bien visto, es más bien demérito de las masas por dejarse engañar: la cabra siempre tira al monte. Paradójicamente, en la era de la información es increíblemente fácil transmitir y difundir mensajes simples o extremadamente simples, pero de gran calado. Claro que las anteriores épocas tampoco se quedaban muy rezagadas en esto. La diferencia, ahora, reside en el hecho de que posiblemente hoy más que nunca la gente está convencida de operar como sujetos libres y autónomos y ese es el gran triunfo del sistema.

Aquí se abre un tema muy interesante: ¿Por qué la democracia potencia el uso de las mentiras y de la propaganda? Lo cierto es que, sin estas mentiras, se derrumbaría la estructura política y jurídica de nuestras democracias, quedarían al descubierto los mitos sobre los que se asientan, como este mito de que son los ciudadanos libres y autónomos los que conforman la voluntad general del pueblo. Son mitos extremadamente eficaces.

También se tiende a entender a la extrema derecha desde el moralismo filisteo y siempre bajo el mandato de la dictadura de lo políticamente correcto. La extrema derecha es el mal absoluto y luchar contra los partidos que lo encarnan es un imperativo categórico. La lucha contra la extrema derecha es una ley moral universal. Es la buena voluntad. La sombra de Kant es muy larga.

No son pocos los periodistas, analistas, políticos y también la mayoría del pueblo llano los que, solo interpretando los gestos y actitudes son capaces de valorar si un político es un perfecto demócrata o un pérfido fascista. O por la forma en que pronuncian la palabra “España”: si dices “España” eres de los buenos, pero si dices “Espppaña” eres de los malos y súper fascista. Pero lo fundamental de emplear la expresión «extrema derecha», al menos en nuestro presente, está en la demonización que se hace del adversario. «Extrema derecha» vendría a ser sinónimo de aberración, de algo extremado y descabellado. Se trata, por tanto, de una expresión propagandística. La «extrema derecha» son los otros y nosotros estamos limpios: somos puros y sencillos de corazón mientras que la extrema derecha es oscura y alberga horrores.

En el último año de vida política en España se ha denominado sin cesar al partido Vox como un partido inequívocamente –según creen– de extrema derecha. Pero no solo al partido Vox: cualquier español empeñado en la defensa de la Nación política es instantáneamente calificado como extrema derecha. Fortunata y Jacinta es etiquetada desde algunos sectores como fascistoide y ultranacionalista porque, en lugar de maldecir al Imperio español, trata de comprenderlo o porque le parece más interesante analizar las perplejidades, errores, virtudes y contradicciones del franquismo, antes que condenarlo sin más, que es lo habitual. Ya saben ustedes, queridos amigos, que esto va de mal en peor así que me va a tocar crear un canal alternativo a YouTube porque la amenaza de cierre del canal de Fortunata y Jacinta planea sobre nuestras cabezas. Les mantendré informados pero ahora, retomemos el tema de la extrema derecha.

La ministra Dolores Delgado hizo una curiosa taxonomía en la que sugería que el partido Ciudadanos sería derecha, el Partido Popular extrema derecha y el partido Vox extrema extrema derecha.

¡A ver, a ver… a ver si me aclaro! ¿Dice «extrema extrema derecha» porque decir «derecha» a secas le parece poco y lo de «extrema derecha» ya está muy visto? Siendo Vox lo que a día de hoy es, esto es, un partido democrático, es calificado por la señora ministra como extrema extrema derecha.

La pregunta del millón sería: si fuese verdad que los de Vox maltratasen a las mujeres o justificasen tales tipos de tratos, que linchasen a los inmigrantes, que fuesen racistas, xenófobos, malas personas ¡¡¡lo peor de lo peor!!!, la hez, la pus, la mugre, la zupia, la bazofia, la escoria de la humanidad, el mal absoluto, el extremo mal absoluto, el extremo extremo mal absoluto, entonces, ¿cómo lo llamaría la señora Delgado? ¿Lo llamaría «extrema extrema extrema extremísima extremérrima ultra-hiper-supra-mega-supercalifragilisticoespialidoso-de-extrema-extrema derecha»?

Le recomendamos a la señora Delgado y a todos los que tienen como mantra la expresión «extrema derecha» que se hagan mirar con lápiz y papel en mano la magnífica conferencia de Joaquín Robles López, diputado de Vox por Murcia en el Congreso de los Diputados, el 20 de mayo de este 2019 en la Escuela de Filosofía de Oviedo en la Fundación Gustavo Bueno.

Verán, sus Señorías, a nosotras no nos da miedo hablar de determinadas cuestiones y menos ahora, cuando hay profesores que agreden a los niños por incluir banderas de España en sus dibujos. Habrá que ser prudentes, pero no cobardes. Decir que el franquismo no era un régimen nazi o fascista no es hacer apología de Franco, por mucho que algunos se empeñen en interpretarlo de forma tan burda y simplona. Decir que Vox no es extrema derecha no es hacer apología de Vox, es afirmar que calificar a ese partido de extrema derecha es un tremendo error de diagnóstico y que no sería esa la crítica pertinente que se le puede hacer a la formación liderada por Santiago Abascal.

Los orígenes de la expresión «extrema derecha»

La primera vez que se empleó en España la expresión «extrema derecha», al menos que tengamos noticias, fue el 3 de abril de 1848 en el periódico monárquico La Esperanza: «Si los monárquicos nos hemos puesto al corriente de lo que es censo electoral, y mayoría parlamentaria, y sorteo de secciones, y mensaje, y respuesta al mensaje, y orden del día, y discusión de totalidad, y discusión de artículos, y derecha, e izquierda, y extrema izquierda, y extrema derecha, y bancos de enfrente, y banco negro, y comités y clubs, &c.»{1}.

En julio de 1908 Miguel de Unamuno usaría en un artículo la expresión «extrema derecha ultramontana»{2}. En la revista cubana Pensamiento crítico se llegaría a escribir en su número de septiembre de 1967: «Robert S. McNamara, Secretario de Defensa del gobierno de los Estados Unidos de América, representa una corriente centrista dentro de la extrema derecha»{3}.

En septiembre de 1974 Santiago Carrillo hizo referencia a «la extrema derecha», a «los ultras», refiriéndose a estas fuerzas como «los que continúan alentando el espíritu de “cruzada” y de guerra civil, suspirando por otro caudillo que reemplace al declinante y por una política terrorista». Reconociendo, eso sí, que estos «ultras» «han quedado reducidos a una minoría»{4}.

Derechas no alineadas con la tradición

Recordarán de los capítulos anteriores, que Gustavo Bueno distinguía entre derechas tradicionales y derechas no tradicionales. Las derechas tradicionales son derechas alineadas en relación al Antiguo Régimen: la derecha primaria, la derecha liberal y la derecha socialista. Las derechas no tradicionales son derechas no alineadas con la tradición del Antiguo Régimen, es decir, son otra cosa.

Dentro de las derechas no alineadas podemos encontrar al fascismo italiano y al nacionalsocialismo alemán que, sin más, han sido calificados (o más bien descalificados) como «extrema derecha» o «ultraderecha». De hecho, para el gran público tales tendencias serían la extrema derecha por antonomasia, etiqueta con la que también es diagnosticado el franquismo. A nosotros, en cambio, esta clasificación nos parece perezosa y de lo más vulgar. En el capítulo anterior, ya clasificamos al franquismo como una derecha tradicional, en concreto como derecha socialista, junto al maurismo y el primorriverismo, y también al Partido Socialista Monárquico Obrero Alfonso XIII.

No obstante, hay que reconocer las importantes analogías de la derecha socialista con las derechas no alineadas. Aunque analogía, como bien se sabe, significa semejanza y diferencia. Es decir, si bien es lícito tener en cuenta las semejanzas entre el régimen franquista y el mussoliniano y el hitleriano, también lo es tener en cuenta sus diferencias, que son notables. Del mismo modo que hay semejanzas y diferencias importantes entre el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán.

Ni el fascismo ni el nacionalsocialismo serían «la derecha de siempre» y «de toda la vida», una derecha sustantificada y eterna que se comprende de modo mitológico como si tal sustantificación constituyese su magnanimidad esencial.

Si decimos que son derechas no alineadas con la tradición no se puede decir que sean la derecha de siempre que viene a defender o restaurar de algún modo el Antiguo Régimen o alguna de sus instituciones. El fascismo y el nacionalsocialismo fueron otra cosa, no miraron nunca al Antiguo Régimen. De hecho, los fascistas italianos se consideraban herederos de la Revolución Francesa.

Y los nacionalsocialistas alemanes, en tanto fundadores del Tercer Reich, se consideraban herederos del Segundo Reich que unificó Alemania haciéndola nación política por la gracia de Otto von Bismarck, lo que, de algún modo, fue el paso de los Estados Alemanes del Antiguo Régimen al Nuevo Régimen que hace posible la unificación de Alemania como nación política.

Desde el marxismo-leninismo se decía que el fascismo es una reacción pequeñoburguesa antiproletaria financiada por la alta burguesía con el fin de destruir a los partidos comunistas y socialistas. Algunos autores han llegado a sostener que el fascismo fue una «revolución burguesa antiburguesa», aunque bien podría tratarse de una revolución pequeñoburguesa antiburguesa, antiliberal y antimarxista.

Ni el Partido Nacional Fascista ni el Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores se consideraban de izquierda o de derecha. En 1923, un año después de la marcha sobre Roma, el líder del Partido Popular Italiano, el sacerdote Luigi Sturzo, vino a embrollar aún más el asunto afirmando que el bolchevismo era una especie de «fascismo de izquierdas» y el fascismo una especie de «bolchevismo de derechas».

Tras la Segunda Guerra Mundial el liberal Karl Popper, ideólogo de la «sociedad abierta», y el globalista Zbigniew Brzezinski, ideólogo del «Nuevo Orden Mundial», englobaron al fascismo, al nacionalsocialismo y al comunismo soviético como regímenes «totalitarios». Y el totalitarismo en términos vulgares viene a ser sinónimo de extremismo. Pero el totalitarismo es un imposible político. El totalitarismo viene a ser tan metafísico en política como el monismo en ontología.

No obstante, los propios fascistas reivindicaban la idea (más bien pseudo-idea) de Estado totalitario. Y Así definía Mussolini al fascismo en 1935: «Siendo antiindividualista, el sistema de vida fascista pone de relieve la importancia del Estado y reconoce al individuo solo en la medida en que sus intereses coincidan con los del Estado. Se opone al liberalismo clásico que surgió como reacción al absolutismo y agotó su función histórica cuando el Estado se convirtió en la expresión de la conciencia y la voluntad del pueblo. El liberalismo negó al Estado en nombre del individuo; el fascismo reafirma los derechos del Estado como la expresión de la verdadera esencia de lo individual. La concepción fascista del Estado lo abarca todo; fuera de él no pueden existir, y menos aún servir, valores humanos y espirituales. Entendido de esta manera, el fascismo es totalitarismo, y el Estado fascista, como síntesis y unidad que incluye todos los valores, interpreta, desarrolla y otorga poder adicional a la vida entera de un pueblo».

En nuestro presente los términos «fascista» y «fascismo» no son categorías políticas cuando se emplean para señalar a partidos o personas de tal presente. «Fascismo» o «fascista» es un mero insulto, no dicen nada como categoría política (como tampoco lo dice el término «nazi»). Es pura pereza mental. Es caer en el típico tópico. Y si no es ignorancia es mala fe. Nos referimos al comodín «fascista».

«Fascista» se le ha llamado a Stalin, a Franco, a Manuel Fraga, a Felipe González, a José María Aznar e incluso a Juan Tardá de Izquierda Republicana de Cataluña. Incluso a Hitler se le ha llamado fascista. Y era nazi, nacionalsocialista; y eso, hilando fino, se ve que es otra cosa.

La CEDA no era un partido fascista

Como dijo en 1932 Santiago Montero Díaz, curiosamente el director de la tesis doctoral de Gustavo Bueno, en su opúsculo Fascismo: «En pocos países como en España se han difundido ideas tan lamentablemente equivocadas sobre este régimen»{5}. En 2019 podemos seguir diciendo exactamente lo mismo.

Ya en la España de la II República y la Guerra Civil se decía «fascismo» y «fascista» en tono despectivo y como insulto. También se usaba la expresión «extrema derecha», pero con mucha menos frecuencia.

La Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) liderada por José María Gil-Robles, una coalición de partidos de tendencia demócrata-cristiana, fue señalada como «fascista», y la revolución fallida de octubre de 1934 que intentaron anarquistas, socialdemócratas y comunistas se justificó para impedir un «golpe de Estado fascista».

Pero si la CEDA tenía un análogo italiano no era el Partido Nacional Fascista sino el Partido Popular Italiano del sacerdote Luigi Sturzo. Y si tenía un análogo alemán no era el Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores sino el Zetrum católico.

El casus belli de la insurrección de octubre de 1934 fue la entrada de varios ministros de la CEDA en el gobierno que había formado el Partido Radical de Alejandro Lerroux. Tales diputados exigían su cartera de ministros con total derecho, porque era posible tras el resultado de las elecciones de noviembre de 1933, que precisamente ganó la CEDA. Esto fue señalado por las fuerzas de insurrección de las izquierdas como una amenaza fascista. Es decir, los «antifascistas» estaban poniendo trabas a la reglamentación parlamentaria o, dicho de otra manera: no aceptaron los resultados electorales.

Pero confundir la democracia cristiana con el fascismo es como confundir las gaviotas con los murciélagos; es como confundir a Luigi Sturzo y al Partido Popular Italiano con Benito Mussolini y el Partido Nacional Fascista.

Tal confusión o bien es impostura o bien es ignorancia: impostura por parte de los líderes sublevados, que sabían muy bien que la CEDA no era un partido fascista. El propio Luis Araquistain, ideólogo principal en la bolchevización del PSOE, observó que en España no había un ejército inmovilizado, que tampoco había un paro urbano masificado, que tampoco existía la cuestión judía (por aquel momento tampoco en Italia), y que tampoco en España había una imperiosa necesidad de imperialismo.

Y es ignorancia por parte de los ideólogos de la Memoria Histórica, o más bien de sus ingenuos seguidores, que confunden gaviotas con murciélagos y a Sturzo con Mussolini, como si se tratase de la noche en la que todos los pardos son gatos. Todo esto pasa por no tener una taxonomía en la que se clasifiquen las diferentes generaciones de izquierdas y las diferentes modulaciones de derechas. Con una taxonomía así, como la que hemos expuesto en nuestros anteriores programas, podemos separar el gato de la paja y así no nos darán grano por libre. Pero la cabra tira al monte y con decir «extrema derecha» parece que ya está todo dicho. Con decir «fascista» o «extrema derecha» se quedan tan panchos y asunto concluido y todo lo demás se les dará por añadidura.

Asimismo, la resistencia al alzamiento cívico-militar del 18 de julio de 1936 fue señalada por las fuerzas del Frente Popular como la «lucha contra el fascismo», aunque los que más se empeñaron en usar tal expresión fueron las tropas de las Brigadas Internacionales, de tendencia mayoritariamente comunista.

Asimismo, una proposición de las Cortes en su comisión de Asuntos Exteriores del año 1999, por iniciativa del PSOE, fue aprobada por todos los grupos parlamentarios excepto por el Partido Popular. Eran los tiempos en que el partido de José María Aznar no tenía la mayoría absoluta y para formar gobierno se tuvo que apoyar ni más ni menos que en CiU de Pujol y el PNV de Arzallus. Pues bien, en tal proposición, finalmente aprobada, se denominó al alzamiento nacional de 1936 como «golpe militar fascista».

No obstante, tanto la Alemania nazi como la Italia fascista apoyaron al bando nacional. Pero eso no hace que éste fuese nazi o fascista; pues en política, y todavía más en momentos de guerra, las alianzas son tan importantes como las propias fuerzas. De hecho, el Pacto de Acero entre Italia y Alemania no hacía a la primera nazi ni a la segunda fascista. Son cosas distintas. Se trata de una cuestión de clasificación y de rigor, no es por capricho ni por ser tiquismiquis. Ni tampoco es por blanquear el franquismo, por su hubiera dudas.

¿Y por qué fascismo y nazismo son de extrema derecha y

 los otros partidos de derecha no?

¿No sería más justo clasificar de extrema derecha a la derecha primaria, la derechona partidaria de la restauración del Antiguo Régimen? ¿No tendría esta derecha más papeles para representar a la extrema derecha que el fascismo o que el nazismo? El problema es que esta derechona no existe en nuestro presente. Luego si la derecha primaria es la extrema derecha y la derecha primaria ya no existe, entonces la extrema derecha es sólo un fantasma que se cierne sobre la cabeza de algunos iluminados, ilustrados e idiotizados.

¿Acaso es la extrema derecha la derecha liberal? Pues en este caso ya nos estamos refiriendo a una derecha realmente existente en nuestro presente, aunque es cierto que el liberalismo se dice de muchas maneras. Aunque en rigor, dada la ideología (en el sentido de conciencia falsa) del liberalismo, podría decirse que existen los liberales, pero no el liberalismo (el capitalismo realmente existente no es liberal, es otra cosa difícil de precisar). Es decir, existen los ideólogos del liberalismo (en sus múltiples escuelas) pero el liberalismo es un mito, al menos en su versión más pura (no hablemos ya del anarcoliberalismo), pues la economía siempre está más o menos intervenida. Y sin Estado no hay mercado. De hecho, el que hace posible la circulación de mercancías es el Estado, con sus carreteras, policías y ejércitos. Y el Estado implica la dialéctica de Estados (que siempre se codetermina con la dialéctica de clases), por no hablar de la dialéctica de Imperios de la geopolítica real, en donde el mercado mundial -del cual ya habló Marx- es un entramado tremendo de miles y miles de empresas, nacionales y multinaciones, codeterminadas por los cerca de doscientos Estados distribuidos por el planeta, teniendo especialmente en cuenta a los tres Imperios del presente en marcha: el Imperio Estadounidense, el Imperio Ruso y el Imperio Chino.

La Globalización oficial de los ideólogos del globalismo elitista financiero es sólo una idea aureolar, esto es, se trata más bien una petición de principio, ya que se tiene la fe de que tal Globalización va a realizarse en un tiempo muy próximo, es decir, se cuenta con su realización ya inexorablemente en marcha. Un caso parecido sería el marxismo-leninismo con la praxis de alcanzar el comunismo universal, el comunismo urbi et orbi que nunca llegó ni jamás llegará. Ni está ni se le espera.

Como ya vimos en nuestro anterior programa, el liberalismo es un embrollo, pues empieza siendo una generación de izquierda (en relación a su lucha contra las fuerzas que quieren reeditar el sistema del Antiguo Régimen), pero pasaría a la derecha (entre otros motivos, por la aparición de los partidos que pretendían organizar a las masas del movimiento obrero: anarquistas, socialdemócratas y comunistas). Y se podría embrollar aún más el asunto, si cabe, hablando de liberales de extrema izquierda y liberales de extrema derecha. Ya el colmo sería hablar de liberales de extremo centro.

¿Y sería extrema derecha el particularismo grupal de las multinacionales financieras de la élite globalista? Ya vimos en nuestro anterior programa que esta élite no está inspirada por un intuicionismo sobrenatural o praeterracional, sino que su inspiración se debe a planes y programas calculados racionalmente por dicho grupo con el fin de explotar a otros grupos e incluso a naciones enteras. Nos referimos a los señores de la trama globalista angloamericana Council on Foreign Relation-Royal Institute on Internacional Affair-Club Bilderberg-Club de Roma-Comisión Trilateral. O a familias ultrasupermultimillonarias como los Rothschild, los Rockefeller, los Morgan, los Koch, los Walton, los Marx, los Astor, los Warburg, los Russell, &c., &c. Por no mencionar a la familia Saud de Arabia Saudita. ¿No estamos hablando de cosas extremas? ¡Pues toma cosas extremas!

¿Tal vez la extrema derecha sea la derecha socialista? Ya sabemos que con derecha socialista nos referimos al maurismo, el primorriverismo y el franquismo, y ya hemos hablado bastante sobre esto. Sólo añadir que la derecha socialista no existe en la España de 2019 o, en todo caso, existe como herencia del franquismo, pues el Régimen del 78 procede del franquismo (hubo más continuidad que ruptura). No obstante, el desarrollo del régimen ha borrado buena parte de lo que fue la España franquista, porque -como dijo un político del PSOE en un arrebato de sinceridad- «a España no la va a reconocer ni la madre que la parió».

Derechas no alineadas secesionistas

Gustavo Bueno también clasifica como derecha no alineada a los partidos nacionalistas secesionistas, tanto a los españoles a lo largo del siglo XX como a los que fueron formándose en América a finales del siglo XVIII y a lo largo del siglo decimonónico. Los partidos secesionistas vendrían a ser partidos extravagantes de derechas: como son el PNV, ERC, la CUP, CIU (actual PDeCAT), BNG, Bildu o la ETA (esa banda de asesinos que «nació en un seminario»). No obstante, a ninguna de estas facciones sediciosas se les cataloga ni se les cuelga el sambenito de «extrema derecha». Y en eso se les ve más cuidadas por el Establishment. E incluso algunas de tales facciones se consideran de «izquierda» pero sin dar el parámetro, esto es: son izquierda ¿respectó de qué? Incluso la CUP es señalada como «extrema izquierda», pero la CUP, para que me entiendan en la calle, es perroflautismo-separatismo. Punto.

Un partido secesionista es una banda facciosa, aunque no recurra a atentados terroristas o a actos violentos propios de la kale borroka. Y ya estamos viendo que, a la larga, la vía parlamentaria puede resultar más peligrosa para la unidad e identidad de España. Aunque es cierto que los tiros en la nuca y los coches bombas de ETA han hecho mucho en pos de la causa de los partidos separatistas. Y no sólo vascos, sino también catalanes, gallegos e incluso de otras regiones. Ése es el significado que tiene la célebre frase que pronunció Xavier Arzalluz, el Zar de todas las Euskalerrías: «Unos mueven el árbol, y otros recogen las nueces».

Del PNV son buena parte de los empresarios vascos, así como mucha gente de la burguesía acomodada. Casi todos son católicos creyentes y en su árbol genealógico suelen aparecer o una monja o un jesuita. Según esto, el PNV parecería una derecha tradicional, pero también podríamos contemplarlo como una derecha no tradicional, no alineada, dada su visión mística del territorio y sus componentes inequívocamente racistas. Últimamente, el mito de la raza es camuflado por el mito de la Cultura y por eso hablan de la lengua (el euskera), el aurresku y esas cosas, porque esas cosas tan bonitas resultan políticamente menos incorrectas que hablar de la superioridad racial.

El Partido Andalucista creado por Blas Infante quizá fuese todavía peor, pues descabelladamente pretendía la reconstrucción del Califato de Córdoba. Es decir, no era un partido secesionista que pretendiese separar Andalucía de España sino incorporar a España a una Al-Andalus coranizada, es decir, reislamizar la península y hacer una especie de monstruo como lo sería una España islamizada y descristianizada. Luego, se mantendría la unidad de España a costa de su identidad. Y, créanme, más vale una España rota que una España coranizada y esto ni es racismo ni xenofobia. A los que nos tachan de tales posiciones simplemente les recordamos que el islam no es una raza ni una nación, es simplemente una religión.

Para más inri, la Junta de Andalucía, en los días de Manuel Chaves y con el apoyo del PP y de Izquierda Unida, nombraron «padre de la patria andaluza» a Blas Infante. Ya es un disparate hablar de «patria andaluza», pero todavía lo es más nombrar como su padre a un musulmán. Como si en Andalucía las procesiones de Semana Santa no existiesen… Como si el jamón de Jabugo no existiese…

La nueva derecha

La «nueva derecha» es la etiqueta con la que se autodenominan diversas corrientes y diversos grupos y grupúsculos surgidos las últimas décadas en Europa y otras partes del mundo. Esta nueva derecha es interpretada por las izquierdas -fundamentalmente socialdemócratas y grupos de la izquierda indefinida- como un subproducto de la derecha eterna o como una reedición del fascismo. Pero estas nuevas derechas no son derechas tradicionales sino que las clasificamos como derechas no alineadas con la tradición (y en esto sí entrarían en sintonía con el fascismo y el nazismo, pero no hay que exagerar las similitudes y además el contexto histórico es bien diferente).

Nada más surgir, los partidos de la nueva derecha son catalogados como «extrema derecha», como si denominarlos así fuese una defensa o más bien un ataque para neutralizarlos. También son tachados, junto a otros partidos clasificados como «extrema izquierda», como partidos «populistas». Pero el término «populismo» a día de hoy parece que no dice nada y se trata, como la etiqueta «extrema derecha» y «extrema izquierda», de una etiqueta del Establishment para desprestigiar determinados partidos.

Entre estos partidos podemos destacar al Frente Nacional fundado por Jean-Marie Le Pen en octubre de 1972, que cedería el testigo en 2011 a su hija Marie Le Pen, la cual haría importantes cambios ideológicos en el partido. En 2018 el partido empezaría a llamarse Rassemblement national (Agrupación Nacional). Al ser un partido anti Unión Europea ha sido señalado inmediatamente por los medios, analistas, partidos y otros organismos del Establishment como «extrema derecha».

Otro partido destacado en Europa es Alternative für Deutschland (Alternativa por Alemania), fundado en 2013 por el profesor de economía de la Universidad de Hamburgo Bernd Lucke. Al igual que el Frente Nacional, AfD es anti Unión Europea y por consiguiente de extrema derecha para el Establishment, además de ser señalado por su política antiinmigración como un partido neonazi, cosa que sus miembros niegan tajantemente. Y, de hecho, les prohíben a sus afiliados que pertenezcan a asociaciones de extrema derecha y en particular a la organización neonazi Partido Nacionaldemócrata de Alemania.

Fuera de Europa ha destacado en el último año el Partido Social Liberal, de Brasil. Este es el partido de Jair Bolsonaro, que fue fundado el 30 de octubre de 1994 y que desde el 1 de enero de 2019 asume la presidencia de la República Federativa del Brasil. Se trata -como ha señalado el geopolítico mejicano Alfredo Jalife- de un bastión del evangelismo-sionismo, en alianza con Israel y la Administración Trump. Jalife habla de «un eje Trump-Netanhayu-Bolsonaro». El supremacismo blanco de Bolsonaro y el Partido Social Liberal sería solidario del supremacismo sionista y el supremacismo blanco de Trump{6}.

Mismamente Donald Trump es englobado dentro de esta nueva derecha, y por tanto es descalificado como extrema derecha. Manuela Carmena llegó a decir en enero de 2017, cuando Trump tomaba su cargo como presidente del Imperio Guasintoniano, que tal momento era como la toma del poder por Hitler en enero de 1933, cuando ascendió a la cancillería del Reich. Por muy supremacista blanco que sea Trump, fue una reductio ad Hitlerum en toda regla que lanzó la entonces alcaldesa (ahora ex alcaldesa). También es verdad que peores barbaridades y carmenadas ha dejado dichas. ¡Pues sí que nos ha dejado tardes de gloria la lideresa podemita!

Y hasta aquí este capítulo de “¡Qué m… de país!”, nos vemos en el próximo capítulo y recuerda: “Si no conoces al enemigo ni a ti mismo, perderás cada batalla”.

Notas

{1} Véase: “Extrema derecha” (en sentido político)

{2} Ibíd.

{3} Ibíd.

{4} Ibíd.

{5} Véase: Santiago Montero Díaz, Fascismo [1932]

{6} Véase: Alfredo Jalife-Rahme, Netanyahu, gran aliado de Bolsonaro y los 'evangelistas sionistas'

→ Joaquín Robles, El mito de la extrema derecha

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