martes, 19 de marzo de 2013

El mito del fallo del mercado (Política, Economía. 1.331)

La expresión "fallo del mercado" es usada con frecuencia para justificar la intervención del gobierno, cayendo generalmente en la denominada "falacia del nirvana por medio de la cual comparamos mercados reales supuestamente imperfectos con instituciones públicas imaginarias a las que les falta incluso la más mínima imperfección".

Y no importa los numerosos y mayores fallos del gobierno, admitidos por sus defensores, en lugar de buscar la eficacia, se muestran sus verdaderas intenciones, la expansión y reforzamiento del estado:


Un artículo del Instituto Mises Hispano:

"La expresión “fallo del mercado” se usó frecuentemente por los economistas durante el siglo XX.

Durante la década de 1930, economistas como Joan Robinson y Abba Lerner consiguieron centrar la atención de sus colegas en imperfecciones en los precios del mercado.[1] Las desviaciones de los precios óptimos serían responsables de fallos en dirigir a los recursos hacia sus usos más altamente valorados. Así que los mercados supuestamente fallarían en su eficiencia.

Al centrarse en la eficiencia en el uso de recursos escasos y los fallos en los mercados para hacerlo, los economistas de mente intervencionista tratan de demostrar que sus preocupaciones son utilitaristas y científicas. No hay nada propiamente malo en tener esas preocupaciones. Ludwig von Mises demostró la importancia de distinguir entre el análisis de la economía libre de valores de cómo alcanzar fines y la discusión normativa de qué fines deberíamos conseguir. Sin embargo es importante distinguir también entre quienes tienen genuinas preocupaciones de este tipo y quienes por el contrario solo aparentan tenerlas.

El debate sobre fallos del mercado es enorme, pero podas discusiones resultan tan importantes. Los economistas Kenneth Arrow y Harold Demsetz tuvieron una polémica hace varios año que merece cierta atención. Arrow decía[2] que las economías de libre empresa infrainvierten en investigación e invención debido al riesgo. Arrow también afirmaba que una “economía socialista ideal” proporcionaría esa información libre de cargas, separando así el uso y la recompensa por producir esa información.

A finales de los 60, Demsetz escribía una crítica devastadora a los argumentos de Arrow sobre información y a la literatura de los “fallos del mercado” en general.[3] Para Demsetz, los mercados están lejos de la perfección, pero también lo está el gobierno. Apuntar a las imperfecciones del mercado como prueba de la necesidad de intervención del gobierno, decía, es caer en la “falacia del nirvana”, por medio de la cual comparamos mercados reales supuestamente imperfectos con instituciones públicas imaginarias a las que les falta incluso la más mínima imperfección.

Ahora, existe una vasta literatura sobre las imperfecciones del gobierno en asignar recursos. Aun así, muchos economistas siguen recomendado la intervención pública para corregir fallos del mercado, a menudo sin considerar tampoco la posibilidad de fallos del gobierno. ¿Por qué es así? Podemos entender mejor esta reticencia a hacer comparaciones razonables entre mercados y gobierno si examinamos lo que tiene que decir un importante economista sobre este tema.

Joseph Stiglitz está entre los defensores más importantes de la intervención pública. En concreto, Stiglitz tiene muchos escritos sobre problemas informativos en los mercados. Aunque Stiglitz tiene una reputación de favorecer la intervención, no ha parecido completamente irrazonable acerca de estos asuntos en el pasado. Stiglitz afirmó una vez (con Sanford Grossman)[4] que los mercados no son agregadores perfectos de información. A partir de esto, él y Grossman concluían que necesitamos una mayor comprensión de cómo utilizan la información las autoridades centrales antes de que podamos decir si usan la información mejor que los mercados.

Stiglitz llegaba a la conclusión de que el gobierno puede mejorar el bienestar incluso cuando afronta serias limitaciones informativas, porque sus incentivos y otras limitaciones son mejores que las de los mercados. En el momento en que Stiglitz hizo su afirmación, podríamos haberle otorgado algunas dudas razonables respecto de su conocimiento de cómo funciona el gobierno. A los académicos a menudo les falta experiencia en el mundo real y esto era bastante cierto en el caso de Stiglitz. Sin embargo, Stiglitz sí hizo una incursión en el sector público.

Stiglitz señala[5]que, al embarcarse en su aventura en el sector público, algunos de sus amigos se sugirieron que podría volver de Washington “un poco más predispuesto acerca del papel del gobierno”. Esto es lo que pasó. Durante su periodo en la administración Clinton, Stiglitz identificó cuatro problemas en el gobierno: problemas de compromiso, problemas de negociación, competencia imperfecta e información asimétrica. Stiglitz cree ahora que estos problemas impiden que el gobierno implante políticas eficaces. También sostiene que los incentivos para el secretismo en el gobierno son esenciales para estos problemas.

Stiglitz admite ahora que el gobierno sí sufre imperfecciones. Así, ahora sabe cómo usan la información los gobiernos, conocimiento que le faltaba hace unos años. ¿Cómo interpreta Stiglitz las lecciones que aprendió de su experiencia de Washington?
Hacer los procesos públicos más abiertos, transparentes, democráticos y poner más participación y esfuerzo en crear consensos probablemente no solo genere un proceso que sea más justo, sino uno sin resultados que sea más probable que estén de acuerdo con los intereses generales. Tal vez podamos proporcionar [eficacia] al gobierno” (“Distinguished Lecture on Economics in Government: The Private Uses of Public Interests: Incentives and Institutions”, The Journal of Economic Perspectives, Vol. 12, Nº 2. [Primavera de 1998], pp. 3-22).
Así que espera que podamos hacer más eficaz al gobierno. ¿Pero por qué deberíamos hacer este esfuerzo? Si el gobierno tiene fallos serios que impiden su operación eficaz, ¿no deberíamos al menos considerar al capitalismo de libre mercado como una alternativa? ¿O estamos por alguna razón obligados a inclinarnos hacia atrás para hacer que el gobierno funcione eficazmente?

Uno podría esperar que, después de ver de primera manos los fallos del gobierno, el profesor Stiglitz al menos consideraría la posibilidad de que podamos conseguir mejores resultados de los mercados libres. Considerando que en el pasado ha afirmado no saber cuál es más eficaz, los mercados o el gobierno, uno podría esperar que un investigador objetivo comentara favorablemente la privatización después de ser testigo de los fallos del gobierno.

Después de todo, los investigadores objetivos, preocupados solo por la eficacia económica, deberían sencillamente aceptar los hechos como son. Por el contrario, Stiglitz mantiene la esperanza de que podamos mejorar la eficacia del gobierno. El hecho de que nunca sostuviera esas esperanzas acerca de los mercados libres ilustra aún más su inclinación. Los investigadores objetivos llegan a conclusiones basadas en un razonamiento sólido y unas evidencias válidas en lugar de en ilusiones.
Dado que el profesor Stiglitz es aparentemente inmune a todos los argumentos y evidencia a favor de los mercados y en contra del gobierno, debemos concluir que no le preocupa en absoluto el análisis económico libre de valores dirigido a encontrar los medios más eficaces para fines concretos. Por el contrario, ve la expansión del gobierno como el fin que deberíamos buscar.

Stiglitz no está en modo alguno solo en su pasión por el gobierno. De hecho, debe su relevancia en la profesión a la admiración por su obra de muchos de sus pares. Es por tanto razonable sospechar también partidismo ideológico en economistas con ideas similares.

Esas personas esconden sus inclinaciones tras un velo de jerga técnica mientras persiguen sus objetivos dirigidos ideológicamente. Los fallos del gran gobierno durante el siglo XX no importan para sus objetivos, porque la expansión del gobierno es su objetivo. No les preocupa qué sistema funciona mejor, sino qué es mejor para promover el sistema que quieren ver funcionar.

No hay nada propiamente malo en los intentos de establecer fines a los que aspirar en asuntos económicos. Quienes deseen más gobierno simplemente porque sí, deberían sin embargo ser sinceros acerca de sus intenciones. En lugar de pretender estar preocupados por la eficacia, el profesor Stiglitz y otros como él deberían admitir que son defensores de fines concretos más que analistas de distintos medios.

Si sus convicciones ideológicas a favor del gobierno tienen valor, deberían estar ansiosos por explicarlas. Si sus creencias no tienen valor, deberían aceptarlo abiertamente. En cualquier caso, está claro que demasiados economistas no están interesados en un debate abierto y sincero sobre estos temas. En su lugar utilizan retórica engañosa acerca de los fallos del mercado para esconder su verdadero programa: la expansión y reforzamiento del estado.



[1] Por ejemplo, ver “The Concept Monopoly and the Measurement of Monopoly Power”, Review of Economic Studies (Junio de 1934): 157-175.
[2] Kenneth Arrow “Economic Welfare and the Allocation of Resources for Invention”, en The Rate and Direction of Investment Activity p 609-625 (1962).
[3] Ver “Information and Efficiency, Another Viewpoint”, en The Journal of Law and Economics p 1-21 (1969).
[4] Ver Sanford Grossman y Joseph Stiglitz “Information and Competitive Price Systems”, en The American Economic Review, Mayo de 1976.
[5] Stiglitz, Joseph: “Distinguished Lecture on Economics in Government: The Private Uses of Public Interests: Incentives and Institutions”, The Journal of Economic Perspectives, Vol. 12, Nº 2. (Primavera de 1998), pp. 3-22.

Publicado el 26 de agosto de 2002. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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