viernes, 26 de enero de 2018

Por qué Occidente se avergüenza de sí mismo

Juan M. Blanco analiza por qué Occidente se avergüenza de sí mismo, motivos, errores, problemas que crea y la necesidad de restaurar el equilibrio.
Artículo de Disidentia: 
Un fantasma recorre el Mundo Occidental. O, al menos, esa es la percepción de sus élites gobernantes. Un profundo malestar, un singular enojo se apodera de muchos ciudadanos, que no desaprovechan ocasión para manifestar su hartazgo, su protesta contra un asombrado establishment. Frente a todo pronóstico, un personaje ajeno al aparato de los partidos, Donald Trump, salió victorioso en la carrera hacia la Casa Blanca. Contra todas las apuestas, los ciudadanos británicos votaron su salida de la Unión Europea, en un gesto de rechazo a la burocracia de Bruselas. ¡No es posible! vocean las élites ante la “traición” de los votantes. ¡Esto no es justo! claman gobernantes, burócratas, dirigentes de partidos, ante la inexplicable disconformidad de la gente con un sistema supuestamente diseñado por su bien, por su felicidad. O… quizá no.

¿Qué ha sucedido para que tantos ciudadanos recelen del estabishment? Hay varios factores pero en este artículo esbozaré solo uno de los aspectos, dejando otros para futuros análisis. Por iniciativa de sus nuevas élites, el mundo occidental rompió drásticamente con su historia, con su cultura, con los usos y costumbres que caracterizaron su forma de ser y hacer durante siglos. La demonización del pasado, la constante aceptación de lo último, del lo más reciente o de la moda, son hoy la única guía para un ciudadano sometido a constantes bandazos.

Una radical ruptura con el pasado, con la historia

Un cambio estructural muy profundo sacudió al mundo occidental durante el siglo XX, apartándolo radicalmente de los principios y valores que predominaban hace 100 años. El trauma de la Primera Guerra Mundial marca el arranque de transformaciones dramáticas de la sociedad, de la política, de las creencias, aunque el cambio definitivo no se produce hasta los años 60 y 70. Por iniciativa de sus nuevas élites, Occidente abjuró de su historia, de las enseñanzas de los antepasados, de ciertos hábitos y conocimientos sociales acumulados por la experiencia de siglos.

En un momento determinado, quebró ese frágil proceso por el que los nuevos descubrimientos se van incorporando paulatinamente al acervo cultural, por el que cada generación toma el legado de la anterior, sus enseñanzas, y lo adapta a los nuevos tiempos. Se disolvió así en el éter una de las principales cualidades de nuestra sociedad: la aceptación crítica del pasado, una cultura en permanente evolución, en constante revisión, una sociedad que tomaba lo existente como punto de partida para incorporar elementos nuevos, superando los obsoletos. En adelante, la sociedad se construiría partiendo de cero, sin aprovechar la experiencia histórica, una suerte de adanismo que marca a hierro candente el mundo de hoy.
Por qué Occidente se avergüenza de sí mismo

Por ello, el ciudadano occidental navega hoy a la deriva, desorientado, sin nada a qué aferrarse, avergonzándose de su pasado, de sus símbolos, personajes e historia. Empujado por sus dirigentes, se debate entre la autocensura que impone la corrección política, el sentimiento de culpa, el miedo a peligros imaginados, la infantilización, el hedonismo y el conformismo ante el omnipresente paternalismo estatal.

Occidente ya no es un modelo a imitar

Occidente dejó de ser un modelo a imitar por otros pueblos para convertirse en un enemigo a batir. O alguien de quien aprovecharse, de quien sacar tajada. Gran parte del Mundo se volvió antioccidental: ¿cómo respetar a quien no se respeta a sí mismo, a quién odia su propia cultura? Se trata de un despropósito de tal calibre que ha acabado estallando en nuestra sociedad, desencadenando el hartazgo y la indignación de muchos conciudadanos. Y el surgimiento de numerosos disidentes.

Fueron pensadores como el historiador y sociólogo norteamericano Christopher Lasch,quienes identificaron elementos disfuncionales en el rumbo marcado por las nuevas clases dirigentes. En su obra póstuma, The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy(1994), Lasch señaló que “si en un tiempo fue la Rebelión de las Masas la que amenazó el orden social y la cultura de Occidente, hoy día la principal amenaza proviene de aquellos situados en la parte más alta de la jerarquía social“. “Las nuevas élites se han rebelado contra la América convencional, a la que imaginan tecnológicamente atrasada, retrasada en sus gustos, presuntuosa y complaciente, aburrida y desaliñada”.

Una ingeniería social poco prudente

Corregir esos “malos hábitos”, requería una ingeniería social poco prudente, intrusiva, que impusiese nuevas formas de ser y de pensar, siempre fundamentadas, aparentemente, en la última idea, en el último descubrimiento. Y la marcada discontinuidad histórica propició fenómenos aparentemente diversos pero interconectados entre sí.

Para sustituir antiguos usos y costumbres, apareció una nueva ideología, la corrección política, singular inclinación a dividir la sociedad en grupos buenos y malos, víctimas y verdugos. Una doctrina que no sólo impuso la desigualdad de trato, también una implacable y orwelliana censura del lenguaje y creó un universo de reglas cambiantes, de criterios variables, de caprichos y ocurrencias, capaz de desorientar al más entusiasta de sus partidarios. Y de indignar a muchos ciudadanos sensatos.
La sociedad se infantilizó, mermando la responsabilidad individual, generalizándose una cultura de queja, de victimismo, de sentimiento de culpa colectiva o de puro narcisismo. Actividades cotidianas, que antaño la gente llevaba a cabo sin dificultad, que aprendía por experiencia, o de sus padres y abuelos, como criar y educar a los hijos, pasaron a ser tareas problemáticas, que necesitaban apoyo y consejo de expertos. O nuevas leyes que regularan el ámbito más privado de la familia. El consejo de los mayores se volvió irrelevante, incluso perjudicial. Más que una cualidad, la experiencia pasó a ser una rémora, algo vergonzante, mientras se ensalzaba la figura del adolescente, ese que está al tanto de la última tecnología.

Por qué Occidente se avergüenza de sí mismo

Las enseñanzas de “Un Mundo Feliz”
Pero ¿no es conveniente que la sociedad adapte constantemente su comportamiento, su pensamiento, a los últimos avances de la ciencia, al criterio de los expertos? La respuesta nos la dió Aldous Huxley en Un mundo feliz (1932), que describe una sociedad del futuro regida por la ciencia y la tecnología más avanzadas. El sistema garantiza el placer y la satisfacción inmediata de los deseos de todos sus miembros pero desecha la libertad por considerar que hace infelices a los individuos.

La genial distopía de Huxley advierte contra la adoración de la ciencia como divinidad omnipotente, contra la persecución de fines sin reparar en los medios, pues implican un grave peligro para la libertad individual. También advierte contra el conformismo, esa inclinación a aprovechar los adelantos tecnológicos para abrazar una cultura del hedonismo, de la satisfacción inmediata. Previene contra la tentación de rechazar de forma sistemática y acrítica todos los principios y valores que rigieron en el pasado por considerarlos automáticamente antiguos y obsoletos.
Por su propia naturaleza, los descubrimientos científicos nunca son definitivos sino provisionales, mucho más en el ámbito de las ciencias sociales. Por ello, las medidas que impone la ingeniería social suelen ser cambiantes, contradictorias en el tiempo, existiendo una niebla de incertidumbre sobre sus efectos finales. Además, los expertos sociales suelen tener su propia agenda, al igual que burócratas y políticos; y no siempre coincide con los intereses del público. Para mayor gravedad, la ingeniería social suele ser capturada por grupos interesados, que se postulan como víctimas para obtener ventajas y prebendas.

Restaurar el equilibrio; recuperar la conexión con el pasado

Los descubrimientos de las ciencias sociales implican avances del conocimiento que la sociedad debe aprovechar. Pero no es prudente por parte del los gobernantes utilizar cualquier resultado para tomar medidas sin reflexión, mucho menos si son coactivas, argumentando que cambiar por decreto el comportamiento de las gentes redunda en su propio interés: no suele ser así. Al contrario, acaba generando desconfianza, enojo, rechazo de la población hacia sus dirigentes.
Por ello, resulta mucho más conveniente que nuestra sociedad recupere los principios críticos que caracterizaron nuestra civilización, erradicando los sentimientos de vergüenza y culpa colectivas. Se trata de recuperar nuestra conexión con el pasado, con nuestros ancestros, restaurar ese difícil equilibrio entre nuevos conocimientos y formas de hacer que mostraron ser eficaces a lo largo del tiempo; entre nuevos descubrimientos y experiencia.
La evolución de los usos y costumbres sociales debe dejar de ser coactiva, volverse mucho más voluntaria. Que sean los ciudadanos quienes decidan si resulta mejor adaptarse a ciertas novedades o si consideran más eficaz seguir haciendo las cosas como en el pasado. No lo olviden: a pesar del extendido prejuicio, no siempre lo último es lo mejor.

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