viernes, 11 de mayo de 2018

Los 10 errores básicos de la teoría económica de Marx (I)

Juan R. Rallo expone los 10 errores básicos de la teoría económica de Marx. 

Artículo de El Confidencial: 
Foto: Una imagen del filósofo alemán Karl Marx en un semáforo de su ciudad natal. (Reuters)Una imagen del filósofo alemán Karl Marx en un semáforo de su ciudad natal. (Reuters)
El pasado 5 de mayo se cumplieron 200 años del nacimiento de uno de los filósofos-economistas más influyentes de la historia: Karl Marx. Para muchos, constituye un referente insoslayable para entender el funcionamiento del sistema capitalista; para otros, un intelectual que en su momento ya construyó un modelo equivocado de raíz y que en la actualidad, con todos los avances logrados en la ciencia económica desde entonces, ha quedado absolutamente obsoleto.
Dada la legión de seguidores que continúa teniendo el marxismo desde un punto de vista económico, permítanme exponer lo más sintéticamente posible los 10 principales errores de esta doctrina. En el presente artículo, explicaré por qué la plusvalía no es un fenómeno exclusivo del modo de producción capitalista, esto es, de un sistema económico basado en la propiedad privada de los medios de producción y en la acumulación continuada de capital.
Para ello, partiré de un mundo alternativo donde no existe otro factor productivo que el trabajo (y la naturaleza): es decir, un mundo donde los trabajadores, individual o cooperativamente, producen mercancías para intercambiarlas por las mercancías que producen, individual o cooperativamente, otros trabajadores. Un mundo donde el circuito de intercambio sigue la dinámica M-D-M (mercancía-dinero-mercancía) y donde, por tanto, no debería haber generación de plusvalía. Sin embargo, como comprobaremos, sí la habrá. En el próximo artículo, incorporaré las conclusiones aquí alcanzadas al modo de producción capitalista.
Error 1. Aunque el factor trabajo fuera el único factor productivo, si el coste marginal de producción de una mercancía no es constante, será la extensión de la demanda (y por tanto, el valor marginal de uso) lo que determinará su valor de cambio.
La teoría del valor trabajo de Marx sostiene que los valores de cambio (los precios) de las mercancías están determinados por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlas (por su valor). De ahí que las mercancías se intercambien por equivalencias de valor: dos mercancías que tarden en ser producidas el mismo tiempo de trabajo (socialmente necesario) tendrán (en equilibrio) el mismo precio. Es ahí donde encaja el concepto de explotación: si yo puedo comprar una mercancía a un precio inferior a su valor (si pago por ella menos que las horas de trabajo socialmente necesario que ha incorporado), estaré apropiándome de horas de trabajo ajenas gratis (plusvalía). Estaré explotando, pues, al trabajador que la produjo.
Dentro de este marco conceptual, el valor de uso (la utilidad marginal) no desempeñaría ningún rol esencial a la hora de determinar los precios. El precio de equilibrio no dependería en absoluto de la utilidad marginal de las mercancías. Pero se trata de un error: salvo que el coste marginal de producción de una mercancía sea constante con independencia de la escala productiva, en última instancia será su utilidad marginal la que determine su precio (y aun con coste marginal constante, sería la utilidad marginal del ocio la que lo marcaría).
Imaginemos una función de costes muy simple. C=3Q2, a saber, los costes totales de producción son una función cuadrática del nivel de producción (poniendo de manifiesto que cada vez resulta más costoso laboralmente producir una unidad adicional de esa mercancía). En tal caso, el coste marginal de producción sería de 6Q. ¿Cuál sería el precio de equilibrio de esta mercancía? Pues depende: si el nivel de producción es 10, el coste marginal (y el precio) será de 60; si el nivel de producción es 100, el coste marginal (y el precio) será de 600. ¿Y cuál será el volumen de producción deseado que determinará el coste marginal y, por tanto, el precio? Aquel que marque la extensión de la demanda: si los consumidores no están dispuestos a pagar más de 60 por la mercancía (porque el valor de uso de las mercancías alternativas que pueden comprar con esas 60 unidades monetarias supera el valor de uso de esa mercancía), entonces no se producirán más de 10 unidades; si estuvieran dispuestos a pagar hasta 600, se producirán hasta 100. La demanda manda o, al menos, manda tanto como las condiciones de producción (las famosas tijeras marshallianas).
Error 2. Aunque el factor trabajo fuera el único factor productivo y el coste marginal fuera constante, no se intercambiarán en plano de igualdad 100 horas de trabajo arriesgado que 100 horas de trabajo no arriesgado. Las primeras horas de trabajo lograrán sistemáticamente un mayor valor de cambio que las segundas (plusvalía).
Marx partía de la base de que todas las horas de trabajo son reducibles a trabajo abstracto una vez tenidas en cuenta sus heterogéneas complejidades en términos de habilidades. Pero eso no es cierto: no todas las horas de trabajo de igual complejidad son perfectamente sustituibles entre sí. Por ejemplo, si la mercancía A tarda en producirse 100 horas de trabajo que implican un altísimo riesgo, mientras que la mercancía B toma en producirse 100 horas de trabajo que implican un bajísimo riesgo, resulta inverosímil que, como pronosticaba Marx, las mercancías A y B se intercambien en pie de igualdad (1 unidad de A = 1 unidad de B). Las horas de trabajo arriesgadas dirigidas a producir mercancías se intercambiarán estructuralmente por más horas de trabajo de las menos arriesgadas: y a esa apropiación desigualitaria de horas de trabajo (a las horas de trabajo no remuneradas) lo llamamos plusvalía.
Fijémonos, pues, en que la figura del capitalista no resulta necesaria para que exista plusvalía: los trabajadores que estuvieran dispuestos a asumir más riesgos podrían comprar un mayor número de horas de aquellos trabajadores que asumieran menos riesgos (una hora de trabajo arriesgada > una hora de trabajo no arriesgada). Por supuesto, los marxistas podrían tratar de encajar el concepto de riesgo dentro de su teoría del valor trabajo incluyéndolo en uno de los determinantes de los diferenciales de complejidad del trabajo: pero tengamos presente que, primero, eso es algo que Marx no hizo (se equivocó) y, segundo, que al hacerlo se abre la puerta a explicar la plusvalía capitalista por medios alternativos a la explotación.
Error 3. Aunque el factor trabajo fuera el único factor productivo y el coste marginal fuera constante, no se intercambiarán en plano de igualdad las horas de trabajo presentes por las horas de trabajo futuras. Las primeras normalmente se venderán con un mayor valor de cambio frente a las segundas (plusvalía).
Al igual que 100 horas de trabajo arriesgadas no se intercambiarán por 100 horas de trabajo no arriesgadas, tampoco hay necesidad de que 100 horas de trabajo presentes se intercambien por 100 horas de trabajo futuras.
Imaginemos un trabajador que produce una mercancía dedicándole 100 horas y que luego, otro trabajador, le propone comprársela a cambio de entregarle, dentro de 50 años, una mercancía que le costará producir otras 100 horas de trabajo. Ciertamente, nadie —o casi nadie— aceptará un intercambio en semejantes condiciones (mucho menos, cuanto más retrasemos la entrega futura de las mercancías). ¿Por qué? Porque el valor de cambio de 100 horas de trabajo hoy no es el mismo que el de 100 horas de trabajo mañana: normalmente, 100 horas de trabajo hoy valen más que 100 horas de trabajo mañana y, por eso, quienes quieran comprar mercancías hoy y (re)producirlas mañana tendrán que pagar un sobreprecio a aquellos trabajadores que se dediquen a producir y vender hoy sin comprar hoy: ese sobreprecio será la plusvalía (que, de nuevo, no necesitará de la presencia del capitalista).
Error 4. Aunque el factor trabajo fuera el único factor productivo y el coste marginal fuera constante, dedicar 100 horas a producir mercancías sin valores de uso (o con pobres valores de uso) sería desperdiciar 100 horas. Las horas de trabajo bien informadas se venderán sistemáticamente a un mayor valor de cambio que las horas de trabajo mal informadas.
Marx era bien consciente de que el tiempo de trabajo (socialmente necesario) solo determina el valor de cambio de las mercancías… si estas mercancías son útiles para los potenciales compradores. Un objeto inútil carecerá de valor de cambio, por mucho que cueste muchas horas de trabajo producirlo (este es el punto que muchos críticos de la teoría del valor trabajo de Marx no entienden adecuadamente).
Ahora bien, y esta es la metedura de pata de Marx, la utilidad no es algo que o bien se posea plenamente (100%) o bien en ninguna medida (0%): la utilidad es una cualidad de las mercancías que puede graduarse (nada útil, muy poco útil, poco útil, moderadamente útil, bastante útil, muy útil, extremadamente útil, imprescindible). Si las horas de trabajo incorporadas en mercancías inútiles computan al 0% y las horas de trabajo incorporadas en mercancías imprescindibles computan al 100%, ¿por qué no decir que las horas de trabajo incorporadas en mercancías poco útiles computan al 10%, 20% o 30%? O expresado de otro modo, ¿por qué negarse a reconocer que no tienen el mismo valor de cambio las horas de trabajo dedicadas a producir mercancías utilísimas que las horas de trabajo dedicadas a producir mercancías moderadamente útiles?
Como es obvio, en un mundo de información perfecta y completa, todos nos dedicaríamos a producir las mercancías más útiles posible. Pero en un mundo con información parcial e imperfecta, no sabemos cuáles son esas mercancías. Por consiguiente, las horas de trabajo que destinemos a producir mercancías no demasiado útiles se intercambiarán por un menor valor de cambio que las destinadas a producir mercancías muy útiles: esto es, los trabajadores mejor informados podrán intercambiar sus horas (informadas) de trabajo por una mayor cantidad de horas de trabajo (menos informadas) de otros trabajadores. He ahí, de nuevo, la plusvalía que puede generarse sin necesidad alguna de que haya un capitalista.
Error 5. En suma, ni siquiera en un mundo monofactorial y con costes marginales constantes, las horas de trabajo socialmente necesarias para producir una mercancía (sus valores) determinarán sus valores de cambio. Valor no se cambia por valor. Habrá horas de trabajo (homogéneas en complejidad) que se venderán sistemáticamente más caras que otras. No hace falta que haya capitalistas para que haya plusvalías.
En definitiva, en un mundo donde el único factor productivo fuera el trabajo, los valores de cambio no serían determinados por las horas de trabajo abstracto incorporadas en cada mercancía. Y es que las horas de trabajo arriesgado, presente e informado cotizarían a unos valores de cambio superiores que los de las horas de trabajo no arriesgado, futuro y desinformado: por tanto, y en apariencia, los primeros estarán apropiándose del trabajo de los segundos sin remunerárselo plenamente.
Pero eso es solo la apariencia: los segundos pagarían gustosamente a los primeros por disfrutar de los frutos de su mayor riesgo, espera e información, y lo harían entregándoles un mayor número de sus horas no arriesgadas, futuras y desinformadas (si no lo hicieran… ¡asumirían ellos mismos esos riesgos, esas esperas y esos costes de búsqueda de información!). Ni siquiera en un mundo monofactorial, pues, una hora de trabajo se intercambiaría exactamente por otra hora de trabajo. Y no se intercambiarían en plano de igualdad porque no todas ellas serían igual de valiosas. Al final, el valor —la utilidad marginal— manda sobre el tiempo de trabajo.

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