viernes, 15 de abril de 2016

¿Importa o no la desigualdad?

Guillermo Barba analiza la doble posición al respecto de la igualdad y la pobreza, y qué es lo que importa realmente. 
Artículo de Mises Hispano:
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Durante semanas recientes se ha dado un debate en medios en sobre el tema la desigualdad. Básicamente hay dos posiciones: la que afirma que ésta no tiene por qué ser un inconveniente sino la pobreza; y la que sostiene que la desigualdad sí es EL problema. Al respecto en este espacio explicaremos por qué la primera postura es la correcta, si lo que se quiere es mejorar los niveles de vida de la población, y no sólo imponer un criterio político de igualdad aunque los resultados sean negativos.
Es necesario distinguir entre desigualdad de riqueza, de ingreso y de gasto en consumo. Lo primero se refiere a lo que tenemos, lo segundo a lo que ganamos y el tercero a lo que gastamos. La mayoría por lo general se refiere a la desigualdad de ingreso aunque lo que haga la verdadera diferencia es la de consumo. En otro momento abundaremos al respecto.
Mientras tanto, aquí le digo que quien sostenga que la desigualdad es el problema de un país, al mismo tiempo está diciendo que si todos fuésemos “iguales”, dicho problema desaparecería. ¿Es así? Si aceptamos lo anterior, estaríamos admitiendo que aunque fuésemos muy pobres no tendríamos por qué quejarnos, ya que al ser iguales “no existiría” ningún problema.
Ante esta aberración algunos igualitarios se cubren las espaldas al hablar de corregir la “desigualdad de oportunidades”, como lo hace Gonzalo Hernández Licona, Secretario Ejecutivo del CONEVAL.
Suena bien, pero en el fondo la realidad es que se refieren en todo momento a aspirar a la igualdad económica, y en particular –otra vez- a la de ingresos. Él mismo lo exhibe al escribir en su artículo “La desigualdad sí importa” –publicado hace unos días en Reforma– que “Los conflictos más importantes tienen que ver con el hecho de que un grupo se lleva una tajada muy grande del pastel de manera sistemática y que el resto no tiene, en los hechos, esa posibilidad.”
Es obvio que los igualitarios no quieren la pobreza generalizada, sino que los que la producen lo sigan haciendo y, por la vía de la fuerza del Estado se les confisque parte de su propiedad para repartirla entre el grupo de “desfavorecidos”, que incluirá (¡faltaba más!) lo que el criterio de los políticos decida.
De nuevo, suena bien, pero el resultado de hacer eso es más pobreza, no menos, pues como veremos más adelante, eso desincentiva la creación de riqueza.
Hay países en extremo iguales pero pobres, y en cambio otros muy desiguales pero ricos ¿En cuál preferiría estar usted? Habrá quien responda que en un sitio intermedio y eso está muy bien.
El punto es que el universo de posibilidades igualitarias tiene dos extremos: o todos nos igualamos en la extrema riqueza, o en la miseria. El primer extremo es imposible porque no vivimos en el paraíso, donde la escasez no existe. El segundo en cambio sí es realizable.
Dicho de otra forma, no podemos ser todos Bill Gates, pero sí que podemos llegar a ser todos pobres.
La razón por la que las políticas igualitarias generan pobreza, es porque el mayor estímulo para la creación de riqueza es la libertad de apropiación y acumulación de lo ganado. Por eso si usted como trabajador o dueño de un negocio es castigado de manera progresiva –por la vía de más impuestos, obstáculos regulatorios, etc.- conforme gane más, el incentivo es a que prevalezca la mediocridad, la informalidad y/o a que se evada la ley. No avanzar, es lo mismo que retroceder.
Justo por eso la “igualdad de oportunidades” debe darse en una economía libre, donde cualquiera con una idea bastante buena pueda convertirse en empresario, sin importar si su origen es humilde.
Los empresarios son ante todo acumuladores de capital –el verdadero origen de la riqueza- cuya piedra angular es el ahorro.
No es casual que los países que han adoptado políticas de libre mercado sean las que hayan avanzado más en su desarrollo y con ello en la erradicación de la pobreza. China o Camboya durante las últimas décadas son dos simples ejemplos. A propósito, los actuales problemas de China tienen que ver con la intervención del gobierno para “estimular” la economía tras la crisis de 2008-2009. A la mala aprenderán que no debieron desviarse de su progreso hacia la libertad económica y la no-intervención.
De modo que las medidas coercitivas “à la Robin Hood” –para quitarle a los ricos y dárselo a los pobres-, tienden hacia el extremo miserable que aludimos, “jalan” hacia abajo. Las buenas intenciones no producen efectos deseables si se quebrantan las leyes de la economía.
¿Acaso no es suficiente ver lo que pasa en países como Venezuela, donde el control de precios se ha empleado hasta el hartazgo lo mismo que el ataque a los emprendedores?
Dondequiera que se ataque la generación de riqueza por medio de políticas confiscatorias y una mayor voracidad regulatoria, el capital saldrá huyendo junto con el crecimiento, incluso si se avanza en la igualdad… de pobres. Lo opuesto también es cierto: donde haya libertad y garantías a la propiedad, los capitales de todas partes llegarán a invertir y a hacer crecer, a pesar de que aumentara la desigualdad (algo que no necesariamente sucede).
Los propios países nórdicos que mucho se suelen citar como el paradigma de los igualitarios, han logrado su desarrollo con base en economías de mercado. El economista español Juan Rallo lo desarrolla muy bien en su artículo “¿Son los países nórdicos tan prósperos como se nos dice?”
Rallo subraya que con maña se esconde que en esas naciones “su economía se halla muy liberalizada, incluido el mercado laboral; que están entre las sociedades con una mayor desigualdad de la riqueza de todo el mundo; que los impuestos se concentran en los trabajadores y los pensionistas, no en las empresas o los capitalistas; que el gasto social es bastante menor de lo que suele afirmarse; o que su Estado de Bienestar se racionaliza a través de numerosos copagos y de un régimen de contratación de los empleados públicos muy flexible.”
Por si lo anterior fuera poco, lo que los igualitarios quieren –y no tan fácil verá que lo reconozcan-, es imponer su visión del mundo.
Pero como aquí hemos explicado, el camino de la coacción es justo el contrario al que hay que seguir. Debido a ello, no podemos estar de acuerdo con Gerardo Esquivel (que asevera que “reducir la desigualdad debería ser visto como algo deseable para todos”), pues más que un México igualitario lo que hace falta es tener un México libre. La libertad es la vía hacia la prosperidad.

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