viernes, 8 de abril de 2016

Refugio panameño

Adrià Pérez analiza la cuestión de los refugios fiscales, los "papeles de Panamá", la cuestión de la moralidad en relación con el pago de impuestos, la vulneración de derechos que se está produciendo y sus riesgos y la falta de distinción entre unos y otros casos. 

Artículo de Voz Pópuli: 
Cuando los efectos visuales, las estrategias efectistas y la apelación a la víscera sustituyen a un necesario debate, no nos extrañemos que se establezcan medidas cada vez más opresivas. La aparición en televisión y otros medios de los Papeles de Panamá acusando a todo aquel que tenía una sociedad offshore, sin distinguir los hechos, la procedencia de los patrimonios y su legalidad, ha sido un bochornoso espectáculo incriminatorio, al que sólo faltaban los barrotes sobreimpresionados en las imágenes para hacer más burdo un juicio sumarísimo que es más grave, si cabe, cuando procede de una parte de la sociedad civil.
Una de las críticas a los deportistas, escritores o cineastas señalados por los Papeles de Panamá es que deberían haber pagado la máxima cantidad de impuestos. El 'deber' implica un examen de conciencia sobre si realmente han de pagarse o no impuestos, y cuántos, un debate que choca frontalmente con la propia naturaleza de los impuestos, que se imponen. Por tanto, esa crítica es contradictoria: no cabe apelar a la voluntariedad para exigir que pague más, estamos en un terreno coactivo.
Si nos basamos en las leyes fiscales para establecer lo que es o no moral, estaremos imponiéndonos otro tipo de impuesto: es el Fisco quien nos expropia nuestra moralidad. Que, además, será tan cambiante como leyes fiscales consideremos. Es decir, si se aplica una reforma fiscal que reduzca el umbral de delito fiscal de 120 mil euros a 60 mil euros, ¿no sería contradictorio sentenciar que todos aquellos que dejaron de ingresar de 60 mil a 120 mil euros eran inmorales aun cumpliendo la ley fiscal de entonces? ¿Podemos clasificar de inmorales a personas dependiendo del territorio fiscal en el que se encuentren, pues tendrán diferentes normas fiscales? ¿Si se aplicara el famoso flat tax o impuesto de tipo único, y este fuera, por ejemplo, del 25%, significa que todos aquellos que pagaron más del 25% antes, fueron unos inmorales?
En ese sentido, son los políticos los que, bajo el paraguas de la democracia, blanquean la invasión fiscal a los asuntos personales de cada uno. Lo que ocurre es que la democracia, desgraciadamente, también permite (y ha permitido) la vulneración de derechos y no por ello se han vulnerado menos. ¿Acaso no hay leyes injustas? ¿Es imposible que las haya en un sistema democrático? ¿Por qué cabía la objeción de conciencia ante la imposición del servicio militar, y no la objeción de conciencia fiscal? ¿Por qué dejar de pagar determinadas cantidades al fisco recibe un trato penal y no así otras deudas?
El Estado no se encuentra en una posición moral superior para exigir a los ciudadanos que sean transparentes cuando a la más mínima oportunidad nos esquilma cuanto más mejor. Y no sólo en tristes episodios del siglo XX, con expropiaciones por ser judío, burgués, etc., sino en el XXI en Francia, que llegó a aplicar el impuesto sobre las fortunas del 75% (que luego se derogó), o con nuestro IRPF que puede llegar a apropiarse de la mitad de lo que uno gana. Desde luego, impuestos y moralidad no vienen de la mano, y dar facilidades a un Fisco voraz no es una estrategia prudente.
El pensamiento único suele sospechar de la búsqueda de privacidad u opacidad. Lógico pues la tributación no sólo tiene la función de sostener los gastos públicos sino el ser una herramienta para recoger información y poder clasificar a los miembros de una sociedad. Un control con raíces totalitarias para el cual se hace necesario llevar a cabo un escrutinio sistemático de todos los individuos. Esa transparencia exigida por las voces estatistas (ministros o académicos de la elevada imposición) o paraestatales (OCDE) es, en realidad, lo contrario a privacidad, a la independencia y a nuestra libertad, principios que deben existir si no queremos que la sociedad se olvide de que nuestro sistema de organización política puede recorrer, de nuevo, derroteros totalitarios como el siglo XX nos mostró a sangre y fuego.
Tampoco parece razonable limitar el movimiento de capitales y no el de personas. Es contradictorio que ante la crisis de los refugiados sirios algunos defiendan la libertad migratoria y que las personas crucen las fronteras, y que ante los Papeles de Panamá se rasguen las vestiduras y clamen por impedir que el dinero de las personas también pueda cruzar las fronteras... e incluso se presione para imponer las leyes nacionales en soberanías fiscales diferentes.
Suele decirse que los paraísos fiscales desvían riqueza hacia el exterior y por tanto nos empobrece. Pero lo que no se comenta es el efecto positivo de utilizar estas jurisdicciones. Existen varios estudios que resaltan lo que parece lógico: reducir la carga fiscal efectiva que soporta un agente económico a través de los refugios fiscales redunda positivamente en el negocio, lo que permite mayores inversiones y mayor actividad económica en el país con elevada tributación. Además, parece que cuanto más cerca estén los paraísos más se potencian sus efectos económicos positivos en los infiernos fiscales. Por no hablar de la minoración de las distorsiones que los impuestos crean en, por ejemplo, la presión a incrementar los precios de los productos, a reducir los salarios y otras remuneraciones...
Finalmente, ¿qué hay de los perjuicios de aquellos que han visto destripar sus datos privados y confidenciales y han sido señalados como a delincuentes? ¿Dónde está la moralidad de señalar con el dedo sin probar, justificar, las acusaciones? ¿Hay derecho a desprestigiar usando los focos de los medios de comunicación a miembros de la comunidad que han destacado por aspectos tan diferentes como ser grandes cineastas, escritores, deportistas, etc.? No distinguir a estos últimos de aquellos políticos o burócratas cuya fortuna puede ser de dudosa legalidad precisamente por el cargo que ocupan, es ser, desgraciadamente, coherentes con la naturaleza de los impuestos y los mega sistemas tributarios que soportamos: lo único que importa es que se paguen los máximos impuestos posibles, que unos hayan logrado construir su patrimonio honestamente o no, es lo de menos.  

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