sábado, 30 de abril de 2016

La abstracción

Daniel García-Pita sobre el vacío y abstracto discurso del gobierno "del cambio" repetido mil veces, en este caso por Pedro Sánchez. 


Artículo de ABC: 

Le hemos oído a D. Pedro Sánchez, hasta cien, mil, un millón de veces, su propósito de encabezar un gobierno del «cambio». De hecho, no recuerdo que haya dicho mucho más desde hace meses. Uno tiene derecho a preguntarse que es lo del «cambio». –El gobierno del «cambio» es una abstracción.

Eso está muy bien. El proceso hacia la abstracción, hacia lo universal, hacia el concepto y la idea es un paso adelante en el camino del conocimiento humano. D. José María Pemán, con su fino humor gaditano, consideraba que la abstracción había nacido en la selva africana el día en que unos indígenas vieron un hipopótamo en diferentes lugares y comprendieron que no se trataba del mismo ejemplar. Peman vinculaba la aparición de la abstracción con el nacimiento de la pedantería.

La abstracción es también instrumento de falsía y de manipulación. Desde Zenón con su falaz representación de la distancia y el tiempo –que impide que la flecha llegue al blanco o que Aquiles alcance a la tortuga– hasta la publicidad televisiva. Los anuncios ofrecen paisajes idílicos, hermosos caballos galopando en la playa o bebés sonrosados y sonrientes, que llevan indefectiblemente nuestro subconsciente a la idea de belleza, de libertad o de felicidad. De esta forma, cuando el consumidor llega al concesionario de automóviles, a la ferretería o a la farmacia, no compra solo un coche de alta gama, una olla exprés o unas pastillas contra la tos; adquiere belleza, libertad o felicidad. ¿Para que tomarse entonces la molestia de leer un aburrido folleto lleno de tecnicismos sobre las características del producto comprado?

Vuelvo a Sánchez. En política, la manipulación por el lenguaje es algo habitual, sobre todo en época de elecciones. Ya dijo el gran Talleyrand que la palabra es un don que se nos ha dado para disimular la verdad. No pretendo comparar a Sánchez con Talleyrand, pero con lo del gobierno del «cambio» le ha superado hasta extremos que hubiesen cambiado el curso del mismísimo Congreso de Viena. Si le dejan, cambia el orden europeo con la simple invocación al hipopótamo, quiero decir, al «cambio». –El gobierno del «cambio» es una simplificación didáctica del programa electoral que está justificada.
Soy plenamente consciente de que los candidatos están obligados a una labor didáctica de simplificación de los programas electorales que, como los folletos comerciales, son aburridos, repletos de declaraciones farragosas y con propuestas económicas, jurídicas y técnicas no siempre fáciles de entender.

Pero simplificar siempre ha sido cosa difícil y arriesgada. Exige un conocimiento muy profundo de la cuestión por parte del que simplifica, y un método que tiene como paradigma la eficaz sencillez de las parábolas evangélicas. Este no es el caso de Sánchez. Su «cambio» es una abstracción de muchas abstracciones que nunca explica, ni aclara, ni resuelve: «La inevitable reforma constitucional»; «la no menos inevitable modificación de la ley electoral»; «las nuevas políticas que reparen la devastación social del PP»; «el nuevo régimen federal de organización del Estado»; «el nuevo sistema de financiación autonómica».

Me pregunto: ¿En que consisten todas esas medidas?
La respuesta es siempre el silencio. La nada. Son abstracciones de la nada. Y la nada –aunque no es tarea fácil– se puede explicar, pero desde luego no puede ser el contenido de un programa electoral.

El «cambio» de Sánchez es un término vacío de contenido, que, o bien oculta sus verdaderos propósitos, o bien disimula la ausencia de propósitos concretos, o bien ampara determinados propósitos y sus contrarios, o todo ello a la vez, que es lo mas probable. El «cambio» desempeña en su discurso el mismo papel que el paisaje idílico, que el corcel blanco o que el bebé sonriente de los anuncios: una apelación al subconsciente del votante para alcanzar un progreso, una libertad y un bienestar, que no tienen nada que ver con la realidad. Como con Aquiles y la flecha de Zenón de Elea, el votante jamás llega al contenido de la propuesta que se le hace. –El gobierno del «cambio» es una nueva Transición y como tal, no necesita más explicación.

No hay el menor parecido. En la Transición estaban claros el punto de partida y el punto de llegada: una dictadura en decadencia evidente, y una democracia moderna como la de los países de nuestro entorno económico. No había confusión posible. El concepto no se prestaba a error. No había duda. No había mucho que explicar para que los españoles supieran de que se trataba.

Por el contrario, lo que ponen de manifiesto los ejemplos de la Grecia de Tsripas o del Portugal de la coalición de izquierdas, es que en Europa hay poco margen de «cambio» en política económica que es una de las dos cuestiones que más preocupan a los españoles. La economía se tiene que seguir ajustando a los parámetros impuestos por Bruselas. El margen de déficit se tiene que cumplir. El ámbito de negociación es mínimo. Sánchez lo sabe bien. Y en cuanto a la segunda gran cuestión en juego, la unidad de España, Sánchez no es sospechoso de ponerla en duda, pero tampoco es un mago que vaya a mover a los nacionalistas de donde no se han movido en más de un siglo, a pesar de un régimen de autonomía que les otorga mas competencias que cualquier fórmula federal conocida. Explicar el «cambio» como nueva Transición refuerza la confusión del discurso, no lo aclara.

–Hay otras políticas (observe, siempre en plural) que también interesan a electores y electoras. Esto es el gobierno del «cambio».

Si se refiere usted a la memoria histórica; a una educación más asequible aunque sigamos bajando puestos en el informe Pisa; a más subvenciones a películas sin espectadores; a un trato más paritario a la religión budista y al vudú haitiano; a un observatorio para protección de la garrapata autóctona; a un taller de cante jondo en el Congreso como el del día de Cervantes. En fin, a una política más progresista y más abierta…
Entonces, le doy la razón.

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