miércoles, 28 de febrero de 2018

El monstruoso alarmismo contra la modificación genética

Luís I. Gómez analiza el monstruoso alarmismo contra la modificación genética, basado en ideología y despreocupado por los hechos y la ciencia. 

Artículo de Disidentia: 
La madre naturaleza es bastante chapucera, no suele trabajar de manera muy precisa. Tomemos un ejemplo: antes de cada división celular, el ADN del material genético debe duplicarse, de lo contrario se perdería información con cada división. Esto ocurre en la llamada “fase de síntesis” del ciclo celular entre dos divisiones celulares a una velocidad de, digamos conservadoramente, alrededor de 1000 enlaces de nucleótidos por segundo, lo que es bastante rápido y, por lo tanto, causa errores. Estos errores (“mutaciones espontáneas”) generalmente son identificados por las células y existen mecanismos para “repararlos” en un segundo paso.
Sin embargo, esta reparación no es total, por lo que cada “descendiente” presenta entre 50 y 100 de esas mutaciones que lo hacen diferente de sus “progenitores”. Evidentemente, estos procesos afectan a todos los seres vivos, incluidas las plantas. De lo contrario no existirían los cultivos, pero tampoco la biodiversidad o, si me apuran, la evolución.
En el caso de las plantas existen además otros mecanismos asociados a la aparición de nuevas especies. En primer lugar, no hay barreras para el polen. El polen de la mayoría de las plantas se distribuye mediante mecanismos arbitrarios: polinización por insectos o aves y el viento hacen que la herencia genética de una planta pueda “caer” en cualquier sitio. Si la planta receptora es de alguna manera compatible, del cruce casual puede surgir una nueva especie, como la colza, que es un cruce natural entre la col silvestre y la planta crucífera Nabina.
El monstruoso alarmismo contra la modificación genética

Rodeados de mutantes

Cuando los genomas no son compatibles, los híbridos de nueva creación recurren a un truco genético duplicando los respectivos genomas, lo que permite la formación de gametos fértiles. En el caso de nuestro trigo esto ha sucedido incluso dos veces: primero por hibridación de dos gramíneas, dando lugar a un tetraploide – es decir, equipados con cuatro juegos completos de cromosomas – llamado trigo duro.
Más adelante se unió a la orgía evolutiva una herbácea con su genoma y apareció nuestro trigo superfértil, un hexaploide con seis juegos de cromosomas. De tres genomas diferentes apareció una nueva especie. Hace más o menos diez mil años algunos humanos inteligentes se dieron cuenta de los beneficios de esa nueva especie, y aprendieron no solo a usar ese trigo, sino que fueron tan valientes que intentaron “imitar” lo que habían observado con el fin de conseguir mejores especies vegetales.
Efectivamente, tuvimos que esperar mucho tiempo hasta el descubrimiento de las leyes de Mendel, pero el cultivo científico y la mejora de las plantas que usamos para alimentarnos no ha cesado hasta llegar a nuestras variedades modernas de alto rendimiento.
¿Qué aprendemos de todo esto?: la Madre Naturaleza no respeta nuestras inmovilistas definiciones de lo que constituye una especie y lo que no, y además le encanta ir más allá de los límites de una especie para, sí, lo han adivinado: evolucionar. Podríamos decir que el verdadero motor del reino vegetal es la promiscuidad. Nuestras plantas son eminentemente promiscuas y lo prueban todo, lo que funciona y lo que no. Lo que no funciona, se olvida y desaparece en el pozo de la inadaptación. Lo que funciona puede convertirse en una nueva especie de planta que no existía antes.
Las mutaciones son, por lo tanto, perfectamente naturales y, como se sabe desde hace tiempo, un elemento esencial de la evolución. Es por eso por lo que las mutaciones espontáneas o inducidas están excluidas de las leyes que regulan la Ingeniería Genética en Europa. Y por esa misma razón, términos como “ADN extraño” o “gen alienígena”, que tanto les gusta usar a los oponentes de los “Organismos Genéticamente Modificados” (OMG), de alguna manera suenan como aquellas rancias leyes de la raza de la Nuremberg nazi.
Desde hace ya algunos años, y con la aparición de las técnicas de „edición del genoma” disponemos de métodos de biología molecular para la modificación dirigida del material genético de plantas, animales y humanosCRISPR / cas y TALEN son dos técnicas que se derivan directamente de la comprensión de los procesos naturales. Con estos métodos, es posible generar mutaciones específicas, siendo importante remarcar que estos cambios genéticos en el genoma no difieren de los generados en procesos naturales.
Aquí, la naturaleza peculiar de la argumentación de los eco-alarmistas se vuelve manifiestamente irracional: dado que las mutaciones espontáneas o clásicamente inducidas por, por ejemplo, la radiación ionizante o por ciertas sustancias químicas ocurren aleatoria e indirectamente, se consideran “naturales” y, por lo tanto, “seguras”. Pero si un científico creativo se da cuenta de cómo funcionan los mecanismos por los que una variante mutada de una planta mejora su resistencia frente a un agente patógeno y aprovecha este conocimiento para mejorar una especie cultivable, entonces estamos ante algo “antinatural” que debe estar sujeto a una regulación especial o incluso la prohibición.

La invasión de los mutantes

Otra propiedad de nuestras plantas que contribuye a su evolución es que se trata de “sistemas abiertos”. Piensen en sus estomas, a través de los cuales normalmente capturan CO2 y liberan O2, y que suponen un flanco abierto para los microorganismos de todo tipo. Estos no sólo se acomodan en la superficie de las plantas, pueden colonizar su interior.
El monstruoso alarmismo contra la modificación genética
Como las plantas carecen de un sistema inmunitario comparable con el nuestro (ellas regulan estas cosas de manera diferente a través de sus metabolitos-tóxicos- secundarios), los virus, las bacterias, los hongos, las algas o incluso los insectos pequeños campan a sus anchas en su interior. Siempre y cuando estos invasores mutantes no causen ningún problema, los humanos les llamamos “Mutualistas”. Si son dañinos, les llamamos patógenos o parásitos, pero si son útiles, entonces los elevamos a la categoría de simbiontes. ¿Y eso es todo?
La proximidad física de las células vegetales y los microorganismos puede incluso provocar que las células vegetales no solo incluyan el ADN de los microorganismos en su entorno inmediato, sino que lo utilicen en su propio beneficio. Algo similar debió haber ocurrido hace unos 8.000 años con la patata, cuando hasta cuatro dotaciones genéticas bacterianas se integraron funcionalmente en el genoma del boniato y dieron forma a una planta cultivable. Esta invasión mutante es un magnífico ejemplo de transferencia horizontal de genes.

El ataque de los clones

Otra peculiaridad de las plantas es que muchas células vegetales tienen la propiedad de “totipotencia”, es decir, pueden regenerar órganos enteros a partir de partes vegetativas. ¿Quieren un ejemplo? Si coloca ramas de sauce o avellano en un jarrón, después de unos días verá aparecer raíces en las partes más bajas de la ramita, de manera que usted podrá plantar en el suelo la ramita cortada.
Acaba usted de culminar con éxito una “clonación”, algo que se viene practicando hace siglos, aunque el término pueda perturbar todas las almas ecologistas ahí fuera. Por cierto: todas las variedades de frutas que ustedes conocen se conservan y multiplican mediante este sistema. Lo verdaderamente interesante del asunto es que si una de las células a partir de la cual se produce esta regeneración (clonación) lleva una mutación o ha incorporado ADN bacteriano en el genoma, esta propiedad se transfiere a la descendencia sexualmente reproducida. Y todo ello sin necesidad de que ningún malvado científico al servicio de los intereses de una multinacional intervenga en el proceso.
Y esas son, entre otras, las razones por las que afirmar que un OGM es: “un organismo cuyo material genético ha sido alterado de una manera que no ocurre en condiciones naturales por cruzamiento o recombinación natural”, no es sostenible desde lo que la ciencia nos enseña hoy. La naturaleza, en sus prisas chapuceras, ¡ya lo ha probado todo!
Prohibicionismo post-factual
El movimiento anti-OMG nace de una ideología basada en la perpetuación de una cultura prohibicionista, radicalmente conservadora, aunque disfrazada de progreso, en absoluto preocupada por los hechos. Para lidiar con esa flagrante incompetencia en este mundo de hechos alternativos, y desde mis muchos años de experiencia, les doy un consejo de esos “gratuitos”: desconfíe siempre frente a cualquier cosa que los ecologistas prediquen.
Si los ecologistas están a favor de algo, agricultura orgánica, homeopatía o antroposofía, tenga mucho cuidado y no dude en aplicar racionalmente el principio de precaución: sea prudente y escéptico. Si los ecologistas quieren prohibir algo, entonces puede asumir justificadamente que el objeto de su obsesión prohibicionista puede ser perfectamente inocuo, puede incluso tener aspectos buenos o positivos. Infórmese y sea crítico.
Debemos exigir de la política y de la prensa que alimenta el mainstream que reconozcan los resultados de la ciencia y se fundamenten en ella. No podemos ofrecer nuestro conformismo a corrientes de pensamiento o medidas legales nacidas desde la pereza populista, las mentiras postmodernas y las tergiversaciones de ecologistas y sus mendicantes ONG’s asociadas.
Por cierto, también necesitamos una discusión fundamental sobre el papel de estas organizaciones, a menudo eufemizadas como “sociedad civil”. Se han vuelto incontrolables porque han aprendido que intimidar a sus oponentes a través de campañas de difamación da resultados. Ningún político se atreve a enfrentarse a ellos. Pero ese es otro tema.

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