martes, 17 de abril de 2018

El arte subvencionado (II)

Segunda parte del artículo de Antonio Escohotado "El arte subvencionado".

Artículo de Libertad Digital: 
Representación de 'Esperando a Godot' de Samuel Beckett (1956) | Cordon Press
Imponentes como faros académicos, Althusser, Derrida y Foucault fueron también los únicos dispuestos a reconocer que su vocación docente alternó con un hábito tan embarazoso como no disfrutar leyendo a otros, pues desde la adolescencia al fin de sus días padecieron ataques de desasosiego cuando trataban de estudiar más allá de algunos minutos. Lo sabemos por ellos mismos, gigantes de la franqueza en un medio tan castigado por la crisis vocacional como la Universidad contemporánea, donde ni enseñar ni aprender generan un entusiasmo parecido al que venía observándose desde la baja Edad Media.
Las cosas se aprecian atendiendo a su propia escasez, y con la democratización de los estudios superiores cundió también un desánimo investigador. Algo análogo cabía esperar en el campo de las vanguardias experimentales, donde ismos indiscernibles de modas -lo bastante cutáneos como para cumplirse siendo "lo último"- parecían llamados a sufrir una crisis inversora paralela al retroceso de la propia esperanza totalitaria, y el público a recobrar una espontaneidad suspendida por la amalgama de ideología y propaganda. No obstante, Arco ha logrado competir en espectadores con retrospectivas de pintura o estatuaria, por ejemplo, y el consumidor actual se ha revelado más en vez de menos dócil ante formas artísticas como la instalación, donde el goce estético depende de méritos ocultos para quien no sepa esto o lo otro sobre el instalador.
Ciñéndonos a la esfera literaria, mirar más detenidamente este tipo de arte pone de relieve también lo contrario de alguna banalidad estacional, porque el experimentalismo puede rodearse de extravagancias pasajeras, pero vuelve una vez y otra a la concepción del mundo que le vio nacer, donde lo sustantivo resulta ser una humanidad victimizada. El irlandés Samuel Beckett (1906-1989), instalado desde 1928 en París, fue el coloso en este orden de cosas, y quizá el único anticapitalista ortodoxo no dispuesto a anclar todo en el fetichismo de la mercancía, apuntando a lo patético de consentirnos el "no puedo seguir, seguiré". Así termina una de sus primeras obras, y en la última leemos que "la desdicha es lo más cómico, aunque dejamos de reír como con los chistes oídos demasiadas veces".

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Sartre con Che Guevara

Para Beckett la "revelación" fue "crecer en empobrecimiento, restando en vez de añadir", y no se equivocó pensando que tendría buena acogida su propuesta de ver "una estupidez no estúpida en mi interés por la ignorancia y la impotencia". Dicho interés evocó situaciones y expresiones "anonadadas por el fracaso, el exilio y la pérdida", mediante tramas sin peripecia y protagonistas sin entidad, acordes con un proceso de purificación por simplificación que comienza con los cuatro figurantes de Esperando a Godot y termina en la pareja de Fin de partida; los primeros deambulan por un escenario vacío, y el movimiento de los segundos se reduce a asomar o no la cabeza, pues cada cual vive en un cubo de basura.
Por entonces su vecino y colega Sartre cavila sobre una existencia condenada al "viscoso borboteo orgánico", donde echa de menos "más elegancia geométrica". En los años 50 experimenta lo equivalente a la revelación de Beckett preconizando "la venganza infinita del ex colonizado", y tras sugerir pioneramente el secuestro de aviones descubre en Guevara al "superhombre moderno". Enclenque y bizco, su exterior contrasta con el de un Beckett atlético y apuesto, cuyos ojos glaucos rematan la impresión de vikingo indomable por rectitud y firmeza. No obstante, ambos tienen en común ser perfectamente ajenos a lo que Camus y Jünger detectan en la nueva posguerra: una Europa ya no realimentada por rencores nacionales y postración económica.
Sobre Esperando a Godot dijo un crítico que "por primera vez el público queda pegado a la silla aunque no suceda nada durante ninguno de sus dos actos", por más que esto solo empezara a resultar cierto tras el reconocimiento de diversos medios, culminados por la Academia Sueca. Durante el estreno -tanto en París como en Londres- hubo desfile masivo de público, acompañado por pitos y abucheos. Ni Shakespeare ni Moliére hubiesen podido vivir de ponerla en escena, y que siga representándose remite al gusto dirigido, hecho a subvencionar música dodecafónica lo mismo que cine y teatro ideológicamente "comprometido".

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Samuel Beckett en 1961

La justificación del Nobel a Sartre fue "una obra rica en ideas, colmada por el espíritu de la libertad y la búsqueda de la verdad", y la del mismo galardón a Beckett poco después en "lograr que la privación (destitution) del hombre moderno adquiera su elevación". Hasta qué punto perviven estas razones lo confirma premiar entre otros a Coetzee en 2003, "por su implacable crítica del cruel racionalismo y la moralidad cosmética de la civilización occidental". Racionalismo y Occidente son temas proverbialmente filosóficos, y cabía esperar que Coetzee fuese un filósofo de la historia, pero el jurado añade sus dos adjetivos –"cruel", maquillaje"- estimulado por una novela, cuyo protagonista resulta ser un profesor sudafricano blanco, expulsado del gremio por seducir con malas artes a una alumna "especialmente vulnerable". Refugiado en la granja de una hija, a duras penas sobrevive al asalto de tres vecinos negros -pues le prenden fuego además de violar a la dama-, aunque ambos renuncian a denunciarles por "culpa colonial". Todos son en realidad víctimas.
Si no me equivoco está por actualizarse una historia económica de las colonias, que nos acerque a la proporción de capital instalado y humano exportada por sus metrópolis, comparándolo con el devuelto en materias primas desde las sucursales. De hecho, el mero proyecto de investigación podría perseguirse por racista, islamófobo, machista e inductor de odio, pues las instituciones decidieron olvidar que la raza blanca no fue quien inventó la esclavitud sino quien la derogó, y que su civilización es también el único garante del cruce racial consentido, a través de matrimonios voluntarios en vez de dictados por terceros como compraventas. Es Oriente, no Occidente quien ignora los derechos humanos.
Que la culpa colonial es de todos, pero ante todo de nadie, lo muestra un trasfondo común de culturas destacadas por cohesión interna y eficiencia externa -como la islámica hasta el siglo XII-, cuyos protagonistas actuaron de modo libre y al tiempo condicionado. De occidentales partió pensar que la independencia inaugurará justicia y prosperidad, cosa cumplida en Norteamérica y Singapur, aunque no en Haití y Guinea. La perspectiva sartriana del asunto contribuyó a lograr que en África y Oriente Medio resurgieran genocidios tribales, corrupción, tiranos y hambrunas. Si se prefiere, odiar al inglés -como algunos mexicanos al español- sumiría a los norteamericanos en una inopia análoga a la del indigenismo actual, simple reflejo por su parte de las devastaciones neurales unidas al resentimiento como brújula.
Lo curioso y a la vez previsible es que académicos de la superdesarrollada Suecia presidan el bloque no dispuesto a deslindar cuentos de hadas y masacres, arte subvencionado y autónomo, gusto promovido y promoción del sentido crítico. Su fallo inicial, ocurrido en 1901, descartó la propuesta de Tolstoi por "la amalgama de corazón e intelecto" de Sully Prudhomme, un poeta vanguardista de la escuela parnasiana; pero también premió a Camus en 1957, cuando pocos conocían su obra, demostrando de paso que ningún grupo de presión puede considerarse decisivo, como pretende el conspiranoico. Lo real parte siempre de ramificar fuentes complejas, y cada uno decidirá si el nexo del experimentalismo con el victimismo es substancial o circunstancial.
En cualquier caso, de una clase trabajadora condenada en teoría a morir de hambre acabamos desembocando en el desfavorecido, una categoría donde caben no solo mutilados, disminuidos e indigentes, sino el dispuesto a pedir sin dar y a recibir con ingratitud. No es políticamente correcto exaltar la fortaleza moral, aquella combinación de amor propio y respeto por el vecino que corta la tendencia infantil a servirnos de los demás como si fuesen perchas, y basta por eso aderezar esa tendencia con tintes victimistas para transmutarla en logro estético.
Por otra parte, crecer en autonomía y recursos no es la responsabilidad de individuos y grupos porque lo imponga el favorecido, sino porque el reino físico no respeta dogmas ni campañas de imagen, y ningún parasitismo logrará recortar la intemperie natural. Como si cambiar de vestimenta cambiara el clima, el ánimo que abogó por la eugenesia totalitaria asume hoy el derecho a diferencias excluyentes; pero virtud y concordia no dejarán de ser iniciativas paralelas, y un arte libre de subvenciones ideológicas es hoy ni más ni menos viable que medios de comunicación realistas en vez de amarillistas. Quien quiera vivir alegre lo tiene asegurado si sirve a los demás, aprendiendo y ejerciendo algún trabajo experto.

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