martes, 9 de junio de 2015

¿Por qué el Impuesto a las Herencias es Nocivo para la Economía?

Manuel González se hace eco de un artículo de Greg Mankiw donde se muestra por qué el Impuesto a las Herencias es nocivo para la economía y el conjunto de ciudadanos y por qué no solo afecta a los que supuestamente se dice que afectará. 

Además, se describe por qué no solamente es nocivo sino además enormemente injusto, mostrando por último un listado de países que lo han eliminado acertadamante. 


Artículo de Economía en Jeep:

En un post anterior comparaba la propuesta del impuesto a las herencias de Ecuador con países como Estados Unidos y Bélgica. En el post en mención sólo hice un análisis positivo. Allí nunca argumenté por qué económicamente este impuesto es considerado nocivo para el desempeño económico de un país. En este post describo los mecanismos.

Mi argumentación es simplemente el extracto de una traducción mía de un discurso de Greg Mankiw, Profesor y Director del Departamento de Economía de la Universidad de Harvard, al Congreso de Estados Unidos cuando era jefe del Consejo de Consultores Económicos del Presidente George W. Bush. Al final también proporciono una lista de países que han eliminado el impuesto a las herencias. (Punto de orden: Cuando Mankiw se refiere al patrimonio, se está refiriendo a las herencias.) Sugerencia: Si no quieren leer la parte económica, vayan al ejemplo que Mankiw relata en los cuatro últimos párrafos. Es genial.


El debate sobre el impuesto al patrimonio ilustra algunos principios económicos generales que son relevantes para muchas áreas de la política tributaria. Me centraré en dos en particular. El primero es el impacto distributivo de los impuestos -quién gana y quién pierde. El segundo se refiere a los efectos de los cambios fiscales sobre los ingresos del gobierno (Comentario mío: esta parte no la voy a transcribir en este post). Creo que, a lo largo de ambas dimensiones, la discusión pública y el análisis oficial del impuesto al patrimonio son a menudo fundamentalmente incorrectos.

Muchos de los problemas se derivan de un hecho sobre el que todos los economistas están de acuerdo: los impuestos afectan el comportamiento de las personas. Estas respuestas conductuales tienen implicaciones sobre la forma en que se distribuye la carga del impuesto y sobre los efectos de un cambio de impuestos sobre los
 ingresos fiscales. Estas implicaciones, sin embargo, son a menudo ignoradas.

Incidencia (Comentario mío: Esto es, ¿sobre quién recae el impuesto?)

Permítanme comenzar con el tema de la incidencia. Los defensores del impuesto al patrimonio a menudo afirman que se trata de un impuesto altamente progresivo. Sin duda, de hecho el impuesto se aplica sólo al 2 por ciento más alto de las propiedades. A partir de este hecho, los defensores del impuesto afirman que la carga del impuesto recae sólo en el 2 por ciento más rico de los estadounidenses.

Si se mira más de cerca este argumento, se verá que se apoya en una especial, y creo insostenible, teoría de incidencia fiscal. Este argumento es coherente sólo bajo el supuesto de que la carga del impuesto al patrimonio recae únicamente sobre la persona fallecida. En otras palabras, este argumento tiene sentido si solamente el rico muerto recibe el impacto fiscal. Cuando se incluye impuestos sobre el patrimonio en los análisis oficiales de distribución, esto es precisamente lo que se supone. Este supuesto es fácil y obvio para los analistas de impuestos, ya que, por ley, es sobre los bienes del difunto que recae la carga del impuesto.

Este enfoque, sin embargo, refleja una teoría sobre incidencia fiscal que la profesión económica ha repudiado durante al menos un siglo. Los análisis oficiales de distribución lo rechazan en muchos otros escenarios. Sabemos que los impuestos no se quedan donde el Congreso los pone.

En términos técnicos, la incidencia económica de un impuesto no coincide con la incidencia estatutaria. Quién asume la carga de un impuesto depende de los fundamentos económicos subyacentes, no es quien gira el cheque al gobierno. Por ejemplo, cuando el gobierno le pone un impuesto a las compañías de vehículos la carga recae no sólo sobre los accionistas de la compañía. También recae sobre los compradores de vehículos y trabajadores de esas empresas, y muy probablemente sobre los consumidores y trabajadores de otras industrias.
Los estudios de incidencia de impuestos reconocen este principio de múltiples maneras. Los economistas que preparan cuadros de distribución no hacen caso,sabiamente, a las declaraciones del Congreso sobre quién paga el IVA (los vendedores). En su lugar, estos economistas siempre asumen que la carga del IVA recae en los consumidores. Del mismo modo, estos economistas ignoran las declaraciones del Congreso sobre que la carga de las contribuciones de Medicare al Seguro Social se divide en partes iguales entre empleadores y empleados. En su lugar, generalmente asumen que la carga recae enteramente sobre los empleados. Aunque estas conclusiones acerca de dónde recae la carga tributaria pueden no ser exactamente correctas, son conjeturas razonables sobre la base de fundamentos económicos sólidos.

Desafortunadamente, las mismas ideas no se han aplicado al impuesto al patrimonio. ¿En qué circunstancias el impuesto al patrimonio en realidad recae sólo sobre la persona fallecida? Eso sucedería si el impuesto impulsó al difunto a reducir consumo durante su vida para que pudiera satisfacer la obligación tributaria, sin disminuir los legados después de impuestos que deja a sus seres queridos. En otras palabras, el impuesto al patrimonio tendría que reducir el consumo de toda la vida y promover la acumulación de bienes. (Comentario mío: esto es contraintuitivo, como Mankiw afirma a continuación.)

Sólo el hacer esta afirmación ya arroja dudas sobre ella. Una regla general aceptable es que cuando se pone impuestos a una actividad, se obtiene menos de ella. El impuesto al patrimonio hace que construir un patrimonio sea menos atractivo, y probablemente reduce el tamaño de las herencias. Las investigaciones empíricas confirman que, de hecho, el impuesto al patrimonio reduce la cantidad que los difuntos acumulan y transmiten a sus herederos. Como primera aproximación, tendría más sentido distribuir la carga del impuesto a los beneficiarios de la herencia y no a la persona fallecida.

¿Qué pasaría si se asignara la carga del impuesto al patrimonio a los herederos en lugar de a los difuntos? A primera vista, se podría pensar que no va a haber mucha diferencia. Después de todo, ¿no son los hijos de los ricos, ricos?

Resulta que la respuesta es "no siempre". Varios economistas han dado una mirada cuidadosa a esta difícil cuestión usando una variedad de bases de datos y enfoques metodológicos. Sus resultados son más o menos similares. La correlación entre la riqueza de generaciones sucesivas es de alrededor 0.4 o 0.5. Incluso si se añade herencias, la cifra aumenta a sólo alrededor de 0.7. Esto no es en absoluto una correlación perfecta. Y la correlación es mucho menor cuando nos fijamos en la relación entre abuelos y nietos, y, probablemente, más pequeña aún si tenemos en cuenta sobrinos, sobrinas y otros herederos posibles. La conclusión es que a medida que nos alejamos de la hipótesis estándar de que todo el peso del impuesto recae sobre los difuntos, el impuesto parece mucho menos progresivo de lo que se podría haber pensado.

Pero esta desviación del supuesto estándar, tan espectacular como sus implicaciones pueden ser, es sólo el comienzo de la historia. El impuesto al patrimonio es un impuesto sobre el capital. Como tal, uno esperaría naturalmente que desaliente la acumulación de capital. Ahora, si a esto se añade el hecho de que un menor stock de capital reduce la productividad y los ingresos laborales de toda la economía, la implicación es clara: la derogación del impuesto al patrimonio estimularía el crecimiento y aumentaría los ingresos para todos, incluso aquellos que nunca reciben una herencia.

El trabajador promedio tiene pocas razones para saber que su cheque semanal es menor debido a la existencia del impuesto al patrimonio. Él nunca podrá darse cuenta de que lleva una parte de la carga del impuesto al patrimonio. Pero estos efectos sutiles, indirectos, están en el corazón de cómo funcionan las economías. Dar a este trabajador (o, al menos, a sus representantes electos) esta información es parte importante de la responsabilidad profesional de un economista.

Las fallas en el análisis de la distribución del impuesto al patrimonio se aplican también a los análisis de impuesto sobre la renta del capital en general, incluido el impuesto sobre sociedades y la tributación de las ganancias de capital y dividendos en el marco del impuesto sobre la renta individual. La carga de estos impuestos casi siempre se supone que recaerá sobre los dueños del capital. La carga que recae sobre la mano de obra es generalmente ignorada.

Las limitaciones de los datos y limitaciones de recursos hacen que el análisis de incidencia aplicada sea muy difícil, y no pretendo insultar a quienes realizan esta importante tarea. Pero quiero hacer hincapié en que las tablas de distribución producidas por los analistas fiscales y reproducidas en los periódicos se basan a menudo en análisis económicos errados. En particular, los enfoques estándar (Comentario mío: del SRI, gobierno, y asambleístas) sesgan de forma sistemática el análisis haciendo que la imposición sobre el capital sea más progresiva en apariencia de lo que es en realidad.

Ingresos Fiscales

(Comentario mío: No reproduzco este tema aquí.)
Equidad: De Vuelta a lo Básico

Volvamos a donde todo comenzó: la noción de que este impuesto al patrimonio es un buen impuesto porque es un impuesto justo. He argumentado que cuando hacemos hipótesis realistas sobre las respuestas de comportamiento, esta afirmación no se sostiene. Pero déjenme ir más allá de estos argumentos económicos. Creo que, con base en el principio de equidad horizontal, el impuesto no es en absoluto un impuesto justo.

Déjenme explicarlo. Consideren la historia de dos hermanos gemelos -Derrochador Sam y Precavido Frank. Cada uno inicia una empresa "puntocom" después de la universidad y vende el negocio unos pocos años más tarde, acumulando 10 millones de dólares para vivir el resto de su vida. Sam vive la gran vida, disfrutando de vacaciones caras y haciendo grandes fiestas. Frank, por su parte, vive más modestamente. Él mantiene su fortuna invertida en la economía, con la que financia la acumulación de capital, las nuevas tecnologías y el crecimiento económico. Él quiere dejar la mayor parte de su dinero a sus hijos, nietos, sobrinos y sobrinas.

Ahora pregúntense: ¿Cuál de los dos millonarios debería pagar más impuestos? Parece natural que ambos deban hacer frente a la misma carga fiscal. Ambos empezaron la vida con los mismos recursos. ¿Qué noción de equidad sugiere que deban enfrentar diferentes cargas fiscales? ¿Qué principio de justicia social dice que Frank deba ser penalizado por ser precavido? Ninguno, que yo sepa.

Hace varios años el libro The Millionaire Next Door estuvo en las listas de best sellers con el mensaje que hacerse rico es más frecuentemente el resultado de paciencia que de buena suerte. Investigaciones recientes sugieren que esto es precisamente correcto. Si una persona llega a la vejez rico o pobre depende principalmente del porcentaje de sus ganancias que ahorró -no de la cantidad total de ingresos que hizo en su vida. Esto significa que la mayor parte de la carga del impuesto sobre el patrimonio no recae sobre aquellos que han tenido suerte en la vida, sino en aquellos que han sido precavidos. En otras palabras, cuando el gobierno grava tu patrimonio, está, literalmente, poniéndole un impuesto a tu paciencia.

Los países en donde se ha eliminado el impuesto a las herencias son:

  • Australia
  • Austria
  • Canadá
  • Hong Kong
  • India
  • Israel
  • Nueva Zelanda
  • Noruega
  • Rusia
  • Singapur
  • Suecia

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