jueves, 3 de mayo de 2018

Cuando la izquierda dejó de compadecer a los delincuentes

José Augusto Domínguez analiza el funcionamiento mísero de la política, en función según qué interese, respecto a las penas y juicios y el tratamiento de victimas y verdugos, a raíz de la sentencia de "la manada". 
Una de las mayores frustraciones de mi niñez (con el paso del tiempo lo fui entendiendo todo) era asistir al poco edificante espectáculo que la izquierda intelectual y política montaba una y otra vez tras cada horrendo crimen (terrorismo, pederastia, asesinatos en serie, violaciones…): odia el delito y compadece al delincuente, no se puede legislar en caliente, los criminales son víctimas de la sociedad, las penas deben estar orientadas a la reinserción, exigir justicia es propio de sociedades atrasadas, no debemos dejarnos llevar por la venganza reclamando cadena perpetua o cumplimiento íntegro de las penas... Ante todo y sobre todo se trataba de preocuparse por los derechos del asesino de turno y despreciar y ningunear los de la víctima. Teníamos, se presumía de ello, el sistema más garantista de Occidente.
La cima de este buenismo, una manera de estar en el mundo extensible a una parte no minoritaria de la sociedad, la alcanzó hace apenas unas semanas el periodista Ignacio Escolar cuando, nada más conocerse que el niño Gabriel Cruz había sido asesinado por Ana Julia Quezada, su madrastra dominicana, cogitó: “Lo que estamos leyendo en redes sociales es un discurso de odio que creo que está azuzado por tres motivos: porque, además de ser una presunta asesina, es una mujer, es una inmigrante y es negra”. Y añadió que está en contra “de la cadena perpetua y del populismo punitivo y a favor de los derechos humanos. Hasta los peores criminales tienen derecho a un juicio justo y a la presunción de inocencia”. Eso era lo que le preocupaba.
Estas declaraciones causaron cierto escándalo (el cadáver del pobre niño estaba aún caliente), pero no se puede decir que no estuvieran perfectamente insertadas en la tradición progre del tratamiento a víctimas y verdugos que hemos venido padeciendo en las últimas décadas.
Sin embargo, esta infame trayectoria de preocupación por los delincuentes se truncó ayer a propósito de la sentencia del caso La Manada, el juicio por la supuesta violación a una chica en los sanfermines de 2016. Dos magistrados calificaron los hechos como abuso sexual y no como agresión e, incluso, hubo un voto particular de un tercer magistrado que directamente solicitaba la absolución de los acusados.
Y la ola de indignación se desató por toda España. Una indignación, eso sí, muy bien encauzada políticamente. No se podía dejar pasar (muchas de las concentraciones estaban convocadas incluso antes de que la sentencia saliese a la luz) tan golosa oportunidad de instrumentalizar partidistamente un caso que reforzaba esa dialéctica, tan cara a la izquierda, de una sociedad en permanente lucha de hombres contra mujeres. El heteropatriarcado.
Aquí lo de menos es la cuestión técnico-jurídica. Lo de menos es analizar si los hechos, con el Código Penal en la mano, suponen violencia o intimidación y, por tanto, agresión sexual (violación en este caso por haber existido un acceso carnal por vía vaginal, anal o bucal) o abuso sexual por prevalimiento (el ejercicio de una superioridad manifiesta que permitió a La Manada obtener un consentimiento viciado de la víctima). Lo de menos es estudiar el voto particular del magistrado que pide la absolución de La Manada porque entiende que los hechos prueban que se produjo un consentimiento por parte de la chica. Lo de menos, en fin, es preguntarnos como sociedad qué le puede llevar a una chica de 18 años a vagar sola en plena madrugada por una de las fiestas con más antecedentes de agresiones y abusos sexuales a mujeres.
Aquí lo de más es la carnaza política. Salirnos del caso en concreto y extrapolar que las mujeres viven oprimidas por el machismo, que extiende sus tentáculos por toda la sociedad, con la justicia a la cabeza, claro. Una sociedad que se divide entre quienes defienden a las mujeres, la izquierda, y quienes defienden a los violadores, el resto.
Así, uno de los referentes podemitas, el rapero Pablo Hasel, recientemente condenado por enaltecimiento del terrorismo, decía lo siguiente: “Que nadie se lleve las manos a la cabeza cuando una mujer, harta de tanta injusticia, le prenda fuego a un violador, lo raje o le pegue cuatro tiros.  ¿Qué otro camino dejan? Sería autodefensa para que no puedan violar a más”.
Y así todo. Con los miembros de La Manada, unos tipos despreciables y asquerosos a más no poder, dicho sea de paso, no ha habido ni presuntos ni supuestos. Fueron condenados por las redes sociales desde el principio.
¿Y dónde quedó el odia el delito y compadece al delincuente de la feminista Concepción Arenal que la izquierda había hecho suyo? ¿Dónde la reinserción de los criminales? ¿Dónde el erradicar la sed de venganza?
Quedó en nada. Simplemente ahora han tocado a rebato. Y donde hace unos días gimoteábamos por los insultos que estaba recibiendo una asesina confesa, ahora queremos linchar a unos condenados a nueve años de cárcel por un crimen que no reconocen haber cometido. Así funciona la política.

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