domingo, 24 de enero de 2016

El comunismo, ¡uuuuuh!

Carlos López analiza el abismo al que se enfrenta España de un gobierno comunista ("presidido por un socialista útil") haciendo referencia a algunas declaraciones prejuiciosas del Papa Bergoglio, la mentalidad anticapitalista (que también retratara Mises en su libro de dicho título) actual, que pese al rechazo consciente al comunismo "dificulta prevenirse a tiempo contra quienes sí están dispuestos a dar ese paso, hasta sus últimas consecuencias. Es esa mentalidad que no reconoce el peligro ni cuando lo tiene delante de las narices"...

Artículo de Cero en progresismo:

España se asoma al abismo de un gobierno comunista, presidido por un socialista útil con el aura de esos idiotas que, en momentos decisivos, sirven para precipitar trágicamente los acontecimientos. No faltan analistas que se preguntan cómo hemos llegado hasta aquí. Hoy enfocaré esta cuestión abordando la psicología popular. Y ¿quién es más popular que el papa Francisco, admirado por católicos y no católicos? Incluso, según confesión propia, por el autodesignado futuro vicepresidente español, Pablo Iglesias, pese a declararse ateo.

Francisco ha publicado un libro titulado El nombre de Dios es misericordia, del cual Javier Lozano nos ofrece su reseña en Actuall. En ella cita el siguiente pasaje sobre la corrupción:

“corrupto es el que se indigna porque le roban la cartera y se lamenta por la poca seguridad que hay en las calles, pero después engaña al Estado evadiendo impuestos y quizá despide a sus empleados cada tres meses para evitar hacerles un contrato indefinido, o bien se aprovecha del trabajo en negro”.
Es significativo que, como ejemplo de corrupción, el primero que se le ocurra a Bergoglio sea un empresario. No un político, un periodista, un abogado o un juez. Sin ir más lejos, cuando la Biblia menciona por primera vez la corrupción, lo hace prohibiendo a los jueces que acepten regalos, “porque los regalos ciegan los ojos de los sabios y corrompen las palabras de los justos”.
(Deuteronomio, 16, 19.) Lo cual por supuesto vale para cualquier otra autoridad del Estado, y para todos los tiempos.

Bergoglio parece sugerir que mientras el robo puede ser a veces un acto de necesidad, o un pecado menor (pero pregúntenle a un ciudadano venezolano qué opina del tema de la seguridad en las calles), evadir impuestos es en todos los casos un crimen de lesa humanidad. Sin embargo, hay opiniones contrarias de doctores de la Iglesia, como Pedro de Navarra, quien dijo a finales del siglo XVI, con bastante sentido común, que nadie tiene obligación moral de pagar tributos cuando estos son manifiestamente injustos, o una extrema necesidad lo impida.

En las palabras del pontífice se echa de menos una consideración previa: ¿por qué un empresario querría despedir a un empleado cuando empieza a adquirir experiencia y por tanto a rendir más? ¿No será este, en ocasiones, el efecto perverso de leyes que, so capa de “proteger” a los trabajadores, desincentivan que se los mantenga en sus puestos, o siquiera que estos lleguen a crearse? Como señala José Luis Feito, el trabajador concreto preferirá lógicamente la mayor indemnización posible por despido, pero “si esta situación se generaliza, la demanda de trabajo para cada nivel de salario será menor, y con ello serán menores también las posibilidades de los trabajadores de encontrar un nuevo empleo si pierden el que tienen.” (En defensa del capitalismo, 2009.)

No pretendo defender el fraude fiscal ni los despidos arbitrarios, ni afirmo que los empresarios sean unos santos. Pero sí creo que este papa, que se preguntó una vez “¿quién soy yo para juzgar?”, tiende a prejuzgarlos con menos misericordia que a otras personas. Ahora bien, este prejuicio no es desde luego una originalidad de Bergoglio, sino moneda corriente entre todo tipo de gente. No es, al contrario de lo que se suele creer, patrimonio de ninguna clase social, nivel de instrucción o grupo de edad. Es tan popular como la lotería y encima parece gratis, aunque en realidad resulta incalculablemente más costoso.

La imagen que la gente evoca habitualmente cuando habla de los empresarios es la de unos codiciosos explotadores, en contraste con sus sufridas víctimas inocentes, los asalariados; los únicos que por lo visto tienen derecho a defender sus sagrados intereses. La concepción vulgar pinta al empresario como un mero receptor de beneficios, ignorando su aportación a la sociedad. Cuando no hay más remedio que destacar este aspecto, ahora se utiliza el ridículo eufemismo de “emprendedor”, lo que confirma la mala prensa del término empresario.

El economista Ludwig  von Mises, en un libro titulado La mentalidad anticapitalista, diseccionó lúcidamente esta “filosofía popular del hombre corriente”, que ha llegado a estar convencido de que las comodidades de que disfruta en el sistema capitalista (inimaginables unas pocas generaciones antes)  “son obra de un ente mítico llamado progreso”, que nada tiene que ver con el ahorro, el espíritu empresarial y el ingenio técnico de algunas personas.

De estas ideas primarias a la idea de que los empresarios están de más, que son sólo unos parásitos de los que la sociedad podría prescindir, o al menos exprimibles fiscalmente sin contemplaciones (a fin de garantizar unas “conquistas sociales” obtenidas tras luchas de mitológica efectividad), hay un paso fatalmente equivocado, pero no exento de lógica; el paso que hace el comunismo.

En un debate electoral en el que, a propósito del derecho de autodeterminación, se mencionó a la antigua Unión Soviética, el representante del chavismo en España, Pablo Iglesias, se ganó unas risas cómplices del público replicando irónicamente: “la Unión Soviética, ¡uuuuuh!” Ninguno de los otros candidatos del debate, ni Rajoy, ni Rivera ni Sánchez, respondió a la gracieta. Nadie tuvo unas palabras en memoria de los millones de muertos a manos de Stalin, cien millones sumando los de Mao, Pol-Pot y otros verdugos comunistas. Del mismo modo, muchos se siguen tomando a risa la palabra comunismo, como si fuera una leyenda que sólo debería asustar a avariciosos rentistas.

El papa Francisco ha comentado en alguna ocasión, con socarronería, que algunos le llaman comunista, sin sentirse visiblemente ofendido por ello. No sé por qué, pero dudo que tuviera la misma reacción si le tildaran de nazi. Entiéndaseme, no sugiero que el papa sea comunista, aunque guarde en algún cajón una talla de Cristo con la hoz y el martillo, regalo de Evo Morales. Quiero pensar que coincidirá con Juan Pablo II, quien en su encíclica Centesimus annus criticó que “el deseo sincero de ponerse de parte de los oprimidos y de no quedarse fuera del curso de la historia” conduzca a algunos a pretender “un compromiso imposible entre marxismo y cristianismo”.

Tampoco creo que el hombre corriente, a pesar de sus prejuicios contra el capitalismo, dé generalmente el paso consciente al comunismo; ni siquiera que se considere de izquierdas, en muchos casos. Pero el problema reside en que la psicología anticapitalista, sin duda más arraigada en España que en nuestros vecinos europeos, dificulta prevenirse a tiempo contra quienes sí están dispuestos a dar ese paso, hasta sus últimas consecuencias. Es esa mentalidad que no reconoce el peligro ni cuando lo tiene delante de las narices, que reacciona con risitas cuando alguien pronuncia la palabra comunista, y que hace desdeñar a millones de ciudadanos las informaciones sobre el carácter chavista y totalitario de Podemos, catalogándolas de exageraciones o manipulaciones de la “caverna mediática”.

Quienes piensan así ya son en cierto modo comunistas, aunque no lo sepan. A fin de cuentas, es gracias a ellos que terminan llegando al poder los que son comunistas y además lo saben.

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