domingo, 31 de enero de 2016

Los ricos también lloran

Juan Rallo analiza el distinto tratamiento sobre la situación económica de los ricos en los medios, tratándose siempre en la misma dirección por la instrumentación populista que se lleva a cabo con la cuestión de los ricos (que no es otra que "acrecentar el poder de los políticos a la hora de meternos la mano en los bolsillos"). 
Y es que, a la demagogia ideológica no le conviene reconocer que muchos de los ricos de hoy lo son porque dan valor a los consumidores, y su riqueza aumenta o disminuye en función del valor que son capaces de generar sus empresas a terceros (no porque se le apropie a los pobres, de la misma manera que la pérdida de 6000 millones de Jeff Bezos en un solo día esta semana hiciera que los pobres incrementaran su riqueza en 6000 millones). Es la misma tontería ilusa de los que piensan (los mismos que sostienen la tesis de que si un rico aumenta su patrimonio es porque a cambio alguien se hace más pobre) que la economía es un juego de suma cero, algo totalmente falso cuando los intercambios se producen en libertad (sin coacción o robo). 


Por cierto, hay un libro-ensayo más que recomendable sobre este tema, obra del gran Manuel Ayau, titulado "Un juego que no suma cero" donde se expone excepcionalmente toda esta cuestión. 
Artículo de su blog personal:
Habitualmente nos topamos con noticias que nos relatan cuánto ha aumentado la riqueza de las personas más acaudaladas del planeta. El mensaje de fondo tras tales informaciones es que un grupo de ricachones están acaparando cada vez más recursos a costa del resto de la sociedad: si un reducido conjunto de individuos tiene más es, necesariamente, porque todos los demás tenemos menos. Sin embargo, la prensa también suele cuidarse mucho de anunciar con igual insistencia las pérdidas que, con igual habitualidad, experimentan esos mismos ricos.
Por ejemplo, este pasado jueves, Jeff Bezos, creador y principal accionista de Amazon, llegó a perder hasta 6.000 millones de dólares como consecuencia de que su empresa presentó unos resultados bastante peores de lo esperado. ¿Encontraron alguna referencia de ello en todos esos periódicos, radios o televisiones que recurrentemente nos recuerdan cuánto más ricos se están volviendo ya los superricos? No, y eso que una pérdida de 6.000 millones de dólares no es pecata minuta: por ejemplo, todas las participaciones preferentes y todas las acciones a minoristas que colocó Bankia en el mercado equivalen a unos 5.500 millones de dólares. O, dicho de otra forma, en apenas unas horas, Bezos concentró en su sola persona más pérdidas que la totalidad de las experimentadas por los millares de preferentistas y accionistas minoritarios de Bankia. ¿Acaso se les ha otorgado la misma relevancia informativa a ambos sucesos? Desde luego que no: en parte, porque el empobrecimiento relativo de muchos inversores de Bankia fue mayor que el de Bezos; pero en parte, también, porque sólo una de las noticias puede instrumentarse populistamente para acrecentar el poder de los políticos a la hora de meternos la mano en los bolsillos.
A cierta demagogia ideológica no le conviene reconocer que muchos de los ricos actuales lo son por ser dueños de grandes empresas que arrancaron como pymes y que crecieron por la vía de generar valor para el consumidor: y, justamente por eso, el patrimonio de esos ricos fluctúa según lo haga el valor de sus empresas en bolsa; a saber, cuando las acciones de Amazon sube de precio, la riqueza de sus accionistas (incluyendo la de su principal accionista, Jeff Bezos) aumenta; y cuando Amazon cae en bolsa, su riqueza se hunde. Los ricos no se vuelven más ricos porque se estén quedando con una mayor porción del pastel: se enriquecen o se empobrecen según cuánto valor para los demás se estime que van a ser capaces de generar sus empresas.

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