martes, 25 de septiembre de 2018

La ceguera del totalitario

J.L. González Quirós analiza la ceguera del totalitario, y su presencia y alto riesgo para las sociedades abiertas. 
 
Artículo de Disidentia: 
En las sociedades que se sienten, y están, razonablemente organizadas, lo que se conoce como sociedades abiertas, los individuos suelen aceptar de buen grado la situación relativa en que se encuentran. Saben que, aunque su situación no se deba por entero a sus méritos y esfuerzo, pueden optar por adaptarse a lo que hay y tratar de ser felices, pero también intentar algo, mejorar, cambiar, tratar de ser distintos.
En la medida en que hemos evolucionado hacia sociedades muy competitivas, es evidente que siempre encontraremos un número más alto del deseable de personas inadaptadas y descontentas con su destino, y que esa situación no siempre se habrá debido a factores que esas personas hubieran podido sortear. Para esos casos, sin duda, hay que prever soluciones que racionalicen la solidaridad y que garanticen un nivel suficiente de recursos de subsistencia y decoro.
Entre las razones que pueden hacer que una persona se sienta injustamente tratada podemos distinguir las de carácter objetivo y las que responden a expectativas exageradas. Por ejemplo, un científico puede considerar que ha fracasado si no obtiene el Premio Nobel, pero difícilmente podría sostener que ese sea un criterio razonable para estimar el éxito de un investigador. Las causas de supuesto fracaso que merecen un examen más objetivo son las que afectan a grupos más amplios, aunque tampoco ese criterio sería suficiente, porque eso supondría considerar, por ejemplo, que los supremacistas catalanes son efectivamente un caso relevante de fracaso colectivo, puesto que no tienen lo que quieren y se sienten muy afectados por esa carencia. Se necesita que haya algo más consistente que un brumoso sentimiento de insatisfacción para pensar seriamente en un mal objetivo que habría que remediar.
Cuando se debate sobre si efectivamente vivimos en un mundo mejor que el del pasado, se suele confundir con lamentable descuido, los datos objetivos (la esperanza de vida, el nivel educativo, las libertades efectivas o el desarrollo económico) con percepciones mucho más objetables (como las diferencias regionales o las formas de desigualdad) que responden más a expectativas no satisfechas que a carencias objetivas. Esto sucede, sobre todo, porque tanto el capitalismo como la tecnología nos han acostumbrado a desear sin límite, a pensar que nos asiste una especie de derecho a cualquier bien concebible.
En este esquema mental es en el que se inscriben las maniobras de los revolucionarios de hoy, esas gentes que son capaces de recomendarnos una igualdad a la venezolana precisamente porque les parece insoportablemente doloroso que no todos podamos gozar de yate o, por ejemplo, de una segunda residencia en algún resort de lujo como la que se han costeado con su esfuerzo continuado la pareja que lidera Podemos, el gran partido contra la desigualdad en España, y donde haga falta.
La ceguera del totalitario consiste en su incapacidad para reconocer que no todas las desigualdades son injustas y que no todas las demandas satisfechas producen contento. Pero, sobre todo, su ceguera voluntaria consiste en ignorar sistemática y dolosamente la relación que efectivamente existe entre los males que pretenden combatir y los bienes y ventajas que efectivamente procuran sus políticas, en reconocer que Maduro es su modelo procedimental, pero ignorar que sus resultados han sido, una vez más, desastrosos.
El intento de convertir la política democrática en un gigantesco mecanismo capaz de proporcionar toda clase de bienes gratuitos e inagotables es lo que legitima, supuestamente, el recurso de estos nuevos revolucionarios a una politización integral de nuestra conciencia cívica, a sostener una visión conforme a la cual el origen y la causa de todos los males concebibles se encuentra en el sistema democrático mismo, pues no les parece sino una falsa democracia todo lo que signifique pluralismo y separación de poderes, la Constitución y el conjunto de leyes que no se pueden someter a discusión sin un riesgo grave de provocar el derrumbe del Estado de Derecho. Precisamente porque persiguen el derribo y la destrucción apoyan causas tan abracadabramentemente absurdas y antidemocráticas como el supuesto derecho a decidir de los separatistas, porque todo lo que destruye les alimenta y fortalece, en la medida precisa en que son la fuerza política del resentimiento.
La absorción de todo por la política es esencial al totalitarismo, la ideología que promete liberarnos de cualesquiera desgracias concebibles, de todas las envidias y los resentimientos mediante la igualación universal en la miseria, aunque suela ocultar que pretende hacer eso preservando únicamente el bienestar de los pocos llamados a administrar los nuevos paraísos.
Este totalitarismo de las causas universales e intemporales nos pretende robar la intimidad y nos expropia nuestras creencias, de cualquier religión o vínculo, precisamente porque pretende que los ciudadanos singulares, con sus historias, méritos y carencias a cuestas, se conviertan en piezas sin conciencia de un nuevo y maravilloso artilugio político.
El totalitarismo no admite límites y no sabe hacer otra cosa que destruir, es pura antipolítica, y por eso recurre sin parar a recordar el pasado, ignorando sistemáticamente lo que en el presente existe de superación, atribuyendo al ahora los peores vicios del ayer, los que realmente hubo y los que inventa y explota con absoluta desfachatez. Por eso la “justicia universal” de los Garzones, y de los muy tontos que en ella creen, es perfectamente compatible con la desvergüenza y el cohecho, con las cloacas más indecentes.
De esta clase de políticos decía Ortega que tienden a apagar las luces para que todos los gatos resulten pardos, para que los liberales sean indistinguibles de los fascistas, para que una Monarquía constitucional se confunda con una dictadura, o para que unos supremacistas totalitarios se puedan considerar como agentes activos de la revolución, sencillamente porque todas esas confusiones deliberadas catalizan la tendencia al desastre que siempre amenaza a las sociedades en que existen un mínimo de libertades, unas fracturas y debilidades que constituyen la verdadera esperanza de los totalitarios, la ilusa de los que, entre ellos, son bobos y la criminal de los que aspiran simplemente a ser nuestros tiranos.

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