martes, 22 de diciembre de 2015

El triunfo de la felicidad

Javier Benegas analiza el supuesto triunfo de la felicidad tras las elecciones (tras el daño al bipartidismo y la fragmentación del Parlamento), aunque como bien dice, lo que ha aflorado es el "monopartidismo" que nos lleva a un final previsible e inevitable. 


Artículo de Voz Pópuli:




“La ignorancia es la fuerza, la libertad es la esclavitud, la guerra es la paz.”
George Orwell
A primera vista puede parecer lógico que muchos se feliciten por la muerte del bipartidismo y celebren la fragmentación del Parlamento, sin caer en la cuenta de la italianización de la política española, y argumentando, presos de la emoción, que tal cosa en todo caso anticipa un nuevo y esperanzador horizonte político. Sin embargo, quienes así perciben lo sucedido están cortados por el mismo patrón, el del entendimiento del Estado como núcleo irradiador de ese deber ser que, por nuestro bien, no admite discusión.


Sin embargo, a lo que asistimos es a la culminación de la impostura del Régimen del 78, convenientemente banalizada por la televisión. De hecho, ni siquiera es cierto que el bipartidismo haya muerto: los mitos no mueren nunca porque no viven nunca. Lo que ha aflorado en todo su esplendor es el monopartidismo que ha estado latente durante los últimos 40 años: la socialburocracia del pensamiento único, la dictadura de lo políticamente correcto. El totalitarismo gelatinoso del siglo XXI, en suma.
Los dos partidos que hasta ayer exhibían cierta disparidad, el PP y el PSOE, han terminado alumbrando mediante cesárea una pluralidad monocromática en la que, por más que usted busque, no encontrará un solo defensor de la libertad individual. Todos los partidos, desde el primero al último, del menor al mayor, son en esencia colectivistas, aprendices de brujo que abusarán del presupuesto, la recaudación y la deuda para ejecutar el viejo truco de un mundo feliz… Nada por aquí, nada por allá.
Lo que asoma es la vieja política, pero corregida y aumentada. El epílogo de una historia que siempre careció de contrapunto, de acciones simultáneas, nudos argumentales y encrucijadas que pudieran alterar el desenlace. El nuestro es, por tanto, un final previsible y, a lo que parece, inevitable. Consistirá en la apoteosis del sistema clientelar. Ya saben, la compra de voluntades, las prebendas, subsidios y excepciones legislativas extendiéndose de forma horizontal hasta que la maquinaria gripe. Porque gripará, de eso no hay duda. Desgraciadamente, lo que España necesitaba era no ya liberalizar el mercado, eso sería lo mínimo en una sociedad entera y no es el caso, sino liberar al individuo. Y está sucediendo justamente lo contrario.
Lo único hasta ahora verificable es que la famiglia ha crecido. Y los nuevos capos, Pablo Iglesias y los suyos, vienen dispuestos a ampliar los dominios del Estado y poner en práctica a la menor oportunidad su ingeniería social. A poco que se sientan seguros, que entiendan que ya han atravesado su zona de peligro, dejarán caer el antifaz. Saben muy bien, porque lo han estudiado a fondo, que el modelo que heredan carece de cualquier control, que es un régimen “llave en mano” donde las líneas rojas no existen. Los padres de la patria se creyeron inamovibles y no contemplaron la eventualidad de la suplantación. Ahora, a los herederos sólo les falta un pequeño empujón, tal vez unas elecciones anticipadas a las que concurrir siendo los únicos que podrán ahorrarse el bochorno de tener que cambiar el guion, con la coherencia intacta, esa coherencia revolucionaria, granítica y puritana de los que se creen ungidos para mandar, para decir a los demás qué está bien y qué está mal, en definitiva, para reducir la libertad a la mínima expresión a cambio de la promesa de una felicidad sin esfuerzo, lágrimas y sudor.

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