martes, 22 de diciembre de 2015

Rajoy y la derecha que se avergüenza de los recortes

Jesús Cacho pone en evidencia el carácter socialdemócrata de Rajoy, la incoherencia en su discurso respecto a sus medidas y al porqué de sus medidas, su desconcertante comportamiento (más aún viendo el pésimo nivel de debate que hizo), que se avergüenza ante cualquier crítica o ataque, "desprovisto de todo basamento ideológico, representante de una derecha conservadora y desideologizada". 
A su vez, expone qué derecha hace falta para afrontar los enormes retos (y problemas) que aún amenazan a España y para luchar en un debate político, que está hoy absolutamente en el lado de la izquierda, con ideas estatistas y colectivistas que son el gran éxito de Podemos, vislumbrándose un negro panorama (que se extiende a las democracias europeas) en el que "todos los partidos parecen de nuevo volcados al gasto, a aumentar el tamaño del Estado" en el que han dejado de tratar a los ciudadanos como adultos...

Artículo de Voz Pópuli: 
En el historial de la legislatura que acaba, hay una semana marcada a fuego en la memoria de Mariano Rajoy. Corría el jueves 31 de mayo de 2012 y, al filo del mediodía, el presidente apareció en televisión para enviar un mensaje de confianza a los españoles. Se había producido un brutal ataque a nuestra deuda en los mercados financieros ante el silencio del BCE y de Alemania, y la prima de riesgo había superado los 540 puntos básicos, apenas a 10 de la barrera de una teórica intervención. Había que hacer algo. Cortar de raíz la espiral alarmista. España se iba por el desagüe de Grecia. Pero fue peor el remedio que la enfermedad porque, con la barba descuidada, vistiendo traje de color indefinible tirando a marrón, chaqueta colgando desmañada sobre los hombres y corbata mal anudada, el jefe del Ejecutivo causó una penosa impresión entre los españoles. “No vamos a dejar caer a ninguna CCAA porque si no se cae el país…” Discurso de brocha gorda, pobre de solemnidad. España parecía al borde del precipicio. “Ni hablar de utilizar deuda pública para recapitalizar Bankia”, advertían en Fráncfort. Aquella era la semana más dura desde que el PP llegara al poder, y en La Moncloa todo parecía cogido con alfileres. El día anterior, De Guindos había salido pitando hacia Fráncfort para entrevistarse con el ministro Schaubel: “Nosotros hemos hecho los deberes, y ahora le toca actuar al BCE comprando deuda española, porque no es España lo que está en juego, sino el euro”. La respuesta del hombre de la silla de ruedas fue rotunda: niet. Los alemanes no estaban dispuestos a aflojar la mordaza hasta que los caóticos españoles no pusieran orden en el desenfreno en el que habían vivido durante décadas.
Para confirmar los peores augurios, mientras De Guindos viajaba a Alemania, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría se embarcaba rumbo a América esa misma tarde dispuesta a entrevistarse con la directora gerente del FMI y con el secretario del Tesoro USA. La pretensión parecía obvia: lograr que tanto la Administración Obama como el FMI presionaran a Alemania para que aflojara la mano del BCE. Por Madrid, convertido en un gran rumor, se extendió la especie de que si Soraya volvía de Washington con las manos vacías, el Gobierno pediría la intervención ese mismo fin de semana. La situación parecía insostenible: sin dinero para pagar los vencimientos de su deuda y, sin nadie dispuesto a prestarle, a España no le quedaba más salida que el default. Pero el Mariano mascarón de proa parecía dispuesto a aguantar la tormenta a pie firme. “El presidente dice que las ha pasado muy putas en política y que esto no le coge de nuevas: no piensa arrojar la toalla”, contaban en Moncloa, donde fiaban la suerte de España a lo que sucediera en Atenas el 17 de junio. “Si lo de Grecia sale mal, no quedará más remedio que pedir el rescate”.
Y había gente muy principal presionando a Rajoy para que España pidiera el rescate país, al margen del préstamo bancario en el que Bruselas ya estaba trabajando. Mariano se mantuvo firme: había que impedir a toda costa la intervención de los “hombres de negro”, evitar que la troika de CE, BCE y FMI se instalara en Madrid para gobernar el ajuste de caballo, entonces sí, que le hubieran administrado a España. El Gobierno acometió algunos recortes del gasto –no los que hubieran sido necesarios, ni mucho menos, que en todo se quedó a medio camino- y el país empezó a recuperar el resuello. Con la ayuda del sector exportador y la caída del precio del dinero y de las materias primas, primero, y el despertar de la demanda interna, después, el PIB se fue recuperando a partir de 2013 para cerrar el año que ahora termina en un llamativo 3,4%, con creación de más menos 600.000 nuevos empleos. Casi un milagro por el que nadie hubiera apostado aquella mañana de finales de mayo de 2012, cuando un Rajoy alicaído y narcotizado salió en televisión para intentar calmar los ánimos.
Lo ha logrado con la enemiga de un PSOE siempre beligerante, un PSOE que desde el minuto uno se lanzó a criticar con dureza al Ejecutivo como si los Gobiernos Zapatero no hubieran tenido nada que ver con el paisaje de ruina heredado. Alguien habló de la “metáfora Titanic”. El socialismo, con ZP en el puente de mando, puso el piloto automático en rumbo de colisión contra un enorme iceberg y ordenó abandono de buque, para, de inmediato y desde el bote salvavidas, empezar a zaherir a un Rajoy que intentaba maniobrar a la desesperada para evitar el choque. Sorprende, por ello, el espectáculo protagonizado por el líder del PP el lunes 14, en su cara a cara con Pedro Sánchez. Sorprende que un hombre que ha sufrido como un perro a lo largo de una legislatura muy difícil no fuera capaz de defenderse del ataque en tromba al que, a caballo de sus urgencias electorales, le sometió el candidato del partido responsable en gran medida de la crisis sufrida por España. Desde el principio, Sánchez se lanzó a castigar el hígado de su oponente con el puño de hierro de los recortes, ante un Mariano ausente que se empeñó en negar la evidencia de un ajuste simplemente porque ajustar tiene mala prensa y porque el discurso dominante de la izquierda populista, estatista por definición, demoniza cualquier política que pretenda poner orden en el despilfarro del dinero público.
Y al no articular un discurso coherente sobre la necesidad de los recortes, Rajoy renunció a lo mejor de su programa, quizá lo único salvable de este Gobierno: el éxito de haber evitado el rescate país y haber devuelto a España a la senda del crecimiento. En realidad, y a fuer de sincero, debería haber reconocido que recortó poco y mal dejando el trabajo a medio hacer, y de ahí los riesgos que siguen amenazando el crecimiento de nuestra economía. Pero, ¿qué hay detrás de ese desconcertante comportamiento? ¿Por qué renuncia a defender sus políticas? Sencillamente porque él, como el propio PP, se avergüenzan del ajuste acometido, razón por la cual se ve tentado a negar la evidencia y renegar de unas iniciativas que, mal que bien, han sacado a España del hoyo. El problema es que Mariano se siente avergonzado de haber tenido que hacer los recortes, de modo que, desprovisto de todo basamento ideológico, representante de una derecha conservadora y desideologizada, la navaja de Sánchez le hiere, le hace daño. Lo que a él le hubiera gustado de verdad es poder gastar a mansalva, abrir la espita del gasto público como el que más. En el fondo, también él es socialdemócrata.
El sueño de seguir gastando alegremente 
Es el problema de una derecha que, como se avergüenza de haber subido los impuestos, se atreve a negarlo en el debate llegando incluso a afirmar, campanudo, que los ha bajado. El líder del PP afirmó también que ahora hay más empleo indefinido que en el año 2011, lo cual es igualmente falso, cuando tendría que haber argumentado que el que había entonces estaba radicado en la burbuja del ladrillo y en un sector financiero sobredimensionado y que era necesario reestructurar. Rajoy se negó pues a sí mismo, como reflejo de un partido que, ayuno de toda brizna liberal, se ha convertido en una panda de gestores conservadores y estatistas de muy desigual condición y valía. Un partido en el que hay gente convencida de que el problema del déficit que sigue atenazando a España no es consecuencia del gasto sino del desplome de los ingresos fiscales causado por la crisis (“Es que la recaudación se hundió en 70.000 millones”, suele argüir Cristóbal Montoro), de modo que cuando el crecimiento permita taponar esa brecha vía ingresos se acabó el problema y podremos seguir gastando alegremente.  
Con las incógnitas que siguen gravitando sobre nuestra economía (algunas tan relevantes como el déficit crónico de la Seguridad Social, el despilfarro del Estado autonómico, el gasto sanitario que crece un 6% de media anual, etc., etc.) la ausencia de una derecha liberal es un problema de primera magnitud, en tanto en cuanto condena a nuestro país a postergar sine día su modernización definitiva. Un centro derecha liberal es el único que puede liderar un programa en tal sentido basado en dos pilares: una economía próspera, abierta y realmente competitiva, por un lado, y una regeneración democrática de las instituciones políticas, por otro. Lo primero pasa por la reducción del tamaño del Estado, Estado elefantiásico, con la mayor parte del gasto comprometido cuando cada 1 de enero levanta la persiana del año nuevo. La paradoja del Estado moderno es que es a la vez demasiado fuerte y demasiado débil, un Leviatán cuyo talón de Aquiles reside en su pretensión de hacer demasiadas cosas, hacerlas muy caras y pretender seguir haciéndolas. Un Estado al que se reclaman más y más obligaciones materiales, todas las cuales tienen un coste que alguien debe pagar y del que todo el mundo pretende escaquearse. “El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza por vivir a costa de todo el mundo”, que dijo Bastiat hace un montón de años.
Los poderosos grupos de presión corporativos o lobbys consiguen a menudo imponer sus tesis a la socialdemocracia en el poder (sea del PSOE o del PP, pero siempre socialdemocracia), ello en detrimento de los intereses de la mayoría. Esta lucha entre expectativas de gasto crecientes y recursos menguantes lleva a los Gobiernos, cuyo gran objetivo es seguir en el poder, a endeudar al Estado hasta la bancarrota si es necesario. Modernizar el sector público, disminuir el tamaño del Estado, modificar el sistema electoral, urdir de una vez una ley de financiación de los partidos que acabe con la corrupción, corregir las duplicidades, ineficiencias y excesos de nuestro Estado Autonómico, hacer efectiva la separación de poderes (clave una Justicia no sometida al poder ejecutivo), dotar de verdadera independencia a los órganos de control de la Administración, etc., etc., es tarea de esa derecha liberal, derecha que no puede resignarse a ser el periódico taller de reparaciones de los destrozos que regularmente causa la izquierda colectivista e igualitaria en las cuentas públicas.
El gran éxito de Podemos
Por asombroso que pueda sonar en un país que ha estado a punto del default, con pie y medio en el abismo del rescate, no hay ahora mismo ni asomo de debate liberal -la palabra prohibida en esta campaña electoral- en España. El debate político está en la izquierda, en la pulsión por el gasto, en la igualdad por decreto, en el aumento del papel del Estado. Es el gran éxito de Podemos. La presión de las ideas estatistas y colectivistas en nuestro país es tal que la libertad individual, incluso la de mercado, son dos conceptos dignos de toda sospecha a los que hay que vigilar muy de cerca o incluso poner coto. Al servicio de esta ideología se emplea un ejército de periodistas y medios de comunicación. El horizonte no puede ser más preocupante, porque los desequilibrios de nuestra Economía no han desaparecido, por no hablar de asuntos tan peliagudos en política como el problema del secesionismo catalán.
La crisis no ha terminado, como acaba de recordarnos Jean-Claude Juncker. El PP ha dilapidado su mayoría absoluta y ha fracasado en la tarea de cambiar del revés las bases materiales y morales de un país necesitado de una auténtica regeneración democrática. El panorama del nuevo Parlamento que viene pinta marrón tirando a negro, porque todos los partidos parecen de nuevo volcados al gasto, a aumentar el tamaño del Estado como guardián  de la felicidad individual y colectiva. Alguien ha dicho que las democracias europeas han dejado de tratar a sus ciudadanos como seres adultos, por lo que han creado para ellos un gigantesco y carísimo jardín de infancia llamado Estado del bienestar. Se acabó hablar de ajustes. Nunca más un recorte. Lo dijo Soraya en uno de los saraos de estos días: la fuerza del crecimiento va a llenar de nuevo las arcas públicas haciendo innecesaria la corrección de los desequilibrios. Vamos a ser de nuevo ricos. Venga burbuja. Y huyan definitivamente para siempre jamás aquellos que simplemente quieran disponer de su derecho a trabajar cómo y dónde quieran, gastar libremente lo que ganen con su esfuerzo, disponer a discreción de sus bienes y tener al Estado como sirviente, no como amo.

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