jueves, 24 de diciembre de 2015

Nadie tendrá altura de miras

Juan R. Rallo expone la estrategia actual de las cuatro primeras fuerzas políticas, que en los cuatro casos (como expone uno a uno) es en aras de su propio interés particular, y en donde el interés general es algo bien secundario, y solo considerado si coincide con su interés particular.

Artículo de El Economista:
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La fragmentación del Congreso tras las elecciones generales ha llevado a muchos analistas a reclamar "altura de miras" a las formaciones políticas para anteponer el interés de España (sea éste cuál sea) a sus intereses partidistas. Semejantes peticiones, sin embargo, sólo muestran la extrema ingenuidad con que normalmente se analiza el proceso político: se presupone que nuestros mandatarios son ángeles benevolentes únicamente preocupados por el bienestar de sus conciudadanos en lugar de por el propio. La realidad, empero, es que cada partido sólo mirará por el "interés general" en la medida exacta en que éste coincida con el suyo particular.
Comencemos por el Partido Popular. Como ganador de las elecciones con bastante diferencia con respecto al segundo, el PP aspira idealmente a gobernar en solitario, para lo cual necesita que el PSOE y Ciudadanos se abstengan en segunda votación. Por eso, desde el PP se insiste en el mensaje de que lo responsable consiste en dejar gobernar a la "fuerza política más votada". Dejando de lado que este mensaje sólo es una consigna sin demasiado fundamento, sucede que el propio PP ha gobernado en diversas ocasiones sin ser la fuerza más votada -aunque ciertamente no es lo habitual, dado que la "derecha política" no está fragmentada como sí lo está la izquierda-. Por ejemplo, en 1991, Rita Barberá fue segunda fuerza y accedió a la alcaldía de Valencia gracias al apoyo de Unió Valenciana. A su vez, tampoco es cierto que el PP siempre haya antepuesto el interés de España al suyo propio: en 2010, Zapatero tuvo que aprobar un impopular paquete de recortes para evitar la bancarrota estatal y el PP se opuso frontalmente alegando, en palabras textuales de Montoro, "que caiga España, que ya la levantaremos nosotros".
Por lo que respecta al PSOE, el partido jamás dará estabilidad a un gobierno de Rajoy: no porque ambos no puedan pactar un programa político con el que estén esencialmente de acuerdo, sino porque los socialistas se arriesgarían a desaparecer del mapa electoral. Asimismo, el PSOE tampoco quiere acudir a nuevas elecciones -dado que teme ser superado por Podemos- y tiene muy complicado pactar con la formación morada y el resto de partidos independentistas: de nuevo, no porque ideológicamente el PSOE sea contrario a los procesos de autodeterminación o incluso porque esté convencido de que éstos serían malos para el país, sino porque los gobiernos autonómicos de las federaciones dominantes dentro de este nuevo PSOE (andaluza, extremeña y castellano-manchega) viven de las transferencias de renta procedentes de Madrid y de Cataluña.
En cuanto a Podemos, el partido de Pablo Iglesias es muy consciente de que su ventana de oportunidades para acceder a La Moncloa viene dado por la crispación y las heridas de la crisis económica. Si durante los próximos años pasáramos por una etapa de relativo crecimiento y creación de empleo, Podemos se iría disolviendo como un azucarillo a menos que el PSOE se descomponga antes. Por eso, su aspiración para estas elecciones era superar al PSOE en votos y escaños y, por eso, su victoria guarda tintes amargos: si no capitanea ahora el Gobierno o la oposición, probablemente no lo hará nunca. Esa es la razón por la que Pablo Iglesias, lejos de acercar posturas con el PSOE, ha comenzado a dinamitar los puentes del entendimiento, reclamando aquello que el PSOE ni puede aceptar ni concederle en solitario: referéndums de autodeterminación. De este modo, Pedro Sánchez tiene que decidir: o Rajoy o nuevas elecciones. En cualquier caso, Podemos gana y el PSOE pierde.
Por último, Ciudadanos ya arrancó la campaña electoral con un paso en falso: las ansias de Albert Rivera por ser presidente -lo cual pasaba por ser segunda fuerza y conseguir el apoyo del PSOE- lo llevaron a prometer que sólo se apoyaría a sí mismo en una investidura, confiando en que eso decantará el voto en su favor y en perjuicio de PP o PSOE. No fue así: la falta de compromiso con la estabilidad política llevó a muchos votantes a huir de un indefinido e incierto Ciudadanos y a refugiarse en las fuerzas mayoritarias. Ahora, tras las elecciones, los de Rivera son conscientes de que unos nuevos comicios los perjudicarían (al polarizarse el voto) y por eso intentan evitarlos a toda costa (absteniéndose en la votación de Rajoy y pidiendo al PSOE que haga lo propio).
En suma, todo partido político adopta aquella decisión estratégica en aras del interés general que, oh casualidad, coincide con su interés particular. Nadie tendrá altura de miras -salvo que ésta pueda ser percibida y premiada así por la ciudadanía- porque a nadie le preocupa el vago concepto de interés general: los partidos son máquinas para acceder al poder y en torno a ese objetivo estructuran toda su actividad.

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