martes, 15 de diciembre de 2015

Elecciones 20D: ¿otra oportunidad perdida?

Javier Benegas analiza la oportunidad perdida (nuevamente) en las próximas elecciones, donde se mantiene por parte de todos, "la utopía del Estado de bienestar capaz de funcionar sin salvaguardias democráticas, es decir, sin derechos y deberes individuales." 

Artículo de Voz Pópuli: 
Explicaba Kundera, durante una entrevista, que toda utopía comienza siendo un enorme paraíso que tiene como anejo un pequeño campo de concentración para rebeldes a tanta felicidad. Y que, con el tiempo, el paraíso mengua en bienaventurados y la prisión se abarrota de descontentos, hasta que finalmente las magnitudes se invierten. Y lo decía con conocimiento de causa, pues nada más terminar la Segunda Guerra Mundial se afilió al Partido Comunista de Checoslovaquia del que sería expulsado en 1950, readmitido en 1957 y expulsado definitivamente en 1970 al ser relacionado con los activistas de la Primavera de Praga y pasar a formar parte de los rebeldes a tanta felicidad.
Sin embargo, la cita no viene a colación de la defenestración del comunismo, que como toda ingeniería social utópica estaba condenada a fracasar, ya que el individuo jamás se desprende del deseo de reconocimiento. A estas alturas, quien más, quien menos, sabe, o debería saber, que el comunismo es incompatible con la naturaleza humana, pues obliga a un puritanismo imposible. De hecho, erradicar el capitalismo e imponer la redistribución forzosa de la riqueza viene a ser como prohibir el sexo o, lo que es peor, regular el número de coitos, su calendario y duración. Un orden artificial en el que los promiscuos y los castos son igualados en la impotencia. Hasta que aflora una superclase que patrimonializa el sexo. Y la utopía se desmorona.
No, la cita de Kundera viene a colación de la presente campaña electoral, donde las promesas de sostenimiento del Estado de bienestar han terminado por monopolizar el debate. Resulta que al final lo importante es lo ya conocido: cómo repartir el presupuesto. Todos los programas, todos los discursos, exceptuando algunas propuestas y algún que otro brindis al sol, anteponen los Derechos sociales a los derechos individuales. La razón es simple: los derechos individuales son difícilmente controlables. Con ellos, basta un sólo hombre para poner pie en pared, evitar los abusos del Poder y conjurar el peligro de la dictadura de la mayoría. Por el contrario, los derechos de titularidad colectiva trascienden al individuo, es decir, escapan a su control, y son manipulables por grupos de interés.
En España, siempre hemos confundido Estado de bienestar con Democracia. De hecho, el grado de confusión en este punto es tal que, para arrojar alguna luz, más que pedagogía se hace necesario un electroshock. Sin embargo, dado que nuestro paraíso ha ido menguando en bienaventurados y se ha llenado súbitamente de descontentos, cabía esperar que esta campaña sirviera para poner el foco en asuntos más relevantes que el mero reparto del presupuesto.
Desgraciadamente, nuestro modelo político ha desarrollado un soft power que, con la imprescindible colaboración de los mass media, codifica la realidad y la convierte en burdas cadenas de mentiras con las que se da forma a un no-pensamiento que primero se impone mediante la reiteración casi infinita; después, mediante la coerción; y finalmente mediante la segregación social y, si es preciso, el linchamiento. Como perversión añadida, cabe decir que al final es la propia sociedad la que se encarga de someter al discrepante.
Cuando el Estado de bienestar suplanta a la Democracia liberal, el individuo desaparece en favor del colectivo. Se genera entonces la sensación de alienación e irrelevancia, la convicción fatalista de que uno solo no vale nada sin la tribu, que es el grupo la unidad de medida. Y es en función de esta unidad de medida que las personas intentan organizarse en vano hasta que la sociedad se parte en dos: los laboriosos y los intrigantes, los que generan riqueza y los que conspiran para “administrarla”, los ciudadanos ingenuos que creen que influyen en las decisiones colectivas y los que realmente imponen tales decisiones.
Pese a su mayor sofisticación, la utopía del Estado de bienestar capaz de funcionar sin salvaguardias democráticas, es decir, sin derechos y deberes individuales, está condenada al igual que el comunismo a la inversión de las magnitudes, a generar esa masa crítica de descontentos y ajenos a tanta felicidad capaz de dinamitar el sistema. Tarde o temprano las personas comprenderán con gran disgusto que dentro del actual esquema no hay salida, que esta ideología gelatinosa, con la que el margen de actuación de las clases dirigentes es enorme, nunca se sustancia en ninguna certidumbre. Y hartos de la irrelevancia a la que han sido sometidos, resentidos por la represión y la violencia de lo políticamente correcto, cansados de tragar con conceptos adulterados que hacen que lo correcto sea incorrecto y lo incorrecto, correcto a voluntad, los ciudadanos girarán sobre sí mismos y abrazarán alternativas tremendas. Ya está sucediendo en otros países. En Francia, sin ir más lejos.
El 20D podría haber sido una gran oportunidad, lamentablemente una vez más se ha errado en lo fundamental. La cuestión que debería haberse dirimido en esta campaña no es qué modelo de Estado de bienestar queremos sino a qué tipo de ciudadano aspiramos. Evidentemente, era demasiado a pedir.

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