martes, 15 de diciembre de 2015

Neolenguas

Alberto Illán analiza la enorme manipulación del y con el lenguaje que llevan a cabo los políticos. Y no solo por políticos, sino por grupos nacidos en la sociedad civil pero con aspiraciones de poder (acercarse al poder político empleando presión -lobby- para obtener subvenciones y leyes favorables a su causa o para imponer su punto de vista). 

El significado de las palabras es muy importante cuando se quiere transmitir una información objetiva, pero lo es aún más cuando lo que se quiere es sugerir entre líneas. La manipulación del y con el lenguaje son dos asignaturas que los políticos conocen bien y aplican con frecuencia. El lenguaje de lo políticamente correcto ha ido creándose poco a poco e invadiendo la sociedad civil hasta el punto que ciertos colectivos que nacieron en ella, pero con aspiraciones de poder, lo han convertido en una herramienta poderosa a la hora de mostrar e imponer su particular punto de vista.
La alteración del lenguaje con fines concretos no es algo nuevo y tampoco creo que vaya a cesar en el futuro, es algo adaptativo, incluso lo usamos a nivel personal en no pocas ocasiones, casi sin querer. George Orwell lo denunciaba en su obra “1984”, una distopía donde la “neolengua” se iba adaptando a las necesidades del Estado, del Gran Hermano, redefiniendo conceptos, creando otros y eliminando los que molestaban, en definitiva, dominando los pensamientos de las personas.
Palabras como moro o negro tienen connotaciones racistas que hace unas décadas no poseían y usarlas, sobre todo en ciertos círculos, puede suponer la reprimenda o la exclusión, incluso la denuncia.
El sexismo del lenguaje es uno de los temas favoritos de ciertos grupos feministas y tiene tanta importancia que, hoy por hoy, la mayoría de los interlocutores de los partidos de izquierda, e incluso de derechas, usa a la vez el plural masculino y femenino para no generar suspicacias. Se han creado variantes femeninas sobre palabras que eran neutras, como jueza o presidenta, que han sido aceptadas por la Real Academia. Recordemos aquel glorioso momento en el que cierta ministra socialista habló de miembros y “miembras”.
Este feminismo más extremista ha puesto de moda expresiones crudas como “terrorismo machista” cuando se refieren a la acumulación de asesinatos y otros actos violentos de hombres contra mujeres en el ámbito doméstico, pero sólo en ese sentido, obviando los casos de agresiones de mujeres sobre hombres, de mujeres sobre mujeres o de hombres sobre hombres, que son, todo hay que decirlo, mucho menos frecuentes (añado yo que esto último es falso, pues lo mayoritario de manera abrumador es hombres sobre hombres. Donde sí hay más casos es hombres sobre mujeres respecto a mujeres sobre hombres). Contrasta con lo promovido por el feminismo español de los años 80. Sólo hay que hojear las revistas satíricas de la época para comprobar que parte del humor que atacaba los valores conservadores del franquismo no pasaría los estándares actuales más extremos, incluso los más suaves, tanto en lenguaje escrito como el visual.
El mundo de la empresa también ha caído en esta vorágine. Desde el punto de vista de los que defienden el socialismo y el intervencionismo económico, los beneficios empresariales dañan a la sociedad, por lo que es necesario que una parte de ellos, sino la totalidad, se revierta en labores que, según estos colectivos, la beneficien. De esta manera nacen la responsabilidad social corporativa, las empresas sostenibles y solidarias y el lenguaje, ligado a estos conceptos. Y es posible que todo esto haga sentirse bien a gente que poco o nada tiene que ver con el servicio que la empresa da a sus clientes.
El lenguaje, a la hora de explicar muchas de las acciones empresariales, es especialmente importante, sobre todo en aquellas que pertenecen a sectores delicados, como el financiero, el energético o el industrial. Precisamente, enfrentados a estas últimas empresas, los colectivos ecologistas también usan el lenguaje como una herramienta para conseguir sus fines. Cualquier artículo que aborde favorablemente el cambio climático de origen antropogénico estará lleno de referencias a desastres y calamidades futuras, a la necesidad de actuar inmediatamente para evitarlas, de cambiar los hábitos de consumo y de vida, a la involucración de los poderes públicos y a la necesidad de políticas adecuadas, centrándose eso sí, en los objetivos que se tienen que cumplir y siendo menos concretos en cómo conseguirlos, defendiendo, desde luego, ciertas tecnologías y atacando otras.
El resultado es un contexto donde el miedo a lo que pasará está lo suficientemente cerca como para ser preocupante para uno mismo o para las inmediatas generaciones, y lo suficientemente esperanzador para que de manera voluntaria pongamos nuestros recursos y voluntad en manos algunos que aplicarán o ayudarán a aplicar estas políticas. Es paradójico, pero comprensible desde su perspectiva, que estos mismos colectivos ecologistas critiquen el marketing y la publicidad de las empresas. La hipocresía es una herramienta revolucionaria.
Como no todos pueden entender un lenguaje tan complicado como el científico, es necesario usar términos sencillos aunque los procesos sean complejos. En una entrevista reciente, el eminente oceanógrafo David Karl, uno de las mentes más brillantes en su campo, avisaba sobre la posibilidad de que el Mediterráneo se convirtiera en un mar muerto si no frenábamos el cambio climático y dividía los microorganismos marinos en buenos y malos, según consumieran o no el oxígeno disuelto en el agua, y como nuestra actividad y modo de vida afectaba a los equilibrios en los ecosistemas. Buenos y malos son conceptos fáciles de entender y unas etiquetas estupendas para aplicar, y equilibrio… quién no está buscando el equilibrio en su vida.
El resultado de todo esto es un contexto donde el ciudadano se siente emocionalmente inquieto, por miedo, por culpabilidad, por ignorancia, por asco, por ira, por frustración… raramente se busca otro tipo de emoción más benigna. Se terminan generando enemigos y aliados, cercanos y lejanos, culpables y víctimas. Sobre esa polaridad se proponen alternativas políticas que suelen estar reñidas con la libertad, que se suelen articular en contra de algo, de alguien, en definitiva, se genera cizaña y todo lo contrario al “equilibrio”.

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