domingo, 25 de diciembre de 2016

El final de los libres

Juan Manuel López-Zafra analiza la amenaza creciente de la intolerancia en Occidente y nuestra creciente indefensión por la renuncia a nuestra defensa, el mal juicio de nuestra mentalidad bienpensante y un muy mal entendimiento de lo que es respetar. 


Artículo de El Confidencial:


Foto: Homenaje a las víctimas del atentado en Niza sobre la fachada de un edificio de Tel Aviv. (EFE)



Homenaje a las víctimas del atentado en Niza sobre la fachada de un edificio de Tel Aviv. (EFE)



"Tout homme a deux pays, le sien et puis la France"
Henri de Bornier, atribuida a Thomas Jefferson
Hemos vuelto a sufrir el dolor de la muerte de los inocentes. El 14 de julio en Niza, quince días antes en Estambul, 100 días atrás en Bruselas, en noviembre pasado en Parísa diario en los territorios que Daesh pretende conquistar en Oriente Medio… Los mismos asesinos, las mismas razones, el mismo odio a la libertad que representan los valores judeo-cristianos que tan bien desarrollaron San Agustín y Santo Tomás de Aquino, aun rechazados por el determinismo monista de Spinoza, la síntesis conceptual de Nietzsche o por el materialismo marxista; recordemos que, para Engels, “la libertad no consiste en una soñada independencia respecto de las leyes naturales, sino en el reconocimiento de esas leyes y en la posibilidad de hacerlas obrar según un plan para determinados fines”.
Nuestra mente está preparada para racionalizar; nos cuesta pensar que en la ausencia de razón no exista una, por pequeña que sea, que no justifique o al menos permita encontrar alguna explicación. Toda reacción es consecuencia de una acción previa, de un estímulo, de una provocación. Estaba afectado por su divorcio, era violento, bebía… Todas las explicaciones son válidas, así como lo son sus contrarias, en una situación de indefensión física y moral, de incomprensión absoluta, de búsqueda de alivio para el espíritu ante nuestra incapacidad de aceptar nuestras limitaciones.
Historias que buscan tranquilizarnos, hacernos ver que nosotros no somos así, que jamás ocurriría en nuestro entorno de seguridad. Sin duda son necesarias. Y quizá en muchas ocasiones sea incluso cierto. Pero lo que no debemos olvidar es que, sea en esta ocasión la causa o no, existe un grupo de congéneres que no sólo no comparten nuestros valores sino que los rechazan de plano. Que jamás compartirán nuestro código moral. Eso no debería en principio preocuparnos, más bien al contrario.

El problema surge cuando alguien trata de imponer esa escala distinta al otro, a ese otro grupo, a esa otra sociedad, y aparece con ello la violencia. Hemos llegado tan lejos en la comprensión que juzgamos con nuestra mentalidad bienpensante de hombres y mujeres justos del siglo XXI tanto acciones que se desarrollaron siglos atrás como a quienes han rechazado el progreso y se encierran en lugares aparcados mil años atrás en la historiaHemos renunciado a nuestra historia, a nuestro pasado, y pedimos perdón y nos responsabilizamos de hechos que hoy observamos como terribles y que sin embargo podrían explicarse en un contexto cultural, social, económico distinto.
Tan es así que hemos convertido a nuestros ejércitos europeos en grupos de actuación organizados y militarizados, sin duda, pero cuasi indistinguibles de ONGs. Eso sí, ante cada atentado, ante cada violación de nuestros derechos fundamentales y cada nueva supresión de una parcela adicional de nuestra libertad, cambiamos nuestra foto en las redes por un lazo y nos fotografiamos circunspectos con un hashtag sobre cartulina para mostrar nuestro rechazo. Eso es lo más que estamos dispuestos a hacer.

Buscan matarnos, y hemos renunciado defendernos. No sólo lo hemos hecho de forma colectiva sino que también lo hemos aceptado al negarnos a nosotros mismos el derecho íntimo e individual a proteger a los nuestros, delegándolo en unos estados que no pueden, ni deben, estar presentes en cada ocasión que la amenaza surge. Hemos renunciado a nuestra defensa para no ofender a quien siempre sacará ventaja de nuestros valores, de nuestro sistema de justicia garantista, de la imprescindible presencia de unos medios de comunicación omnipresentes que ellos, los malos, rechazan y persiguen en sus lugares de origen. Aceptamos como normal que regímenes teocráticos que ejecutan homosexuales en la plaza pública en el nombre de Dios participen en nuestra vida cotidiana, mientras cabalgamos contradicciones. Aceptamos que abran sus lugares de culto en nuestro vecindario, como así debe ser, mientras no sólo niegan la más elemental reciprocidad sino que persiguen, en tantas ocasiones, a quienes comparten un credo distinto al suyo.
Respetar es aceptar las diferencias, no es someterse a quien trata de imponernos su forma de entender su vida. Ese es el final de los libres, el camino de la servidumbre.

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