jueves, 22 de diciembre de 2016

La integración, ese cuento socialdemócrata

Jorge Vilches analiza el cuento socialdemócrata de la "integración", y lo que hay detrás. 
Artículo de Voz Pópuli:
Hegemonía cultural.
¿Y si Rita Maestre y los asaltadores de la capilla de la UCM hubieran sido musulmanes? No me refiero a lo que hubiera dictado el juez amigo de Podemos que ha absuelto a la portavoz del ayuntamiento de Madrid, sino a la reacción de los políticos y de los medios de comunicación. Sin duda la corriente mayoritaria sería el tratarlo como una consecuencia más de la guerra de Irak –ahora de Siria y Alepo-, y hablaríamos de que no enfocamos bien “la integración”, y de la necesidad de la convivencia.

El mantra de “la integración” es un cuento socialdemócrata, un elemento más de la mentalidad que se forjó tras 1945, y que se consolidó con la hegemonía cultural de la Nueva Izquierda desde la década de 1960. El paradigma que creó aquella progresía de niños ricos, universitarios, revolucionarios de mesa puesta, de burgueses que acariciaban en el bolsillo de la parca un ejemplar del “Libro Rojo” de Mao, se fundó en la demolición de Occidente. Había que derribar los “cuatro viejos”: el viejo pensamiento, las viejas costumbres, la vieja cultura, y la vieja educación. No hicieron la revolución, claro, sino que imprimieron un giro a la socialdemocracia: no se trataba ya solo de políticas sociales y fiscales para “combatir la desigualdad”, sino de demoler aquellos “cuatro viejos” para la crear el Hombre Nuevo y la Sociedad Nueva.
Esa hegemonía cultural impuso clichés que funcionan automáticamente en la información y en los análisis relativos a la inmigración y a los refugiados: el tercermundismo, el anticapitalismo retórico, y el antiimperialismo. La socialdemocracia construyó así un relato que han asumido todos, incluso buena parte de los liberales: el hombre y la sociedad son entes desordenados a los que hace falta corregir, meter en vereda, y para eso está el Estado. A mayor “desorden”, más necesidad de ingeniería social.

“La integración”, decía, es la moraleja socialdemócrata de un cuento falso. Presupone la culpa de Occidente en la situación política, social o económica de los países del Tercer Mundo, del inmigrante y del refugiado (lo que, por cierto, viene muy bien a los tiranos y mafias que pueblan esos países). Además, señala una responsabilidad colectiva, histórica y futura de la sociedad occidental, lo que es antijurídico y demagógico. Esta culpa general obliga, en consecuencia, a una actuación del Estado para moldear al individuo y a la propia sociedad: planes de estudios para difundir la nueva ciudadanía, refuerzo de los medios de comunicación afines para crear opinión, nuevos impuestos, y más administración que necesita más gastos. Es el paraíso del ingeniero social. El Estado se convierte de nuevo en el instrumento para retorcer la realidad para cumplir un plan político.
En ese plan de demolición y construcción es preciso “hacer pedagogía”; es decir, adoctrinar. Porque en el consenso socialdemócrata hay una enorme carga de paternalismo: el individuo es un niño, y la sociedad un caos. Esto no lo toleran los socialdemócratas de todos los partidos, incluso los inconscientes, porque todo debe estar ordenado; empezando por el pensamiento del contribuyente.
Al cuento de “la integración” se le añade eso de que inmigrantes y refugiados respeten “nuestras costumbres”. Qué bonito. Pero, ¿qué costumbres? La hegemonía cultural de la izquierda lleva décadas cambiando el patrón cultural. Las tradiciones, los usos y las costumbres occidentales han sido denostadas, dicen, porque reflejan actitudes machistas, capitalistas, insolidarias, patriarcales, racistas, o supremacistas. Las creencias tradicionales se despreciaron e insultaron, al tiempo que se definía como “progresista” acoger a otros con una mentalidad y usos imposibles de encajar en una democracia liberal. Hicieron del relativismo de la tradición un signo de modernidad, y apoyaron todo lo que quebrara los “cuatro viejos”. Era una auténtica Revolución Cultural, de lucha por manejar la imagen y la agenda política. Vimos así colgar del balcón municipal de Madrid una “bandera indigenista” en el Día de la Fiesta Nacional; o en Valencia sustituir la cabalgata por el desfile de tres mujeres con atuendos tabernarios del XIX; o cambiar en Barcelona el belén navideño por unas bolas inflables que nadie en su sano juicio pondría ni de fondo de pantalla.

El establishment presentó “la integración” como un plan general basado en una cesión propia, con asunción de culpa, y mucha subvención e intervención estatal. Era, y es, lo progresista. No es solo de las izquierdas: este discurso lo ha comprado la derecha, convertida en el ala conservadora de la socialdemocracia, en una tecnocracia carente de alma.
“La integración” es un camelo. Al otro lado está la realidad. Ayer comenzaron unas obras en mi casa pagadas por el seguro de la vivienda. Se presentó un trabajador de origen rumano. Lleva tres meses en España. No necesita ningún plan estatal para integrarse: está aprendiendo el idioma por su cuenta, trabaja legalmente, paga sus impuestos, coge el metro, tiene su familia y amigos, y lleva la vida privada que quiere y puede. Si le dijera, con ese tono paternalista de ingeniero social, que necesita “integración”, es más que probable que se sintiera primero sorprendido y luego insultado. Y eso porque no hablo de mis numerosos alumnos chinos.

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