miércoles, 7 de diciembre de 2016

Educación: no es el gasto, es el modelo

Adrià Pérez sobre la cuestión del modelo de educación, hoy solo centrado en el dinero que se gasta en él.

Artículo de Voz Pópuli:
Haya o no crisis, la educación es una de las áreas más sensibles de la política económica de un Gobierno. El debate electoral se centra en acusarse de quién ha acometido más recortes sobre esta partida o quién la colmara de recursos. Es decir, las propuestas se encaminan a la cantidad de dinero a destinar a este importante servicio. Sin embargo, se echa en falta un debate más profundo que no aparece en los programas electorales de los partidos y que, desgraciadamente, no llegaremos a ver en esta campaña electoral: no sólo presupuestario sino de los posibles modelos de educación y cómo puede innovarse este servicio.
¿Un servicio poco productivo?
Aparentemente, lo más importante es destinar más dinero a la educación no sólo para mejorarla sino para que no se precarice. Es un tipo de servicio que siempre va a demandar más recursos, no sólo porque políticamente dé réditos electorales, sino por lo que el economista William Baumol denominó la enfermedad de los costes en determinados servicios como la educación.
En efecto, hay muchos sectores (ordenadores, por ejemplo) en los que la productividad no ha hecho más que aumentar, permitiendo reducir los precios y mejorar la calidad. La educación, sin embargo, es como un cuarteto de cuerda que interpreta una obra de Mozart: su productividad es la misma que la que existiera en el siglo XVIII, cuatro músicos interpretando la obra. El resultado, de acuerdo con esta idea, es doble: la única manera de ofrecer más de este servicio es invirtiendo más.
Pero hay otro corolario: si en este tipo de servicios apenas se incrementa la productividad y en el resto de sectores sí, al final la subida en los otros forzará a que se incremente la remuneración de los oferentes de este servicio (sobre todo maestros) para poder retenerlos y que no se dediquen a otra actividad. Todo lo cual significa que habrá incrementos de salarios y presupuesto que no estarán financiados por productividad. Esa es la enfermedad de costes descrita por Baumol y la idea que subyace, y que es muy querida por nuestros políticos, de que en la educación la única opción es gastar más, no tanto preguntarse cómo hacerlo.
Sin embargo, no cuestionarse cómo gastar en educación es lo que ha llevado a que este servicio sea uno de los más rígidos y, precisamente, poco productivos de cuantos hay. Se dice que uno de los lugares que encontraría más familiar y cómodo un individuo del siglo XIX si viniera al presente sería una escuela. 
Y es que el servicio educativo y la legalidad creada por el Estado para darle cobertura y definir este servicio, se diseñó para masificar las aulas y ofrecer una información e instrucción estandarizada a los alumnos. Una estandarización que por definición no admite que se puedan hacer las cosas de maneras diferentes. A lo sumo, lo que permite es que pueda mejorarse, precisamente, esa estandarización del producto.
Sin embargo, los niños y jóvenes no aprenden del mismo modo. Existen diversos estilos de aprendizaje en los alumnos: algunos son más visuales, otros más lingüísticos, más musicales, lógico-matemáticos... Y aun cuestionando la existencia de estos estilos de aprendizajes basados en la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, lo cierto es que cada niño o adolescente tiene un ritmo de aprendizaje diferente. Ese es un hecho que por sí sólo hace necesario, hoy en día, ofrecer una educación personalizada. Lo contrario no es sólo mermar el potencial de los niños y demás estudiantes, sino fracaso escolar, acoso, desmotivación, sesgos en las personalidades que se están formando, reducir el potencial de los jóvenes y, en definitiva, de la humanidad.
Una educación personalizada, ¿es posible?
Y cómo abordar esta necesidad si lo único que se debate es el presupuesto destinado a educación. Si la idea generalizada por los políticos y teorizada por algunos economistas es que con la educación sólo vale echarle más dinero, ¿es posible la educación personalizada? ¿La personalización únicamente depende del presupuesto? 
No. El modo en el que se diseña el servicio impacta en su coste. Puede obtenerse una personalización a través de la introducción de pedagogías alternativas e innovadoras (aunque se crearan el siglo pasado), como el aprendizaje basado en proyectos, la pedagogía creada por la Doctora italiana María Montessori, la enseñanza multinivel (en donde se mezclan niños de diversas edades) o la debida atención a la educación e inteligencia emocional del alumno. Estas confieren más protagonismo a las potencialidades del niño y, por ejemplo, a su trabajo cooperativo entre ellos o a la enseñanza realizada por ellos mismo, de unos a otros, que es otro modo de aprender.
Son ejemplos de cómo modificar el diseño de este servicio desde un modelo en donde todo emana del profesor a otro centrado en el alumno. No es que se eliminen a los primeros, sino que se modifica su papel: el objetivo de la educación no es la enseñanza (maestros suministran la información estandarizada y todo picota en ellos) sino la educación centrada en el aprendizaje por parte de los niños (con la guía del maestro, que es un dinamizador y facilitador).
La introducción de estas metodologías favorece la autonomía, la cooperación, el aprendizaje basado en la motivación e intereses del alumno, la experimentación y la resolución de problemas y situaciones.  Todo lo cual permite que la ratio entre profesor/alumno no sea tan baja como una educación personalizada podría parecer necesitar.
Pero no sólo la modificación de las pedagogías existentes puede modificar el servicio, la introducción de innovaciones como la tecnología, pueden profundizar en esa personalización, en esa consideración a la diversidad del estudiante. Esta es la tesis del profesor de estrategia empresarial en Harvard, Clayton Christensen, que permitiría transformar el modelo educativo hacia uno centrado en el estudiante. El uso de las nuevas tecnologías permitiría flexibilizar la ratio alumno/profesor sin necesidad de reducir, todo lo contrario, la calidad de la educación personalizada, algo que volvería a influir en su coste, reduciéndolo.
Algunos dirán que las tablets y ordenadores ya se han introducido en las aulas, y que la escuela sí ha incorporado innovaciones desde que se creó. Sin embargo, el éxito de este tipo de iniciativas vuelve a medirse, otra vez, por el desembolso efectuado para lograrlas más que por el resultado obtenido. Y el motivo por el que estas innovaciones no hayan obtenido los resultados deseados es que no se han aplicado para transformar el servicio educativo en sí, sino para mejorar el ya existente estandarizado, con información estandarizada, rígido y en donde se contempla más el aula, que a cada estudiante.
Con todo ello, no sólo se obtendría una educación más personalizada sino que se lograrían que los niños desarrollaran habilidades y conocimientos más acordes con la realidad actual (y no con la que se necesitaba en el siglo XIX o XX): autonomía y cooperación, capacidad de comunicación, visión crítica, resolución de problemas y situaciones, tolerancia a la diversidad, etc.
Conclusión
Pero, por supuesto, nada de esto puede, siquiera, contemplarse si los políticos mantienen dos políticas: una, hablar demagógicamente de la educación como si sólo fuera dinero que derramar en un único modelo educativo, y dos, si mantienen blindado legalmente dicho modelo que por la legislación actual y por su diseño no permite que evolucione e innove.
Para ello es necesario que se abra este área a la sociedad y que no haya un único oferente: el Estado que, a través de las Comunidades Autónomas, provee una única solución. La concurrencia de propuestas y modelos educativos libremente haría mejorar el servicio y rediseñarlo de forma acorde a los nuevos tiempos, reduciendo su coste; trataría a los niños y estudiantes de manera adecuada, elevando todas sus potencialidades y, por tanto, las de la humanidad. Si no nos abrimos a estas ideas, los políticos no harán nada y seguirán igual de confortables debatiendo sobre cifras y comprando votos.

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